Este viernes, Japón ejecutó al líder de la secta “Verdad Suprema”‘, Shoko Asahara, y a otros seis miembros, implicados en un ataque con gas sarín en el metro de Tokio en 1995, que conmovió a la comunidad internacional.

Asahara, cuyo verdadero nombre es Chizuo Matsumoto, había estado en prisión durante 22 años antes de su ejecución. El ataque dejó más de una docena de personas muertas y miles heridas.

Matsumoto tenía 63 años de edad. En 1984, fundó la secta que posteriormente adoptaría el nombre de Aum Shinrikyo o “Verdad Suprema”. Uno de sus preceptos era prepararse para el fin del mundo.

La secta liberó gas sarín en la red de trenes subterráneos de Tokio en marzo de 1995, con un saldo de 13 personas muertas y más de seis mil heridos. Dos meses después, la policía encontró a Matsumoto en un cuarto oculto dentro de una instalación de la secta.

Otros 12 miembros de Aum Shinrikyo fueron condenados a muerte por su responsabilidad en el ataque. La sentencia de muerte de Asahara se produjo en 2006, según la emisora pública NHK, pero los juicios de sus conspiradores se prolongaron durante otros 12 años.

Desde que esos procedimientos finalizaron a principios de este año, los días de los miembros de la secta fueron contados, incluso cuando los opositores a la pena de muerte intentaron bloquear las ejecuciones.

Asahara fue uno de los siete miembros del culto ahorcado esta semana. Los otros son Tomomasa Nakagawa, Tomomitsu Niimi, Kiyohide Hayakawa, Yoshihiro Inoue, Seiichi Endo y Masami Tsuchiya, según el ministro de Justicia japonés, Yoko Kawakami.

Otras seis personas están condenadas a muerte en relación con el ataque de 1995 y otros crímenes de Aum Shinrikyo. La fecha de sus ejecuciones es desconocida.

Las ejecuciones en Japón se llevan a cabo en secreto, sin advertencia previa al prisionero, sus familiares o representantes legales, según Amnistía Internacional.

Shizue Takahashi, una representante del grupo de víctimas y viuda de un empleado de Toyko Metro que murió en el ataque con sarín, dijo a los periodistas que estaba “sorprendida” por la ejecución repentina.

Cuando pienso en los que murieron a causa de ellos, fue una pena (los padres de mi esposo) y mis padres no pudieron escuchar las noticias de esta ejecución“, dijo. “Quería que (los miembros de la secta) confesaran más sobre el incidente, así que es una pena que ya no podamos escuchar más sobre el incidente“.

En una declaración este viernes, Amnistía Internacional comentó que la ejecución de Asahara y otros miembros de Aum Shinrikyo no daría justicia para el ataque de Tokio.

Los ataques perpetrados por Aum fueron despreciables y los responsables merecen ser castigados. Sin embargo, la pena de muerte nunca es la respuesta“, señaló Hiroka Shoji, investigadora para Asia Oriental de Amnistía Internacional.

La justicia exige rendición de cuentas, pero también respeto por los derechos humanos de todos. La pena de muerte nunca puede cumplir esto, ya que es la máxima denegación de los derechos humanos“, añadió.