El reiterado informe sobre la percepción que sobre el tema anualmente reporta Transparencia Internacional ha llegado a ser tan aburrido que solo importa mirar quien está ultimo y hacer chanzas sobre el que fue superado por haber comprado al que redactó el informe para colocarlo en dicha posición. Los países latinoamericanos en general -con excepción de Chile, Uruguay y Costa Rica- figuran entre los mejor posicionados y Venezuela en el ultimo lugar. Los vigorosos gestos de la justicia brasileña mejoran la posición de ese país sudamericano cuyos niveles de corrupción son equiparables a su tamaño como Nación. Justo en la semana del reporte, crudas imágenes de violencia y muerte son transmitidas urbi et orbi por el ejercito brasileño interviniendo en las favelas de Rio de Janeiro infestadas de drogas y crímenes.

Lo interesante de este informe es que mide la percepción o sea como nos vemos y nos ven quienes tratan con nosotros y de qué manera la sociedad organizada en forma de Estado responde a ese cáncer que amenaza con acabar –entre otras cosas- con la institucionalidad democrática del sub continente. Cuando la corrupción es atacada por la justicia, respondida por los partidos políticos en el congreso o con gestos claros del ejecutivo uruguayo que fuerza a renunciar a su vicepresidente por un caso de corrupción y quien además es el hijo del fundador del partido “Frente Amplio” en el poder por cuarto periodo consecutivo, no nos debe extrañar que las cosas marchen bien en ese país y muy mal en aquellos donde la impunidad es la practica corriente.

La percepción ciudadana es muy importante en este proceso. El caso chileno es ejemplar en ese sentido. La ex presidente Bachelet sufrió un terrible desgaste por el caso que involucró a miembros de su familia quienes tenían información privilegiada en torno al paso de una carretera y la plusvalía que representaría para los terrenos colindantes a la misma. En muchos de nuestros países este no sería un caso grave ni generaría un escándalo como si lo fue en el país trasandino. Un hecho para algunos menor hundió a la presidenta chilena en una posición de la que nunca mas pudo recuperarse. Estos dos ejemplos de casos de corrupción considerados “menores” para los estándares de muchos de nuestros países sin embargo envían un poderoso mensaje de confianza en la democracia, las instituciones  y el país en su conjunto que la corrupción además de repudiada tiene un alto costo para quienes son parte de ella.

En los demás países no debe extrañar el nivel de desconfianza que surge cuando los mandatarios y su corte se erigen por encima de la norma a la que consideran solo parte del decorado de un gobierno y no los limites hasta donde debería llegar el poder. En muchos de esto países -la gran mayoría de nuestro subcontinente- estas cosas constituyen la norma y no la excepción y por eso se percibe por propios y extraños que la corrupción goza de muy buena salud con un alto grado de impunidad sobre sus actores.

Si queremos mejores notas en estos índices de percepción que finalmente permiten que las inversiones locales e internacionales lleguen, se afinquen y generen desarrollo, los países deben hacer la tarea. Y la mejor forma de medir ese compromiso es observar las practicas del poder en las pequeñas cosas de las que generalmente se construyen las estructuras mayores de integridad de las personas y de los países.

COMPARTIR