«Lleno de mí, sitiado en mi epidermis por un dios inasible que me ahoga, mentido acaso por su radiante atmósfera de luces que oculta mi conciencia derramada, mis alas rotas en esquirlas de aire, mi torpe andar a tientas por el lodo; lleno de mí —ahíto— me descubro en la imagen atónita del agua, que tan sólo es un tumbo inmarcesible, […] No obstante —oh paradoja— constreñida por el rigor del vaso que la aclara, el agua toma forma.» El cuerpo y el vaso son las estructuras que aprisionan bajo la forma la esencia incalculable de las cosas. Agua, espejo donde el mito se ahoga; piel, frontera del espíritu. Las luces, las alas, el lodo, el tumbo inmarcesible se aprietan en un ramo floral de helénicos primigenios elementos; es un retorno al origen.

“Muerte sin fin”, a este poema pertenece el laberinto antes mencionado. No lo construyó Dédalo, sino un artífice más actual y palpable: José Gorostiza, tabasqueño que se nos presentó durante el primer año del pasado siglo muerto, enroscándose en su mortaja en 1973. “Muerte sin fin” es un texto difícil que sigue la casi transparente tradición del poema filosófico; es atrevido decirlo, pero quizás desde el “Primero sueño” de sor Juana de 1692, no se veía en la literatura mexicana un texto tan hermético como éste. Además de éste, Gorostiza publicó unos pocos poemas más y dedicó el resto de su vida a la azarosa y traicionera vida diplomática; la literatura fue para él un divertimento.

El argumento de “Muerte sin fin” surge a partir de la contemplación de un vaso, cuando se le mira la imaginación se desboca: «En la red de cristal que la estrangula». Allí, frente al transparente pozo, sucede la vida, territorio fértil para la muerte y su equilibrada mano. La contemplación del vidrio recuerda a la de Juan de Yepes en su “Noche oscura” o su “Subida al monte Carmelo”, se está a la espera de la experiencia mística en este «mar fantasma en que respiran —peces del aire altísimo—». El agua está constreñida a la forma ajena, se amolda a las circunstancias, como el alma al cuerpo, pero las dos saben que no son el vaso ni tampoco el cuerpo, pues estas formas están sujetas al tiempo y sus cuchilladas.

Este vaso donde la mirada se hunde hasta el fondo es una extensión del río de Heráclito, es el estanque donde se ahoga Narciso y el Aleph donde los simultáneos coexisten, es el recinto donde el diablo reina: «¡Tan- tan! ¿Quién es? Es el Diablo, es una espesa fatiga, un ansia de trasponer estas lindes enemigas, este morir incesante […] es una muerte de hormigas incansables, que pululan ¡oh Dios! sobre tus astillas». La muerte es desde el primer verso el contenido real del vaso, todo en este mundo se consume mutuamente, se devora hasta que llega el diablo para romper con esta cadena de sacrificios a la que incluso el dios de carne está sujeto.

Podríamos pensar que la historia del hombre cristiano, es decir nuestra historia, nace y culmina en el mismo lugar: un vaso. Cristo, a través de la transubstanciación, se vertió sangrientamente en el cáliz de la eucaristía; el milagro de las bodas de Caná se revirtió hasta el absurdo, pues la sangre del Encarnado, la sangre sabor a vino, se desacralizó hasta ser el agua del vaso de Gorostiza donde todo, incluso lo trascendente, perece en la inmovilidad de la sustancia informe. Cristo murió en la cruz para que nosotros nos ahogáramos en un vaso de agua: «vámonos al diablo».

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