Es común escuchar la expresión “trae la torta bajo el brazo”, frase que califica al niño que demuestra dignidades a temprana edad, no obstante, otros hombres íntegros descubren sus habilidades hasta en la juventud, en tanto que otros nunca pudieron darse cuenta para qué fueron buenos.

Estas destacadas cualidades al ser descubiertas, unos las cultivaron, otros las demostraron, pero no las labraron, no las ejercieron y con el correr del tiempo les fueron olvidadas. La siembra y permanencia de la delicadeza por las letras tienen mucho que ver con la confianza mostrada de los padres, de sus mentores y con el apoyo moral de sus amigos. Con los años estas capacidades intelectivas se consolidan, se difunden, es entonces cuando forman parte de la constelación de creadores.

Los niños virtuosos son nacidos con cualidades innatas, y a veces son formados a través de comentarios vertidos por los padres, de las aficiones de los mismos progenitores, sus actos son vistos, escuchados; son practicados y ejercidos. En otras ocasiones surgen incluso, desde el desempeño de sus abuelos.

Entre estos niños con buena estrella se encuentra Ramsés Salanueva Rodríguez, poeta, periodista, redactor, conductor de programas radiofónicos y televisivos; además, promotor cultural. La inclinación por la palabra lírica la da a conocer a la edad de 10 años. Su primera participación es con la poesía referente a la Ciudad de Actopan, su mamá al escucharlo queda sorprendida, superando el asombro lo interroga de dónde lo copió, o de quién lo escuchó; el niño Ramsés aseveró que él mismo lo había escrito. De allí en adelante fue amante de la palabra hablada o trazada, ya sea en verso o en prosa.

En palabras de Santa Noemí Rodríguez Peña, mamá de Ramsés, al referirse a su hijo, dice con orgullo: “Ramsés fue un lector permanente”. En conversación informal realizada en la tarde del domingo pasado comentó que la obsesión de Ramsés fue siempre por los libros, por la cultura, por ser solidario y por su sed de aprender de los otros. La señora Rodríguez Peña es hija de un gran maestro rural, el profesor Manuel Rodríguez Ortiz quien fue director de la Escuela Primaria Efrén Rebolledo y antes de otras instituciones educativas.

Minutos antes de terminar el diálogo entra a la sala el señor Isauro Salanueva Camargo, con presteza y firmeza, comenta en qué puede auxiliarme para cumplir mi cometido, buscar información referente al desaparecido, pero aún vivo, poeta actopense. Agregó entre otras aportaciones, de la seguridad e interés de instruirse con independencia del hijo: “Algunas veces me hizo preguntas sobre las características literarias del verso, le comenté de lo que yo había leído del Cantar de los cantares contenido en la Biblia”, poema que tiene melodía rítmica. Al terminar, me habló de la influencia de los griegos para el imperio romano en la literatura y otros temas afines. Al escucharlo me percaté que el señor Salanueva posee una amplia cultura.

La vocación verbal la ejerció en amenas charlas, por cierto, muy ilustrativas. Aún tengo fresca la última vez en que compartimos una mesa: fue el 14 de mayo de 2015 en el festejo del XVI aniversario de Síntesis, Hidalgo, en la ciudad de Pachuca. Fuimos presentados por la licenciada Georgina Obregón Sánchez para compartir la mesa de centro; me reconoció y rememoramos lugares en donde participó con sus poesías, en obras de teatro y en eventos realizados en su natal Actopan. Fue una velada extraordinaria porque escuche de él sobre sus recientes trabajos, de sus viajes, de su actividad en la palabra escrita, a través del periodismo y de sus proyectos.

Le recordé la primera vez que lo escuché: fue en un evento cultural en Poxindeje de Morelos, municipio de San Salvador Hidalgo, en aquel entonces él no cumplía los 20 años. Me llamó la atención su estilo muy peculiar, influido por uno de los grandes poetas de Hidalgo, el ilustre Efrén Rebolledo. Ramsés nunca ocultó tal reconocimiento que le profesaba a este poeta modernista y ex embajador de México en Noruega, por eso, en cuanto pudo fue en busca de sus descendientes hasta ese país nórdico. Seguir las huellas de Efrén Rebolledo fue su fijación.

Su admiración hacia este poeta oriundo de Actopan, Hidalgo surge desde su mocedad, al comentar a cerca de él manifestaba cariño en su sonrisa y queda plasmada en una de las obras impresas de Ramsés “Cuaderno para estudiar el viaje” en su pieza poética Rendición de Lufthansa se sincera: “Soy un hombre extraño entre los tumultos de Babel. Yo conozco algo del cielo y sus volátiles circunstancias. Mi causa es el norte, mi destino es Oslo y mi razón se llama Noruega. Creo que el hombre es una densa roca, cohabitada de espíritu”.

Sin duda, la desaparición física de una persona causa desconsuelo para quienes lo conocimos, pero provoca aflicción extra cuando el ya alejado es un hombre que ha dejado huella en su quehacer, sea en campo tecnológico, ámbito científico o en el espacio de las artes, como lo es este escritor, porque ya no nos compartirá su pensamiento, tampoco sus sentimientos. Estamos condenados a no transitar en esos cielos, a no mirar los paisajes, percibir los portentos de sus amaneceres, a no participar a los dictados de su alma y no esperar un libro nuevo de él, “Ya no vivir lo que se lee”, como se dice por ahí.

Con su desaparición física, a partir del 28 de febrero del 2016, no podremos escuchar más las voces de los invitados por él, de la estatura literaria, todos ellos profesionales y glorias de la literatura de Andrés Henestrosa, Carlos Monsivais, José Luis Cuevas, Otto Raúl González  y Torgeir Rebolledo Pedersen, nieto de Efrén Rebolledo. De este último escribe en su obra mencionada, Retrato de un ciprés, dedicado a Torgeir Rebolledo Pedersen: “Supo abandonar el oficio de construir moradas. Y cambió la geometría inerte de los ladrillos, por la maleabilidad superior de los versos. Desechó de su mesa el plano de la obra, para colocar compases de su vida, sobre el mapa del continente”.