Parece ser que el inescrutable líder de Corea del Norte, Kim Jong-un, desea mantener a la región asiática en un permanente estado de alerta y provocando a Estados Unidos de Norteamérica y a sus aliados con sus más recientes ensayos nucleares.

En efecto, el implacable sucesor de la dinastía familiar Kim habría ordenado una nueva prueba de una bomba atómica tres veces más potente que aquella se lanzara sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, a decir de los reportes de sus más cercanos vecinos: Corea del Sur y Japón.

Según algunos alcances noticiosos, los entendidos coinciden en señalar que Corea del Norte habría logrado perfeccionar su capacidad nuclear, por lo menos, quintuplicando su potencia respecto a una de sus últimas pruebas realizada en setiembre del año pasado.

Claro está que la trayectoria armamentista de esa nación asiática contó inicial-mente con la aquiescencia de su, históricamente, aliada China; pero luego, bajo las actuales y más pragmáticas administraciones, y en especial durante las presidencias de Hu Jintao y Xi Jinping, el gigante asiático ha venido condenando las pruebas nucleares efectuadas por parte de Pyongyang.

Así, en los últimos meses, altos funcionarios del ministerio de Relaciones Exteriores de China han manifestado abiertamente su preocupación ante las actividades nucleares de su otrora incondicional aliada y oponiéndose explícitamente a todas las acciones que aumenten la rivalidad y la tensión en la península corea-na.

Es indudable que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha estado presionando a China –aun sin mucho éxito- para que aquiete los arrebatos beligerantes del siniestro Kim Jong-un, insinuando que ello aportaría “mucho” a las relaciones comerciales entre sus países además de poner en riesgo la fantástica deuda que el país del Tío Sam le adeuda al poderoso Gran Dragón asiático.

Los entendidos afirman, precisamente, que la deuda de Estados Unidos a China asciende a más de 1 mil 59 billones de dólares. Este adeudo representa, aproximadamente, el 28% de los compromisos en letras del Tesoro, notas y bonos en poder de países extranjeros. Y, es muy probable, que cualquier conflicto armado pondría no sólo en riesgo el honramiento de sus créditos americanos sino también que podría llevar a millones de refugiados norcoreanos a cruzar la frontera China y potencialmente crear una presencia militar estadounidense en sus colindantes.

Aun siendo China el único aliado importante de Corea del Norte, más reciente-mente Pekín ha impuesto sanciones económicas a Pyongyang prohibiendo las importaciones de determinados productos como carbón, mineral de hierro, concentrados de plomo y de mineral, entre otros, como un mecanismo disuasivo para frenar los afanes del impredecible Kim Jong-un.

Aunque las probabilidades del colapso de este régimen no se avizoran siquiera en un mediano plazo y una guerra nuclear no parece ser inmediata, las sanciones al régimen norcoreano, no obstante, le traerían consecuencias económicas y políticas inmediatas para la propia China. El dilema que deberá enfrentar Pekín es enorme pues su sofisticada diplomacia deberá tener un manejo muy cuidado-so en su política exterior con los países deudores y sus compromisos con la comunidad internacional frente a los exabruptos de su, hasta ahora, aliado histórico.

 

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@GRomeroUmlauff

 

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