No es únicamente asunto de buen tino la elección de profesionistas inteligentes y probos para ocupar los máximos cargos de representación en México asimismo está la imperiosa necesidad de reforzar, con toda la caballería de habilidad necesaria, el manejo de las relaciones exteriores del país azteca.

Tan cambiante, pero al mismo tiempo preponderante se ha vuelto la agenda internacional: a tal punto que, hoy en día, se necesita una súper secretaría, un ministerio, reforzado de gente suficientemente informada de la geopolítica y la geoeconomía a fin de evitar que México se deslice en territorio lábil en su política exterior.

Lo que Andrés Manuel López Obrador requiere es un moderno Talleyrand así de sagaz, mordaz, suficientemente capaz de envolver y engatusar al otro; tener el suficiente carisma para inyectar de diplomacia y buen hacer a una relación entre Estados Unidos y México que se ha quedado con las venas secas.

La diplomacia es el arte de la seducción, lo intentó desplegando todos sus encantos el presidente galo Emmanuel Macron para convencer al empecinado mandatario de Estados Unidos de permanecer en el Acuerdo del Clima, en no abandonar el Pacto Nuclear con Irán y en no iniciar una guerra comercial.

Todos sabemos que el delfín del Elíseo se estrelló contra la roca de Donald Trump al parecer blindado ante las cortesías y las mejores artes diplomáticas.

En su visión obtusa el mundo es uno y no hay forma de dialogar sino es aceptando, primeramente, el criterio del magnate norteamericano; después de agachar la cabeza y asimilar sus condiciones entonces quizá haya resquicio, cierto margen, de entendimiento.

Las relaciones entre México y Estados Unidos nunca han sido fáciles a lo largo de la historia como naciones, las denuncias acerca de las injerencias estadounidenses en la política interna del país azteca han sido múltiples y crecientes.

De ello se quejó y varias veces, por ejemplo, el presidente Porfirio Díaz de intromisiones de parte del presidente William Howard Taft con quien por cierto se reunió en un inusual encuentro (inusual porque era raro que dos presidentes tuvieran citas bilaterales no como ahora) el 17 de octubre de 1909. Díaz acusaba al embajador norteamericano Henry Lane Wilson de mover los hilos en su contra; y no estaba errado.

Pero hay muchas más ocasiones de intromisiones a lo largo del siglo pasado; y si el entendimiento entre la Unión Americana con Rusia pasa “por sus peores momentos” con México, la situación está empantanada.

El distanciamiento entre ambos presidentes, Trump y el mandatario Enrique Peña Nieto, es más que obvio y evidente, la última vez que dialogaron hace más de tres meses lo hicieron vía telefónica y el inquilino de Los Pinos volvió a refrendarle que “México no pagará el muro”; contrariado Trump le cortó la comunicación con un lapidario “bye, bye”.

Se quedó en la congeladora una visita oficial de Trump a México y otra de Peña Nieto a Washington mientras las negociaciones del NAFTA-TLCAN corren en paralelo igualmente a trompicones muy a pesar de los enormes esfuerzos de los equipos negociadores de Economía y Comercio de México, Estados Unidos y Canadá.

 

A COLACIÓN

Mi apreciación como analista internacional es que el nuevo presidente electo López Obrador no tiene nada fácil el camino para recomponer y reencausar las relaciones bilaterales. Él tiene a su favor la frescura de estrenarse en el poder y viene con el espejismo en su cabeza de que podrá echarse a Trump al bolsillo de buenas a primeras… que hará todo lo que no hicieron ni Peña Nieto, ni sus asesores o diplomáticos.

Mi pregunta directa a Andrés Manuel es: ¿qué baza usará para negociar ante un monigote de cartón piedra que NO dará un paso atrás en su obcecación de que México pague el muro?

Segundo escollo, éste quizá logre evitarse: es decir, que a la mera hora no sea incluida la famosa cláusula Sunset en el nuevo NAFTA-TLCAN que Trump quiere incorporar a la fuerza y que implica tácitamente que cada “cinco años sea revisado el Tratado con posibilidades de darlo por terminado”.

Con mucha habilidad, junto con la presión de Canadá, podría evitarse la cláusula Sunset; no obstante, lo que a mi entender es inamovible es que “México pagará el muro” según la actitud beligerante de Trump. Y ese simple hecho ya es de entrada un hándicap para el nuevo gobierno de López Obrador. ¿Qué baza utilizará para quitar la presión por lo del muro? Se corre el riesgo de que sea la sombra de distanciamiento permanente entre Washington y México al menos lo que dure la Presidencia del republicano.

 

Directora de Conexión Hispanoamérica, economista experta en periodismo económico y escritora de temas internacionales

@claudialunapale

 

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