El PRI se encamina directo a su peor derrota. En el mejor de los escenarios, alcanzará el 20% de la votación nacional; en el peor, su votación andará más cerca del 10%. Todo ello, sin contar con la merma de porcentaje que le provocará su coalición con el PVEM y el PANAL.

La situación que hoy vive el PRI es muy distinta a la existente durante los dos sexenios del interregno panista (2000-2012), cuando pudo reagruparse y sobrevivir a partir del control de la mayor parte de las gubernaturas y su presencia como primera o segunda fracción en los congresos federal y estatales.

Como hoy luce el panorama, el PRI ha dado pasos acelerados en su conversión en tercera fuerza política y con escaso poder competitivo en 30 de las 32 entidades federativas. Si el 1 de julio estuviesen en juego el total de las gubernaturas, sería muy alta la probabilidad de que no quedase en el país un solo gobernador priista.

En el Congreso Federal, el panorama luce similar. El 1 de julio colocará al PRI en el piso histórico. Nunca en la historia reciente habría habido tan pocos senadores y diputados como esta vez. Todo ello sin contar con la probable salida de activos suyos hacia las filas de MORENA.

En el lenguaje de la teoría de sistemas, el PRI se encuentra atrapado en una sinergia entrópica: los síntomas ostensibles de su debilitamiento están acabando con los incentivos de sus miembros para permanecer, de tal suerte que el debilitamiento se acelera y torna irreversible.

¿Podría ser de otra manera? Difícil, por no decir imposible. El PRI es, y opera, como una constelación crudamente pragmática. Históricamente, sus agentes se afilian y permanecen por el cálculo de que los beneficios son mayores que los costos. No habiendo restricciones ideológicas ni ético-morales a las cuales apelar (sentido de identidad, lealtad, o apego a un proyecto histórico), será cuestión de semanas, quizás meses, para que el PRI se convierta en un cascarón vacío.

Ironías de la historia, la fuerza histórica que condujo al Estado mexicano durante la mayor parte del siglo XX terminó siendo víctima del afán restaurador de la elite actual, que nunca terminó de entender las implicaciones políticas de los cambios sociodemográficos y la relevancia de la cyber política.

Tan relevante como el fin inminente del PRI es la probabilidad de la crisis terminal del sistema de partidos tal como hoy lo conocemos. Su última argucia, el llamado Pacto por México, le está pasando factura al PAN, desde tiempo atrás divorciado de su herencia axiológica e instalado en los vaivenes de su coalición pragmática actual; y al PRD, que echó su resto en la apuesta de echarse a los brazos de la derecha.

El PRI, como el arreglo partidocrático que éste impulso tras la caída del sistema en 1988, está herido de muerte. Una nueva etapa de nuestra historia, no sabemos si para bien o para mal, comenzará a escribirse después del 1 de julio.

Desde hoy, habrá que colocar al frente nuestro, las duras lecciones de las omisiones, la frivolidad y los yerros de los sexenios panistas, que dieron por descontado que podrían gobernar el país sobre los escombros del presidencialismo y las cúpulas de las redes corporativas, es decir, sin reformar el Estado y sin una reingeniería profunda del gobierno, el régimen político y los mecanismos de gobernanza.

En lugar de desmontar las estructuras de apoyo corporativista del régimen presidencialista, los gobiernos del PAN optaron por la estrategia de rescatar los resabios de lo utilizable para sus propios fines. Dieron en entender que el problema no era la existencia de redes corporativas y líderes de dudosa fachada, sino que éstos estuviesen en su contra.

Reinstalado en el poder, y fiel a su ADN corporativista, el gobierno actual fue más allá con su pretensión restauradora, valiéndose de la ingeniosa innovación de llevar un paso más adelante el arreglo partidocrático a través del Pacto por México. Cierto, en ausencia de brazos corporativos internos fuertes de los cuales valerse, como antaño habían sido la CNC, la CTM y la CNOP, lo procedente era sumar franquicias partidistas, haciéndolas partícipes del pastel y las canonjías inherentes al manejo de la riqueza pública.

El saqueo sistemático perpetrado por la partidocracia, corrupción generalizada e impunidad garantizada, reclamó una estrategia continua y sistemática de colonización de las instituciones del Estado mexicano, para hacerlas abdicar de su mandato de procuración del bien público: reparto por cuotas entre los cuates de los cargos de dirección para garantizar consejeros carnales, comisionados carnales, magistrados carnales, fiscales carnales, ministros carnales, y así por el estilo.

Con la crisis terminal del PRI y el sistema de partidos construido a su alrededor, se abre una ventana de oportunidad para proceder a una reingeniería del Estado mexicano, una de cuyas líneas estratégicas será el desmontaje de la herencia partidocrática en la integración y gestión de las instituciones vitales del Estado mexicano: INE, INAI, FEPADE, Tribunal Electoral, Suprema Corte de Justicia, COFECE, etc.

La oportunidad de avanzar hacia una democracia electoral, con un nuevo sistema de partidos apto y sensible a responder al interés público y generar una representación política legítima, está en el aquí y el ahora. Sería ingenuo suponer que desaparecerán por arte de magia los habitus partidocráticos y los afanes por construir franquicias para recibir financiamiento público.

Hace 18 años Fox se equivocó y nosotros con él, al considerar que, muerto el presidencialismo, aún con PRI, vendrían tiempos mejores. Con inminente triunfo de AMLO y el renacer de la esperanza viene el riesgo de desentenderse de la cruda lección de la era de las alternancias presidenciales: que sin reforma del Estado no hay futuro para nuestro país. La reedición de la partidocracia es un escenario que no debemos menospreciar.

*Analista político

@franbedolla

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