El discurso del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, sobre el Estado de la Unión no sólo resultó ser, según los entendidos, el tercero más largo después de los pronunciados por Bill Clinton sino que durante su informe se apeló, además, a un calculado histrionismo dirigido –en especial- al ciudadano medio de su país y exacerbando aquellos sentimientos “nacionalistas” advertidos en su campaña política.

Donald Trump tiene un proceder distinto políticamente apoyándose en una enorme individualización y en una notoria exposición mediática.

Por ello que él sabía muy bien que su presentación ante el Congreso de su país sería la oportunidad única para atraer al ciudadano común al tedioso tema gubernamental y que los temas a tratar generarían una gran expectativa en el televidente; de ahí que no pudo ser más elocuente al sostener que “a lo largo del último año, el mundo ha sido testigo de lo que nosotros siempre hemos sabido: que no hay pueblo en la tierra tan valiente, audaz y decidido como el estadounidense. Si hay una montaña, nosotros la escalamos; si hay una frontera, nosotros la cruzamos; si hay un desafío, lo superamos; si hay una oportunidad, la aprovechamos.”

Así, la presentación se convirtió en una especie de espectáculo mediático de pasiones y sentimientos nacionalistas, aprovechados convenientemente con la exhibición de algunos protagonistas de hechos heroicos y de desgracias personales y familiares para fustigar a regímenes notoriamente que le son adversos y provocar aquellos recelos respecto a la inmigración de latinoamericanos.

Esa habilidad telegénica de hacer política y de ensalzar supremos valores supuestamente únicos de un pueblo ya no es nueva. El extinto expresidente venezolano Hugo Chávez tenía esa misma vocación, cimentando su liderazgo con los recursos mediáticos y, en especial, haciendo de ellos un espectáculo. Algo parecido sucedía con la fashion expresidenta argentina, Cristina de Kirchner o lo que ocurre con el deslenguado presidente filipino, Rodrigo Duterte.

Las confidencias y rumores de las cuestiones que serían llevadas por Trump al Congreso, como son las controvertidas políticas migratorias y los asuntos de seguridad interna, fueron incitados por la propia prensa que le fue adversa durante toda su campaña electoral y por sus más acérrimos detractores demócratas. Paradójicamente, ellos mismos fueron sus incautos entusiastas en la presentación televisiva propiciando un espectador acaso más seducido por el discurso del presidente estadounidense.

El histrionismo de Trump para hacer políticas de Estado lo ha convertido en una de aquellas variedades del caudillismo mediático que, evidentemente, le viene resultando bastante beneficioso. Aunque su tremendo conocimiento para convertir en un espectáculo televisivo la aburrida y, a veces, latosa exposición de los planes y cifras gubernamentales, lo convierte -por así decirlo- en el “antítesis” del estadista del país más poderoso del planeta. Sin duda, esta una muy peligrosa forma de conducir los destinos de toda una nación.

 

(*) Abogado peruano y Doctor en Derecho a la Información. Columnista y analista sobre políticas internacionales.

gustavoromeroumlauff@gmail.com

@GRomeroUmlauff

 

 

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