La semana pasada pudo marcar el inicio de una nueva fase en la contienda presidencial, ya muy cercana a la realización del segundo debate: la guerra sucia a través de las encuestas. GEA-ISA, la encuestadora consentida del gobierno de Felipe Calderón y una de las menos prestigiadas luego de sus fallidas mediciones en la campaña presidencial anterior, dio a conocer los resultados de su último sondeo: 29% AMLO, 25% Anaya y 20% Mead.

Como se diría coloquialmente, con esos resultados, GEA-ISA “la rompió”, y no de la mejor manera. Sus cifras son tan disonantes con las manejadas por el grupo de las cinco o seis encuestadoras de mayor prestigio y de los cálculos promedio de Oraculus, la encuesta de encuestas que hacen inevitables las preguntas ¿qué realidad están observando y con qué criterios muestrales? ¿quién les está financiando o cuánto están cobrando? ¿a qué intereses distintos a los de la objetividad están sirviendo?

Por si el enrarecimiento del ambiente político no fuese suficiente, cabe añadir la solícita prestancia de los medios radiofónicos para hacer retumbar los resultados con entrevistas a modo a los voceros de Ricardo Anaya, el beneficiario directo de las imágenes de su ascenso trepidante y la conformación de una lucha cerrada entre dos candidatos, en la que “caballo que alcanza gana” o, en el peor de los casos, cualquiera de ellos puede ganar.

Aquí, por enésima vez, el INE está dejando mucho que desear. Por alguna razón, quizás no tan difícil de entender, el árbitro electoral sigue agazapado en la tarea que mejor ha hecho históricamente, la de “cuenta-votos”, dejando de lado otras tareas cruciales que por ley le corresponden, entre ellas regular la realización de los estudios de preferencias electorales.

¿Quién lo fuera a decir? La mejor iniciativa de acotar la discrecionalidad de las casas encuestadoras y sus afanes lucrativos a la hora de trasmutar su papel de “fotógrafos” de la realidad en “ilusionistas” al servicio del mejor postor corresponde por ahora a las encuestadoras más serias y a los medios de comunicación, que han construido mesas de diálogo entre los encuestadores y les han dado mayor visibilidad.

La pero nota, volviendo al caso del INE, se la lleva de calle su presidente, Lorenzo Córdova, con su declaración pública, entre ingenua y torpe, de que el Instituto se prepara para el peor de los escenarios: una elección cerrada.

Nótese el punto. Lo criticable no es que, responsablemente, el INE se prepare para el escenario más terrible e indeseado, como sería la derrota electoral de AMLO por una distancia menor a los cinco puntos porcentuales, lo que en opinión propia rebasaría las capacidades de gestión del árbitro electoral, porque carece ostensiblemente de dos ingredientes básicos: autoridad moral y confianza social.

Lo deleznable, para decirlo claro, es la impertinencia de Lorenzo Córdova de mencionar en público su prestancia para operar en un escenario competido. Porque, más allá de sus intenciones, tal mención le convierte en eco de la imagen, muy probablemente falaz, de que la contienda electoral está cerrada y que cualquiera de los dos punteros puede ganar.

Tamaño desliz no pasó desapercibido para el puntero de las encuestas, quien de inmediato le reprochó su intromisión, recordándole que su ventaja actual es amplia. La réplica “el INE no hace pronósticos”, por desgracia, resulta poco afortunada, además de falsa.

Hacer pronósticos es una actividad necesaria, incluso responsable, para planear y gestionar estratégicamente el riesgo. En cambio, hacer pronósticos en público sobre la estructura posible, probable o (in) deseada de la competencia electoral, en un escenario tan caldeado y con momios de prestigio tan desfavorables, raya en la estupidez o la mala intención.

Quiero darle el beneficio de la duda a Lorenzo Córdova. Hasta estoy dispuesto a pensar que actuó bajo la lógica de ser apreciado como una persona brillante que está haciendo al cien por ciento su mejor esfuerzo. Si ese fuese el caso, no cabría la hipótesis de la mala intención, pero cobraría vigor la otra, que no sería tan buena… para él.

En otro orden de ideas, hago votos sinceros porque no se haga realidad el pronóstico de una contienda electoral cerrada, sobre todo si los resultados fueran adversos a AMLO. No veo cómo el INE y el Tribunal Electoral pudieran levantar la mano y sostenerla por sí mismos a un ganador en una contienda cerrada y, por extensión, controversial.

Es tiempo de hacerse cargo de que la integración de la alta dirigencia de las instituciones electorales (INE, Tribunal Electoral y FEPADE), como igual sucede con el INAI, la Suprema Corte de Justicia y otras instituciones del Estado mexicano, es funcional al arreglo entre los tres partidos beneficiarios del régimen partidocrático actual (PRI, PAN y PRD), pero que esta lógica de integración y control, por inservible, está condenada a estallar si el ganador es ajeno a éstos.

Es difícil anticipar si, en caso de ser victorioso, AMLO sería de la idea de impulsar una nueva reforma electoral, sobre todo enderezada a despartidizar la dirección del Instituto Nacional Electoral; o si los consejeros en funciones estarían dispuestos a aceptar una reducción drástica en su remuneración actual.

Menos lugar hay a la duda de que el INE no goza de la confianza del puntero en las elecciones ni de la mayor parte de la sociedad. Las perspectivas para la institución distan mucho de ser aceptables, no sólo en razón de los impedimentos estructurales de la captura partidocrática de las instituciones, sino también porque los actuales consejeros poco han hecho y menos han logrado por ganarse la confianza de los intereses opositores y el electorado.

La afirmación puede ser cruda, pero no por ello menos cierta: hace tiempo que el INE perdió la batalla en contra de la desconfianza electoral, principalmente porque cuando pudo hacer algo no quiso y ahora, aunque quiera, la historia le rebasó. Salud, Marco Antonio Baños, tendrás muy poco de qué presumir ahora que tu plazo concluya.

*Analista político

@franbedolla

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