«¡Señor! Tú que enseñaste, perdona que yo enseñe; que lleve el nombre de maestra, que Tú llevaste por la Tierra. Dame el amor único de mi escuela; que ni la quemadura de la belleza sea capaz de robarle mi ternura de todos los instantes. Maestro, hazme perdurable el fervor y pasajero el desencanto.» Los espíritus se agitan, aunque a veces parezca que no es así, atendiendo a un llamado. La infancia mantiene un tesoro que en muchos se pudre con la edad madura. ¿Cuántos podrán salvarse?

«Cristo, el de las carnes en gajos abiertas; Cristo, el de las venas vaciadas en ríos: ¡estas pobres gentes del siglo están muertas de una laxitud, de un miedo, de un frío! A la cabecera de sus lechos eres, si te tienen, forma demasiado cruenta,  sin esas blanduras que aman las mujeres y con esas marcas de vida violenta.» La imagen divina salió de los templos para adornar las casas del pueblo hediondo que no se da cuenta de que aquel Cristo en la cruz está muerto. En estas tierras la muerte ha levantado su reino de idolatría.

Qué disímiles resultan las imágenes que se nos presentan en los dos párrafos anteriores. La cita del primero pertenece a ‘La oración de la maestra’, la del segundo a ‘Al oído de Cristo’, ambos, de Gabriela Mistral. Generalmente, se sabe que Mistral es uno de los pilares de la poesía chilena moderna, sin embargo, las labores que realizó como educadora rebasan en demasía a su trabajo poético. Amiga de José Vasconcelos, ella fue invitada a México para diseñar un nuevo modelo educativo que sustituyera al del porfirismo, en esta labor fue esencial el fortalecimiento que se le dio a la educación rural, y bajo la consigna de que el maestro es un símil del apóstol evangélico, se emprendió una de las mayores campañas de alfabetización que se hubieran visto hasta entonces en nuestro país.

El primer poemario de Mistral se llamó “Desolación” y está marcado por su oscuridad espiritual, desde su título advertimos la condición humana en la que se interioriza su autora. Este poemario le valió su primer premio literario, mismos que continuarían durante el resto de su vida; Mistral fue la primera mujer hispanoamericana en obtener el Premio Nobel de Literatura. Si bien ella dijo que después de su primer poemario intentó escribir poesía áurea, la realidad es que hasta sus últimos días la acompañó un sentimiento de melancolía.

«Dame el ser más madre que las madres, para poder amar y defender como ellas lo que no es carne de mis carnes. Dame que alcance a hacer de una de mis niñas mi verso perfecto y a dejarte en ella clavada mi más penetrante melodía, para cuando mis labios no canten más.» La oración continúa, la maestra suplica. Advertimos una plegaria no para eternizar la materia, sino la inmanente melodía que sostiene al cosmos; la pitagórica música de las esferas es la poesía que anima al cosmos.

«No te escupirían por creerte loco, no fueran capaces de amarte tampoco así, con sus ímpetus laxos y marchitos. Porque como Lázaro ya hieden, ya hieden, por no disgregarse, mejor no se mueven. ¡Ni el amor ni el odio les arrancan gritos!» Hemos regresado al poema que habla al oído de Cristo. También es una plegaria y un temor monstruoso por aquella raza podrida e inmóvil. Eva y Adán elevados a la ene potencia. El pan y el pescado se multiplicaron como las desgracias humanas. La maestra reza, busca en la infancia fijar el verso perfecto, perpetuar la música astral, pero al regresar a casa los niños son devorados por sus padres, mientras, inmóvil, un cadáver crucificado los mira.

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