Los agoreros de la debacle, las plumas más finas al servicio del régimen en descomposición, siguen haciendo gala de su creatividad. Todavía no asume el cargo AMLO, pero su triunfo apabullante mueve a la nostalgia.

Y ya desde hoy, los Krauze y los Aguilar Camín, etc., en su tono agrio y solemne, le dan su adiós a la democracia, a la división de poderes, a los contrapesos, al federalismo… más lo que se acumule en los próximos días.

En el imaginario de los citados intelectuales orgánicos del neoliberalismo a la mexicana, las plumas mas consentidas por los políticos encumbrados y los dueños de la tv y la radio oficialista, lo que hoy se avecina en nuestro país es una aplanadora populista, preletrada, que echará por la borda los avances históricos de los últimos 30 años. ¡Qué horror!

Si los señalamientos nostálgicos provinieran de los públicos legos, la reacción sabia sería dejarlas fluir y esperar a que cayeran en el vacío de sus sinrazones. Proviniendo de sus doctas plumas, lo mejor es tomarlas como síntomas de los desafíos por superar: comunidades intelectuales lesionadas en sus intereses y con cuentas por saldar con sus patrocinadores históricos, dispuestas a morirse en la raya de hacer pasar sus visiones políticas como descripciones o hipótesis científicas sobre la realidad nacional.

¿Adiós a la democracia? Propongo nuevos lentes teóricos para Krauze y que se de un espacio para mirar los acontecimientos con mayor diligencia. En pleno proceso electoral, análisis realizados por organismos de la sociedad civil documentaron la sospecha pública eterna de que, ante la inoperancia y complacencia de las autoridades electorales, el dinero corre a manos llenas en las campañas políticas, todas, y que apenas se reporta y fiscaliza uno de cada siete pesos gastados.

Dejando de lado la relevante pregunta sobre el origen del grueso del financiamiento a las campañas, lo cierto es que la intrusión ilegal del dinero en la política convirtió los cargos de representación (desde los cabildos hasta la presidencia de la República) en oportunidades para el lucro privado, es decir, en encargos apetitosos, por rentables, que podían ser vistos como inversión personal.

En el pensamiento político clásico, un arreglo de este tipo, en el que los adinerados se apropian de los cargos políticos para incrementar su riqueza, tiene un nombre propio: plutocracia.

Un repaso a la prensa, los medios electrónicos y las redes sociales basta para documentar a los miembros del selecto clan del abolengo político, no más allá de 300 apellidos, lo que pone en evidencia que la llamada democracia electoral no ha sido sino el medio por el cual la casta superior de la sociedad mexicana “democratizó” su reciclamiento.

Precisamente, la condición disruptiva del triunfo de AMLO estriba su éxito para desplegar una estrategia de convencimiento alejada del medio plutocrático por antonomasia: el dinero. Y, al hacerlo, expropió a la casta plutocrática de su acceso cuasi monopólico a los cargos políticos.

La desmonetarización de las elecciones, evidentemente, no fue, no es, ni tampoco será gratuita. Fuera del cálculo de la casta plutocrática, y contrario a su voluntad e intereses, emergió y se perfila una fuerza hegemónica, que les significa no sólo incertidumbre, sino peligro extremo.

Si hay que decirle adiós a algo, pues, no es la democracia, sino a un arreglo plutocrático que pervirtió el sistema electoral y lo hizo dócil a la voluntad de unos cuantos.

Ciertamente, los Krauze y los Aguilar Camín, etc., tienen derecho a la nostalgia, incluso al enojo, por la desaparición de un estado de cosas que les otorgó ventajas, prestigio y poder, a cambio de sus servicios especializados de legitimación. Un asunto diferente es si tienen derecho a escamotear la verdad científica y a permanecer impunes. No es la democracia el motivo de su nostalgia sino la pérdida de sus privilegios.

¿Adiós a los contrapesos? Bueno, quizás haya que recordarles a esos nostálgicos sobre el pacto de impunidad, la regla dorada de la partidocracia, y El Pacto por México, el arreglo cupular y la cereza en el pastel del monopolio partidocrático del Estado mexicano.

¿Adiós al Pacto Federal? Hasta dan ganas de llorar en el hombro de los nostálgicos. Sería bueno saber si consideran irrelevante la institucionalización de la lógica feudal de los gobernadores, allí incluidos los excesos en el endeudamiento y la corrupción desenfrenados, así como en el manejo discrecional de sus institutos electorales (OPLE).

Porque, de ser el caso de que la feudalización, que no el federalismo, es la pauta por la que discurre hoy el Estado mexicano, dista de ser simple el debate sobre la pertinencia de una figura central orientada a acotar la discrecionalidad de los poderes locales en el manejo de los recursos provistos federalmente.

Finalmente, fuera de discusión está la superioridad política, incluso ética, de un diseño institucional democrático, federal, con división de poderes y con contrapesos, en relación con las experiencias históricamente conocidas o imaginables.

La falacia de los nostálgicos no es de menor calado: estriba en achacar a AMLO la destrucción de lo que sólo existe en sus creativos imaginarios, pero que sería deseable que existiera. Como tengo la impresión de que aspiraciones políticas tan nobles como edificar un régimen democrático abierto y plural, libre de sesgos plutocráticos, un Estado de Derecho, federal y con división de poderes, son más susceptibles de ser logradas a partir de diagnósticos científicamente sostenibles, me niego a seguir el juego falaz de los nostálgicos.

 

*Analista político

@franbedolla

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