La educación en valores y la comunicación moral es desde hace algunos años la línea filosófico-sociológica de reflexión que más me apasiona y ocupa, entre otras razones, por los indicios a la vista de que una buena proporción de las experiencias dramáticas en la modernidad tardía (la depresión, el estrés, la insatisfacción vital y la proclividad a la corrupción, principal aunque no exclusivamente) se encuentra altamente asociada a las fallas en el procesamiento de las experiencias de los valores y en las dificultades que enfrentan los sistemas de conciencia para superar el desafío de (auto)observarse como personas de bien.

Si bien se observa, los dramas existenciales imputables a las discapacidades para producir relatos sostenibles sobre los sentidos y significados (ético-morales) sobre la existencia propia son generalizados y auto-referenciales, y no parecen guardar especial conexión con otros fenómenos sociales, como las clases, los estratos y los estamentos sociales, los estilos de vida, las preferencias políticas, las adscripciones ideológicas, la orientación sexual o de género, o la escolaridad.

Presuponer que la observación de los valores y la moral entrañan la práctica culposa de ser agentes de los aparatos ideológicos del Estado encargados de la reproducción de las relaciones de dominación, así, encuentra tres explicaciones: desconocimiento de la realidad social, arraigo trasnochado a las ideas que alguna pertinencia descriptiva pudieron haber tenido en el periodo de tránsito de la alta edad media a la modernidad temprana, o una combinación de ellas.

Por paradójico que parezca, entre quienes se perciben como de izquierda o de derecha subyace el acuerdo de que el gusto o la afición por la defensa de los valores y la moral entraña una postura conservadora, cuando no reaccionaria, propia de la derecha.

Más consistente con una estrategia sociológica de observación es partir de la premisa ontológica de que la (comunicación) moral existe, que se trata de una adquisición evolutiva de la modernidad, y que se (auto) constituye en respuesta o como solución a un problema práctico específico: distinguir entre las experiencias del bien y el mal, induciendo y motivando la selección de las primeras por sobre las segundas.

Para decirlo en las palabras propias del autor: “Entiendo por moral un tipo específico de comunicación, el cual comporta referencias al aprecio o desprecio. Lo que está en juego aquí no es el carácter bueno o malo de específicas prestaciones —como astronauta, músico, investigador o futbolista, por ejemplo—, sino la persona como un todo, en cuanto es valorada como partícipe en la comunicación.” [Luhmann, N. (2013). La moral de la sociedad, Madrid: Trotta].

En el marco de las consideraciones expuestas, advierto como loable y digno de todo mérito el llamado de AMLO a la forja de la Constitución Moral. Ciertamente, más allá del llamado a la participación en un diálogo abierto de los creyentes en las diversas religiones y los no-creyentes, faltó mucho por precisar acerca de la naturaleza de dicho instrumento; los espacios sociales, los procedimientos y reglas para construirlo; y los responsables y tiempos de realización; entre otros aspectos.

Por cierto, a quienes por sus dificultades para distinguir entre moral y religión  rechazan las posibilidades creativas de un diálogo moral les vendría bien una revisión de los planteamientos de Küng, H. (1991) Proyecto de una Ética Mundial, Madrid: Trotta.

La falta de precisión en la propuesta de la Constitución Moral de AMLO, sin embargo, dista mucho de justificar la reacción virulenta de la auto pretendida izquierda intelectual mexicana, argumentalmente raquítica e impertinente, que la rechazan por considerarla conservadora, retrógrada y derechista.

Cualquiera sea el lugar que le corresponda en la gelatinosa geometría política de las izquierdas y las derechas, el hecho relevante es que la sociedad-mundo lleva aproximadamente medio siglo entrampada en un proceso crecientemente ampliado  de fracturas generacionales de la comunicación moral, interpretables a la luz de la formulación clásica de Durkheim como el fracaso constante de las generaciones adultas en su acción de socialización de las jóvenes generaciones.

Dar la espalda o ignorar la existencia del problema (de la comunicación) moral en la sociedad mundo es casi tan irresponsable como la respuesta cínica del célebre cacique potosino Gonzalo N. Santos a la pregunta de si sabía que era la moral: “La moral es un árbol que da moras”.

Por sentido común, es tiempo de tomar en serio las hipótesis de que la corrupción rampante en que vivimos los mexicanos guarda estrecha conexión con las falencias en la comunicación moral y de que es improbable resolverla sólo mediante los medios tradicionales de construir legislaciones e instituciones anti-corrupción.

Quienes se desgarran las vestiduras anclados en la falacia de que la Constitución Moral está llamada a operar como sustituto de la Constitución Política, claramente no entienden ni la “o” por lo redondo. La Comunicación moral tiene alcances específicos para poner en sintonía experiencias “personales” del bien o el mal, no conductas ajustadas (o no) a las normas positivas.

Suponer que el Estado de Derecho entraña en sí mismo el principal instrumento de moralización, por lo demás, es una condena a la impotencia para desafiar los males públicos de la corrupción sistémica nacional.  Rosario Robles, experta en prácticas de defraudación y cinismo lo entiende y maneja a la perfección. Cuestión de ver su postura argumentativa: la ley le faculta para hacer contratos moralmente reprobables; ergo, en su peculiar entender, la legalidad de los actos le exime de la corrupción. En la lógica jurídico-política pura, de este modo, la solución al problema de la corrupción sería más o menos simple: legalizar las prácticas rapaces.

En suma, más allá de las diferencias político partidistas, es tiempo de colocar en la agenda pública el debate sobre la comunicación y la educación morales. No se trata de la izquierda o la derecha, sino del reconocimiento, como diría Wallerstein, de que los sistemas más complejos del universo (los sistemas de conciencia) vindican como relevante la lucha por la vida buena.

*Analista político

@franbedolla

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