Si tuviéramos que medir la democracia bajo el concepto de los ISO de calidad es probable que nos llevaríamos una gran decepción en sus resultados. Si ella es el gobierno del pueblo y para el pueblo, la conclusión es que hay mucho por hacer para que el mismo tenga finalmente el gobierno que se le parece, pero… de calidad. En educación le llaman a eso: excelencia, porque no es suficiente masificarla, sino que el resultado pueda hacer que seamos pueblos competitivos en un mundo dominado por ese factor. No es extraño que la primera medida de López Obrador en México haya sido acabar con la reforma educativa que intentó sentar las bases de las emergentes democracias latinoamericanas hacia finales del siglo pasado y que hoy muchas naciones le están dando el certificado de defunción porque no mejoraron la calidad del pueblo y de sus gobiernos.

Las democracias de fachadas con instituciones frágiles no logran proyectar el entusiasmo en ellas por parte de los votantes que frustrados terminan eligiendo a quien las pueda castigar. Con esto volvemos a rizar el rizo cayendo en el ciclo reiterado de gobiernos que buscando corregir lo torcido dejan en peores condiciones sus países que cuando asumieron. Ninguna persona medianamente consciente puede hoy justificar al “chavismo” de Venezuela que de lejos está peor que cuando llegaron al poder para corregir los excesos y errores de la democracia bipartidista que dominó esa nación desde el “pacto de punto fijo” a inicios de los sesentas del siglo pasado. No solo han destruido el concepto de democracia formal, sino que acabaron con formas de convivencia civilizadas que llevan años consolidarse en cualquier Nación. Algo similar está pasando hoy en Nicaragua. La democracia riñe con estas actitudes y se nutre de líderes que entienden que el gobierno no es el espacio donde se cuecen los odios y resentimientos acumulados para descargarlos en los otros. Si el propósito de ella es solamente eso, claramente no podemos ambicionar una democracia de oportunidades para todos y menos de calidad.

En la convivencia cotidiana, en el respeto a la disidencia, en tolerancia al que piensa y actúa distinto y en la constante tarea de construir instituciones sólidas se hace un gobierno de calidad sostenido en una educación de similares características.

Hemos venido en varios países castigando al sistema, pero manteniendo su fachada y eso no es sostenible en el tiempo. Estamos agotando la paciencia de la gente y el viejo truco electoral recurrente no alcanza para limitar el deterioro de este sistema político. Es preciso apuntalar la estructura para devolverle calidad a la democracia y para eso lo más importante es proyectar valores de convivencia respetuosa que humanice el poder y lo vuelva servicial a la gente.

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