En la disputa por el significado histórico político de las elecciones de 2018, hay un ganador indiscutible: AMLO. No se trata tan sólo de que sus adversarios, todos, le reconozcan como el rival a vencer y clamen lastimeramente por debatir con él; ni tampoco que la máxima cúpula empresarial, sea por nerviosismo o desesperación, le confiera anticipadamente el trato de presidente, al invitarle a evaluar de manera conjunta la viabilidad del nuevo aeropuerto.

Más específicamente, el punto es que, AMLO opera hoy como el amo y señor de la agenda público-política mexicana. Lo mismo si es la amnistía, la reforma energética o la reforma educativa que el futuro del proyecto del nuevo aeropuerto, es un hecho que su voluntad es la medida de los contenidos, los temas y los ritmos de la deliberación en la coyuntura electoral.

Por lo visto hasta hoy, las elecciones de 2018 están llamadas a ser las elecciones de AMLO, no sólo por sus altas y ascendentes probabilidades de triunfo hacia el 1 de julio, sino por su firme postura de entenderlas como un referéndum sobre el modelo del neoliberalismo (a la mexicana, cabe precisar), esto es, del programa de conducción del Estado mexicano que ha estado en boga durante las dos últimas décadas del siglo XX y lo que va del siglo XXI.

La clave de la hegemonía simbólica del candidato puntero, entre otros factores, se cifra en su larga trayectoria política sin sombras que hasta el momento empañen su honestidad, en la aureola mágica de confianza y credibilidad que le dispensan sus seguidores; en el dominio sin igual del arte de la comunicación política, que se hace patente en las aspiraciones e inspiraciones de cambio que comparte; y, de no menor importancia, en su inigualable autoridad moral.

Por más que sus críticos mordaces, muchos de los cuales curiosamente navegan con las banderas de la izquierda intelectual y académica (Krauze y Dresser, entre otros) le endilguen los motes descalificativos de “mesías”, “autoritario”, “poco ilustrado”, “retrógrada” y demás, pocas dudas hay de que seguiremos avanzando hacia la construcción de un escenario en el que los candidatos y los electores jugaremos al referéndum para decidir con nuestro voto entre la continuidad o la ruptura del neoliberalismo a la mexicana.

Dibujar la cancha y distribuir los roles tiene sus ventajas, sobre todo si, como es el caso, se dispone del material para construir la narrativa del cambio verdadero con sus respectivas metáforas: el Estado mexicano como fábrica de producción de pobres y de corrupción; o como instrumento de la clase empresarial al servicio exclusivo de sus intereses.

En el otro lado de la cancha, como es esperable, los competidores se resisten a jugar el juego del referéndum. Anclados en la perspectiva “neoliberal” de que la modernidad describe un modelo de desarrollo que asigna a la política las tareas sustantivas de generar bienes públicos y corregir fallas de mercado; y a la economía, el incremento ampliado de la riqueza, califican en automático como retrógradas, reaccionarias cualesquiera propuestas que les resultan disonantes.

No hay lugar a la sorpresa de que en la cancha que hoy se dibuja, más allá de si les gusta o no, José Antonio Mead, Ricardo Anaya y Margarita Zavala luzcan hermanados como fieles escuderos de las cúpulas empresariales. Sus negativas a aceptar propuestas que pongan en riesgo la continuidad de la reforma energética y el proyecto aeroportuario o de revisar a fondo los contratos y licitaciones, pese al tufo de corrupción que emana de ellos, la pinta de cuerpo entero.

Por obvias razones, Meade es el candidato que mejor encaja en la narrativa del referéndum, de tal suerte que sus posibilidades de éxito vayan en sentido contrario a la maduración y fortalecimiento de dicha narrativa. En cambio, las posibilidades de Anaya podrían estar en función directa de que convenza a los electores de que el problema de México es la corrupción, no el modelo neoliberal en su muy mexicana versión.

Evidentemente, la disputa por el significado histórico-político de las elecciones de 2018, que podría ser crucial en el resultado de las elecciones, no es una cuestión que vaya a dirimirse en el ámbito ni con los recursos de la ciencia o la academia, sino en el de la comunicación política y los recursos sofisticados para seducir la conducta de los electores.

Por primera vez en una contienda presidencial, aún en las condiciones de oportunidad que abren la pobreza y la pobreza extremas, luce raquítico e insuficiente el poder de la compra-venta y la coacción del voto, que es uno de los filones más apreciados de las maquinarias partidistas, particularmente la del PRI.

Las elecciones de 2018 amenazan con convertirse en el parteaguas de la historia nacional y, quizás, también de la política-mundo. No se ve todos los días una movilización cívico-popular en torno a un líder carismático obcecado en el impulso de un modelo de desarrollo en el que la política se hace cargo de las experiencias cotidianos de los vacíos amorosos, ético-morales y de incertidumbre, así como de los de justicia, bienestar y felicidad.

A los amantes de la democracia electoral y el mercado, esto puede sonarles a vil populismo. Dudo mucho que sea así. Frente a los síntomas del agotamiento del modelo neoliberal en el planeta, quizás haya en las elecciones de 2018 y la cuarta transformación una lección importante por aprender.

Lo que hoy está en juego no es precisamente el mayor número de cargos públicos en unos procesos comiciales concurrentes, sino el destino y la viabilidad del Estado mexicano.

*Analista político

@franbedolla

COMPARTIR