A menos de un mes de la cita con las urnas, la “amlomanía” muestra los visos de que nos encontramos frente a un fenómeno social sin precedentes en la historia electoral contemporánea de la sociedad-mundo.

Las últimas encuestas publicitadas por los diarios Reforma, el Financiero y el Universal dibujan un cuadro más o menos similar: un AMLO cercano al umbral del 50% de la intención de voto o por encima de éste y dos competidores que apenas rebasan los 20 puntos porcentuales y permanecen enganchados en la lucha por el segundo lugar.

A estas alturas, quedó hecha añicos la hipótesis de que había un techo histórico para el puntero y que éste rondaría los 35 puntos porcentuales. Si algo muestran con claridad los estudios demoscópicos es que, entre marzo y mayo, la tendencia ascendente de las preferencias electorales ha sido consistente.

A discusión está cuál es el factor de mayor peso en la predicción de lo que podría suceder el próximo 1 de julio, si el incremento de la brecha entre AMLO y sus dos principales competidores, o el comportamiento bamboleante de sus cuotas de preferencia, indicativo de su incapacidad de un crecimiento consistente y volverse competitivos.

Menos lugar hay a la duda de que se les agotó el tiempo para revertir las tendencias actuales y, lo que es peor, que el lapso de aquí a la jornada comicial abre un margen de oportunidad para agrandar hasta niveles insospechados la ventaja de AMLO y dinamitar las bases de sustentación de nuestro régimen político.

Para cualquier observador medianamente entrenado, es fácil detectar que en los últimos tres meses ha venido cobrando forma y vigor a lo largo y ancho del territorio nacional y de los rangos de la estructura etaria de la población mexicana una masa crítica “amloísta” con una formidable capacidad de auto-alimentarse y crecer progresivamente.

Suponer que, en unas cuantas semanas, y brotando como de la nada, pueda emerger una contra-tendencia con capacidad de revertir el desenlace esperado, sólo puede ser efecto de tres factores: la ignorancia supina, la ingenuidad extrema o la negación enfermiza de la realidad.

Se entiende, y hasta es comprensible, la resistencia de los voceros de Meade y Anaya a aceptar la conclusión que se desprende de las encuestas mencionadas: la inexorabilidad de una derrota estrepitosa. Si tal cosa hicieran, el efecto inmediato sería la desbandada de sus propias huestes y la aceleración de las tendencias que están a la vista.

Con independencia de las consideraciones estratégicas emanadas de los “war rooms” del PRI y el PAN, cuyos voceros exhiben una actitud muy estudiada de certeza en sus probabilidades de triunfo, lo cierto es que el aroma de la derrota cunde a su alrededor y de que su lógica de mostrarse impávidos para contener los daños difícilmente podrá sostenerse con el avance de los días.

En una cultura política como la nuestra, uno de cuyos rasgos distintivos es la proclividad a cargarse hacia el lado vencedor, no hay razones para llamarse a sorpresa por el hecho de que los conductores de los noticieros y las barras de opinión política de Televisa y tv Azteca, desde hace dos o tres semanas, hayan dado el giro del trato detractor a la cortesía con AMLO. Históricamente, lo suyo jamás ha sido la crítica al poder, sino la connivencia activa con éste.

Mención aparte merece el comportamiento del INE. Ahora resulta que al árbitro electoral le están saliendo dientes para amagar a los empresarios con la tarjeta de amonestación por enturbiar el proceso electoral y operar en los límites de lo permisible por la ley electoral”, con sus exhortos electorales a sus trabajadores.

Y otro tanto puede decirse de las cúpulas de los organismos empresariales, que en elecciones anteriores se han comportado electoralmente como un bloque homogéneo, pero que ahora acusan también los influjos seductores de quien ya empiezan a considerar como el próximo presidente.

Si las cosas siguen como hasta hoy, nada de extraño tendría que en los días por venir comenzarán a mostrarse con mayor frecuencia y fortaleza los guiños de los grandes empresarios a la virtual presidencia de AMLO. Porque lo suyo del gran empresariado mexicano ha sido la unión simbiótica con el poder político.

¿Hasta dónde puede ampliarse la brecha entre AMLO y sus dos perseguidores cercanos? He aquí una interrogante de pronóstico reservado. Un escenario nada despreciable es que las cuotas de votación y los reacomodos postelectorales impactaran en las líneas de flotación no sólo del PRD y los partidos satélites, sino que alcanzaran también al PAN y al PRI.

Tal probabilidad, sin lugar a duda, comprometería la reproducción del arreglo partidocrático que ha regido los destinos de nuestro país durante las tres últimas décadas.

Una victoria de tal magnitud no necesariamente sería una buena noticia para AMLO y nuestro país, sobre todo si ello se combina con la falta de una estrategia de reingeniería del Estado mexicano. La debacle del régimen político de raigambre partidocrática es inminente. Toca ahora decidir si ello se convierte en una amenaza o en una oportunidad.

 

*Analista político

@franbedolla

 

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