Desde presionar a los demócratas para la aprobación de un presupuesto para el “desesperadamente necesitado” muro, hasta conseguir el apoyo suficiente en la elección intermedia, mucho se ha especulado sobre las motivaciones de Trump para justificar sus acciones en los últimos días. Pero, desde mi punto de vista, hay una agenda más perversa que no ha sido muy discutida en los análisis al respecto.

Voy a basar mi hipótesis en los acontecimientos recientes rodeando la figura de Trump y su país, Estados Unidos. Sobre todo, la separación de familias de inmigrantes y la crisis humanitaria girando en torno a ella que sensibilizó al mundo, y la retirada de Estados Unidos del Consejo de Derechos Humanos de la ONU.

Y es que pareciera que, además de querer “purificar” racialmente a su país y abogar por el unilateralismo, la política de Donald parece querer deslindar de responsabilidades a Estados Unidos.

Piénsalo un momento. Estados Unidos ha sido identificado desde  el final de la Segunda Guerra Mundial, y sobre todo de la Guerra Fría, como el ejemplo a seguir. El esfuerzo de presidentes desde Roosevelt hasta Obama fue demostrar que el American Way era el modelo ideal, en donde reinaba la democracia, todos eran aceptados sin importar su raza o condición, la economía de libre mercado promovía el bienestar, la amistad y la paz entre las naciones y bla bla bla… todo el discurso que, al parecer, ya no está de moda.

Sobre el país norteamericano cayó una presión internacional impresionante. Bien lo decía el Tío Ben, “con un gran poder viene una gran responsabilidad”, y Estados Unidos no dudó en tomar esta responsabilidad.

Okay, no todo fue perfecto. Hubo escándalos – y graves – tales como el Iran-Contra Affair de Reagan, el Watergate de Nixon y más recientemente, la Guerra con Irak y la Invasión a Afganistán de la era Bush hijo, que ponían en tela de juicio la doble moral americana. Pero finalmente, Estados Unidos seguía siendo el líder indiscutible de la política internacional, un liderazgo no sólo respaldado por su fuerte economía o poderío militar, sino también por su moralidad – al menos en el discurso – de velar por los derechos humanos.

Esto funcionó. Cuando había algún conflicto, se podía contar con la “Responsabilidad de Proteger” de las naciones más poderosas del mundo lideradas por Estados Unidos.

Pues bien, esta misma presión internacional provocó que Estados Unidos tuviera que cuidar cada aspecto de su política exterior. Donde fuera que interviniera, sea lo que hiciera, siempre habría una gran atención y crítica lista para escandalizar cualquier descuido.

¡Qué peso tenía Estados Unidos encima! Tanto a nivel doméstico como a nivel externo. Pero, ¡ojo! Aquí es donde entra la perversidad del presidente. Donald no es nada tonto y su simpatía hacia regímenes autoritarios no sólo proviene de respeto –¿o admiración? – hacia sus líderes. ¿Qué tienen en común países como Rusia, Corea del Norte o China? Son poderosos, tienen a líderes autoritarios y, sobre todo, nadie les recrimina la violación a derechos humanos, por lo que su margen de acción es bastante amplio.

Claro, no se pueden salir con la suya así como así, y esto es parte de los logros de la ahora tambaleante gobernanza institucional global. Pero, aun así, el tener ese margen de acción – sobre todo cuando eres caprichudo y estás acostumbrado a que las cosas se hagan a tu manera – resultó bastante atractivo para el 45th President.

Pienso que su plan es a largo plazo. Psicológicamente es conflictivo, pues es cambiar la visión que se tiene de Estados Unidos. El adiós a las responsabilidades internacionales es parte del concepto de “America First”. El rumbo que está tomando la política exterior del presidente va mucho más allá del aislacionismo. Poco a poco, nadie va esperando nada de Estados Unidos, sea en el plano de los derechos humanos o en el comercio.

Aún está pendiente si la sociedad civil y la presión internacional podrán más – tal como sucedió el miércoles con la firma de un decreto para dejar de separar familias – o si finalmente el presidente irá ganando más terreno y legitimidad interna que, al final, es lo que a él más le importa. ¿Podrá Estados Unidos deshacerse de estas responsabilidades por completo? Y más importante, ¿quién ocupará su lugar en el hemisferio occidental?

Esas dos preguntas quedan pendientes por responder…

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