«Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos.» Este es quizá uno de los aforismos más recurrentes de Heráclito, el filósofo del siglo VI a. C. que consideraba que el permanente cambio es lo que animaba al mundo; generación y regeneración, no creación. Por este motivo Aristóteles lo incluyó dentro de los filósofos físicos, y Horacio, sin darle el crédito merecido, lo convirtió en un tópico literario: el vita flumen, o la vida es como un río que se va.

El tópico pasó a la Edad Media con Jorge Manrique, quien en sus “Coplas a la muerte de su padre” nos dice: Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir: allí van los señoríos, derechos a se acabar y consumir; allí los ríos caudales, allí los otros medianos y más chicos; y llegados, son iguales los que viven por sus manos y los ricos.» Tanto en Heráclito de Éfeso, como en Manrique, la impermanencia del estado físico y espiritual es el impulso del torrente natural y espiritual al que estamos sujetos.

Jorge Luis Borges, siglos después de lo ya citado, diría: « Y aun para el mismo lector el mismo libro cambia, cabe agregar, ya que cambiamos, ya que somos (para volver a mi cita predilecta) el río de Heráclito […]. Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro, que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto. También el texto es el cambiante río de Heráclito.» Para el argentino, el libro mismo es el río en el que nos sumergimos y salimos siendo otros, no mejores, simplemente diferentes.

Pero en el río hay una trampa y es su reflejo, Borges dice en un poema: «Yo que sentí el horror de los espejos no sólo ante el cristal impenetrable donde acaba y empieza, inhabitable, un imposible espacio de reflejos sino ante el agua especular que imita el otro azul en su profundo cielo que a veces raya el ilusorio vuelo del ave inversa o que un temblor agita». La metáfora está completa, hemos construido un abismo bicéfalo. Hacia arriba y abajo el horror de lo incognoscible se extiende hasta abarcarlo todo.

Los griegos, civilización prodigiosa que todo lo vio, dividieron el tiempo en tres deidades: Cronos, Aión y Kairós, el primero corresponde al tiempo convencional; el segundo, al eterno; y, el último, al instante, sólo él subvierte el destino de los mortales. El río encierra en su naturaleza y simbología los tres tiempos, pues en sus aguas irreversibles la vida se fuga, la eternidad se oculta, y la oportunidad se asoma, a veces como un pez que rompe con nuestro reflejo y se nos ofrenda dentro de la cesta.

Si todo texto, específicamente todo poema es un río no dudemos que dentro de sus márgenes se esconde un mal terrible. El Hades estaba dividido en siete ríos: Aqueronte (dolor), Cocito (lamentación), Erídano (enfermedad), Estigia (odio), Flegetonte (flamígero), Leteo (olvido), Mnemósine (memoria), y cada uno de estos era atravesado por las almas de los desencarnados. Los ríos, como la poesía, tienen un origen mitológico que sustenta a nuestra civilización, cuando leemos un poema nos abismamos en cada uno de los ríos clásicos.

En las Sagradas Escrituras también encontramos un hecho importante y relacionado con el río y es el bautismo de Jesús por Juan el Bautista. Jesús, acepta a Juan como maestro y le pide el bautismo, en ese momento la gracia del Espíritu Santo se hace presente y lo reconoce como “el hijo predilecto”. A partir de entonces la historia de Occidente sería otra, pues hasta ahora, todavía nadamos en el río de sangre que mana de las heridas del mesías.

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