Los debates sobre los debates se han convertido en un palimpsesto para los analistas, los interesados y los seguidores. Grados de sofisticación aparte, cada uno se hace preguntas a modo y, previsiblemente, cada quien termina encontrando lo que quería encontrar.

La autocrítica puede tener efectos perniciosos en las posibilidades de triunfo. No es por ello esperable que en un debate político los representantes de los candidatos admitan una virtud mayor en alguno de sus contrincantes. Así, ante la sesuda pregunta con la que suelen arrancar los moderadores de ¿quién ganó o perdió en o con el debate?, la respuesta infalible es “ganó mi gallo”.

En este preciso contexto, los intelectuales mediáticos -comentócratas, en la afortunada expresión de alguno de ellos- juegan el triste papel de saltimbanquis al servicio de sus jefes, los candidatos y dirigentes políticos.

No tengo suficientes elementos de información sobre qué tanto se da en otras latitudes el caso de que los politólogos, abiertamente, se pongan la camiseta de quien los contrata para poner dócilmente lo mejor de sus artes lógicas y retóricas al servicio de fines políticos.

En cambio, me queda claro que las prácticas disimuladas de utilización del capital académico o científico para la persecución de fines políticos lindan peligrosamente con la corrupción, pues sacan intencionalmente raja al hacer pasar “el gato” de la acción política por “la liebre” de la descripción científica.

No está a discusión, por cierto, el derecho de los intelectuales a la participación política, ni tampoco está de por medio la presunción de que la objetividad reclame al observador neutralidad ideológica o política; pero si lo está la congruencia ética de quienes sacan intencionalmente ventaja de practicar la confusión entre su obrar como observadores expertos y su obrar como agentes políticos.

¿Hasta cuándo será útil a los medios de comunicación la farsa de hacer pasar las mesas de debate político como si fuesen mesas de análisis orientados a generar descripciones verdaderas? Queda la respuesta en el aire. Menos lugar hay a la duda de que eso genera un marketing redituable para los comentócratas; por ejemplo, para Jorge Castañeda.

En virtud de lo anterior, encuentro por ahora de mayor provecho explorar lo que el debate deja entrever sobre el formato y la mecánica de la competencia en las próximas semanas. A este respecto, el detalle relevante fueron los dardos envenenados que Ricardo Anaya lanzó a José Antonio Meade: ¿es honesto, si o no, tu jefe, EPN? Y, foto de por medio con Javier Duarte, ¿podrías decirnos de qué tamaño es la rebanada del pastel que te tocó?

Frente a la hipótesis de que estaba en ciernes el reagrupamiento de “la mafia del poder” mediante una alianza de facto en torno a la candidatura de Ricardo Anaya, tales cuestionamientos resultan disonantes. Y otro tanto puede decirse del revire de Meade sobre los presuntos actos de lavado de dinero de Ricardo Anaya.

Puede entonces colegirse que el formato de la competencia con las tres coaliciones, en lo general, tiende a coincidir con la mecánica de la lucha campal de todos contra todos, que seguiremos observando en las semanas subsecuentes.

Por lo visto hasta ahora, la estrategia de Ricardo Anaya se enfocará en lograr el triunfo por los propios méritos de su Frente, con independencia de si en las cercanías de la jornada electoral, cuaja una alianza de facto a su favor con la coalición priista. A favor de la hipótesis de que no desdeña esta posibilidad, o que incluso la desea, abona el hecho de la omisión a la corrupción de EPN y sus promesas de investigarlo hasta sus últimas consecuencias.

Menos certidumbre hay en relación a la estrategia que podría seguir José Antonio Mead, a ojos vistas de que no hay indicios razonables de que su campaña esté repuntando o pueda hacerlo y de que no ha cejado la tentativa de insistir con las acusaciones de lavado de dinero. No es entonces descartable el escenario de tumbar la candidatura de Anaya, buscar en el inter la cooptación de los gobernadores panistas y perredistas que simpatizan con Meade, y los bombazos de precisión en la línea de flotación de AMLO, para forzar una batalla entre dos y hacer uso de su arsenal de ventajas indebidas.

De acuerdo a los indicios disponibles, y salvo que la información demoscópica de los próximos días arroje cambios significativos en la estructura de las preferencias, la estrategia de AMLO seguirá privilegiando la prevención del error por sobre las tácticas osadas.

Por otra parte, su postura de “amor y paz” puede rendirle buenos dividendos hacia el final de la contienda, sobre todo en el supuesto de no se produzca una operación cicatriz en el seno de “la mafia del poder”, sea porque el mando priista prefiere a AMLO sobre Anaya o porque, en un escenario apretado, intentarían inclinar la balanza.

Con la información disponible, todo parece indicar que el formato y la mecánica de la competencia es la que mejor acomoda a los intereses estratégicos de Morena y que el tiempo es una variable que operará cada vez a su favor.

La intensificación de la guerra sucia en los próximos días aportará información valiosa para aclarar el escenario. La duda es, ¿habrá un as bajo la manga de sus contrincantes que pueda retumbar en las aspiraciones de AMLO o apostarán por hacer más de lo mismo con las consabidas consecuencias?

*Analista político

@franbedolla

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