No es un secreto la aversión que sienten las elites empresariales por AMLO y tampoco lo es que hoy se entremezcla con el miedo de que gane las elecciones presidenciales.

De hecho, si se mira con atención, la iniciativa de amagar con soltar el tigre (de la fuga masiva de capitales) ante un resultado adverso ha sido del gran empresariado, que abierta o soterradamente amaga con la retirada.

Prominentes miembros de la clase política dan por buena, se hacen eco de dichos amagos y hasta le ponen número a la sangría y a la devaluación del peso, que provocaría la victoria de AMLO.

Hoy, como en las elecciones de 2006 y 2012, los agoreros del tigre de la debacle económica vuelven nuevamente a la carga con la exigencia de que el líder opositor se manifieste ex ante sobre su aceptación o no de los resultados del primero de julio.

La respuesta de AMLO ya está sobre la mesa. A pregunta expresa de una organización internacional de observación electoral, a través de Tatiana Clouthier, respondió con la publicitada metáfora del tigre: “si no gano, me retiraré, pero el que suelte al tigre que lo amarre”.

Calculadamente, en su intervención en el evento organizado por los banqueros, y aquí sí sin pregunta de por medio, AMLO utilizó nuevamente la metáfora. Si pierde se irá al retiro, pero no moverá un dedo para amarrar al tigre, si éste se suelta.

¿Error de estrategia? Es temprano para saberlo. A estas alturas, parece más bien un dardo fino en el cuerpo del dinosaurio agónico y del arreglo plutocrático, que produce ricos para la lista de Forbes y mantiene a la sociedad mexicana sumida en desigualdad bestial y la pobreza.

La toma de postura de AMLO frente a los banqueros, fina y sutil cual corresponde a su genialidad e investidura, es simple de entender. Les está trasladando el dilema crucial en la coyuntura política: o elecciones justas y libres, o riesgo de inestabilidad política de incalculables repercusiones.

A las elites empresarial y política no les hizo gracia la visibilización del otro tigre en la escena política. De hecho, la tomaron de la peor manera posible: como una amenaza más del supuesto enemigo de las instituciones.

Es entendible que los beneficiarios del arreglo plutocrático actual, en cuya primera fila se encuentran los gananciosos banqueros, se sientan amenazados por las alusiones al tigre suelto. Sus boyantes negocios son vulnerables a la inestabilidad. No hay lugar a la sorpresa sobre su nutrido aplauso a Meade, el prominente miembro de la clase política mexicana que ha sido tan servicial a sus intereses.

Al buen entendedor, pocas palabras. Lo que los banqueros escucharon de AMLO es un llamado a tiempo para que elijan con prudencia el sendero por el cual enfilarán su participación y poderosa injerencia en la coyuntura actual: o elecciones justas y libres, o el riesgo de un conflicto social de magnitud e intensidad imprevisible. La contraparte del mensaje de AMLO, vale precisar, es su oferta de ser respetuoso con los intereses empresariales de la banca.

De cara a las interpretaciones “principescas” de la realidad de quienes se sienten amenazados por “el tigre suelto”, cabe el llamado a la mesura y el rigor reflexivo. La precariedad de las instituciones político-electorales, cuya labor sería evitar que el tigre se desamarre, no es obra de AMLO, sino de la clase política pri-pan-perredista que las ha gestionado en los lapsos de la transición y las alternancias presidenciales pri-panistas.

La penuria de confianza que acusan las instituciones de la democracia electoral (INE, Tribunal Electoral y FEPADE), cabalmente documentada por los estudios demoscópicos, es una construcción social, no el invento de una persona, que ha evolucionado a través de las pruebas palmarias de que éstas responden a los intereses particulares de la clase política.

El nerviosismo en los altos círculos de la vida empresarial y política tiene su razón de ser. En el mejor de sus escenarios, con un modelo exitoso tipo edomex, AMLO podría ser derrotado por un margen estrecho, muy probablemente menor a los cinco puntos porcentuales. Aquí, la duda relevante es si el IFE o el Tribunal Electoral gozarían de la autoridad política y moral para levantar la mano de un supuesto ganador sin que el tigre se soltara.

El deslinde de AMLO en la convención bancaria, así, puede ser interpretado como un tiro de precisión. Él sabe que los banqueros prefieren a Mead e incluso a Anaya y que estarían dispuestos a participar con mucho más que su voto para impedir su triunfo. Toca a éstos decidir si toman el riesgo de intervenir y desasear más la contienda electoral.

Las últimas revelaciones de la revista Proceso en torno a una partida subrepticia y de manejo discrecional por parte de las autoridades hacendarias de casi 50 mil millones de pesos, el llamado Fondo de Fortalecimiento Financiero, abonan a la hipótesis del modus operandi de la elite gubernamental para financiar campañas electorales.

Nada extrañamente, nuevamente Mead aparece en el centro de las maquinaciones de desvíos millonarios de fondos públicos. En medio de escándalo tras escándalo de corrupción, la pregunta relevantes es, ¿quién está alimentando al tigre?

En este contexto, por salud de la precaria democracia electoral, bien valdría la pena que los candidatos presidenciales se sometieran desde ya al modelo de revisión autónoma y con acompañamiento internacional de su paso por la política y la función pública.

¿Estaría de acuerdo Mead en trasladar la revisión de su probidad del risible Comité de Ética del PRI a un esquema de auditoría independiente y con acompañamiento internacional?

Finalmente, queda en el aire la pregunta de a cuál de los tigres culpar, aunque cualquiera mal haga, si al de la plutocracia obsesionada o al del descontento social.

*Analista político

@franbedolla

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