Enfocar el debate en si se requiere o no incrementar la infraestructura aeroportuaria es punto menos que una banalidad. Con datos en mano, es fácil probar que hace tiempo que el aeropuerto internacional de la Ciudad de México rebasó el umbral de saturación y que ello entraña un obstáculo a la competitividad y el desarrollo nacionales.

Más banal aún es la pretensión de reducir la cuestión a la inevitabilidad de concluir el proyecto del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (NAICM) o echar por la borda el destino del país.

En este contexto, llama la atención el contraste entre la postura de Juan Pablo Castañón, líder del Consejo Coordinador Empresarial, por su apertura a una evaluación técnica conjunta del NAICM con AMLO y los demás candidatos; y la cerrazón frontal de Meade y Anaya a participar en un ejercicio de esa naturaleza, por considerar que el proyecto es cosa juzgada.

En el caso de Meade, por su investidura de candidato oficial y su cómplice entrega a los excesos de la administración de la cual formó parte, es entendible una postura de tal talante; no así en el caso de Anaya, por su confeso activismo en la persecución de la corrupción gubernamental.

Para nadie es un secreto que, históricamente, la principal área de oportunidad para hacer negocios privados con los cargos públicos es la inversión en infraestructura. Allí, el moche es la regla dorada y, según se sabe, suele remontar con creces el 10%, mediante las complicidades en la autorización de sobreprecios y ajustes a los presupuestos originales.

En una obra que podría rebasar los 250 mil millones de pesos exhibir suspicacias y dudas sobre la legalidad de los contratos, para empezar, dista mucho de ser pecaminoso. Por el contrario, en medio de tamaña opacidad, dar por cerrado el capítulo acredita a los candidatos Meade y a Anaya o ingenuidad extrema, o complicidad explícita.

Los indicios sobre irregularidades en el manejo de las licitaciones, la asignación de los contratos y los pagos de facturas empezaron a brotar desde hace tiempo. Tan sólo la Auditoría Superior detectó posibles malos manejos en operaciones por más de mil millones de pesos y una investigación de Aristegui Noticias hizo lo propio al documentar la ilegalidad de la licitación de la construcción de la barda perimetral del NAICM, la indisponibilidad de contratos y pagos de facturas y un incremento casi al doble del presupuesto original, que hoy rebasa los mil millones de pesos.

Si la opacidad y los indicios de malos manejos no fuesen suficientes, un nuevo flanco de debate comienza a abrirse: la sustentabilidad ambiental del Valle de México y, derivado de ello, la costeabilidad financiera del mantenimiento de una obra asentada en un terreno que acusa tendencias graves al hundimiento.

Si la legalidad, la trasparencia y la sustentabilidad del NAICM están tan bien sustentadas como se sostiene en el discurso oficial, los opositores de AMLO están frente a la posibilidad inmejorable de asestar un golpe a su credibilidad y al ascenso de su popularidad y a su intención de voto, por la vía de hacer transparente la información públicamente sobre contratos, licitaciones, pago de facturas, grados de avance y, lo que no es dato menor, los estudios de impacto ambiental y social que refutan las críticas que hoy fluyen.

Si en cambio, como hasta ahora ha sucedido, se soslayan la transparencia y la rendición de cuentas y se sustituyen con el “petate del muerto” de todo lo que se perdería en el hipotético caso de la cancelación del proyecto del NAICM, no habría manera de impedir que éste se convierta, aun sin evidencias documentales de por medio, en la “mega casa blanca” sexenal.

En un entorno electoral signado por la algidez de la corrupción, sería infantil que los apólogos del NAICM, para defenderle, pretendieran cobijarse en la argucia de la politización injusta. En un proyecto de tamaña envergadura financiera, ambiental y social, la carga de la prueba de la sostenibilidad es responsabilidad cabal del gobierno federal, de tal suerte que difícilmente podrá eludir los costos por no haber abierto en su momento el debate público sobre los aspectos cruciales del proyecto.

Peor aún, los indicios de contubernios plutocráticos en la asignación de contratos y de prácticas de defraudación tipo “la estafa maestra”, es decir de triangulaciones y participación de empresas fantasma, empujan la suposición de que no es descartable la existencia de flujos indebidos de dinero mal habido del proyecto aeroportuario a la campaña presidencial del candidato oficial.

Para bien o para mal, el proyecto del NAICM sintetiza a la perfección los rasgos del síndrome plutocrático del neoliberalismo a la mexicana, impulsado por el PRI, el PAN y en menor medida el PRD: la corrupción, el tráfico de influencias y los contubernios buro-empresariales, en desmedro del interés público y la riqueza nacional.

Tal como van las cosas, el NAICM podría representar el momento de inflexión para el despegue de la candidatura de AMLO hacia la victoria contundente y el control mayoritario del Congreso Federal; o bien, hacia una contienda competitiva y de pronóstico reservado con alguno de sus dos contendientes más fuertes.

A la vista de los indicios disponibles, los momios parecen inclinarse una vez más hacia el lado de Morena y AMLO. Su obcecación en frenar el aeropuerto, exponiendo una vez más la corrupción gubernamental y los contubernios con los grandes empresarios, lo coloca una vez en posición de ganador neto, lo mismo si se transparenta la información del NAICM que si no.

A sus detractores les molesta en el alma el alcance de su proclamada visión como líder de la cuarta transformación. El agotamiento del neoliberalismo a la mexicana es un dato, y soy de la opinión que un político vale por el compromiso que es capaz de vindicar en público y frente a sus seguidores. El país no está para ceder las riendas a timoratos ni mediocres.

*Analista político

@franbedolla

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