En la versión del priismo derrotado, el balance del sexenio presenta dos componentes: primero, un gobierno que, en el dilema de la popularidad o la responsabilidad, optó por lo segundo, consciente de que había que pagar el costo político; y segundo, un panorama en el que rebosante los “datos duros” halagüeños de las reformas estructurales impulsadas y la estabilidad macroeconómica.

En la perspectiva de la fuerza arrolladora de Morena, el balance luce plagado de calamidades, todas ellas ligadas al círculo vicioso de la corrupción y la impunidad: delincuencia e inseguridad, desigualdades sociales extremas, pauperización creciente, y una clase política servil a los intereses macro-empresariales y acostumbrada a financiar sus ventajas y canonjías con el dinero público.

En la versión de los intelectuales orgánicos del régimen derrotado, que exudan a cada frase, cada artículo y cada opinión vertida, la nostalgia por la extinción de la ubre que tan generosamente los ha tratado, el panorama nacional es regresivo. Económicamente, las señas apuntan en dirección de una vuelta hacia el modelo del intervencionismo estatal —ideas “viejas” y fracasadas, dirían los panistas—; y políticamente, observan la inminente restauración de la autocracia, el partido hegemónico y los peores vicios corporativistas.

En la mirada de la intelectualidad política de Morena, su triunfo alimenta el relato del arribo a la era republicana y el cierre de un círculo abierto por las elecciones presidenciales de 1988, en el que la rebelión cívica en las urnas habría sido contenida, incluso derrotada, por el fraude electoral. Desde tal mirada, el panorama optimista y de progreso muestra una agenda de cambios históricos, nucleada en torno a la separación de las esferas de la economía y la política (fin de la plutocracia), el combate frontal a la pobreza y las desigualdades sociales, y la austeridad republicana.

Preguntarse quién tiene la razón o, más aún, cuál es de ambas versiones es la verdadera, en tanto que capta o se corresponde con la Realidad nacional (así con mayúscula), es tarea vana. Ambas versiones de la realidad nacional son igualmente “reales” (así con minúsculas), en el sentido preciso de que cuentan con sus respectivos auditorios de creyentes y, por extensión, de propagadores proactivos. Si alguna duda hay al respecto, se disipa con un recorrido pronto a las redes sociales.

En medio de narrativas tan contradictorias como las que hoy vemos, los intelectuales trasnochados se empecinan en entenderlas como un problema de desacuerdo entre las meras percepciones de los legos (las masas irascibles e ignorantes que votaron con el hígado por AMLO) y los saberes de los expertos (los pocos preparados en el rigor de la metodología científica).

Más consistente con el fluir de eso que llamamos “realidad” resultan las perspectivas del constructivismo radical, según las cuales los agentes sociales comunes y corrientes (legos) son competentes —sociólogos prácticos, diría Bourdieu— para (re) producir la realidad, bajo sus propios entenderes. Lo cual sucede con independencia de la opinión y los juicios de los expertos, cuya tarea se reduce a intentar describir la realidad social, una vez que sus elaboradores la han hecho brotar.

Si alguna duda hay al respecto, basta con hacerse cargo de lo obvio: más de 30 millones de votos son prueba irrefutable del advenimiento de una “realidad” inédita, que escapó al cálculo de los especialistas más avezados en la observación de la vida política.

Para este inmenso y apabullante segmento de la población electoralmente activa, la realidad del sexenio de EPN, y muy probablemente la realidad de los 30 largos años de la transición y la alternancia pri-panista, se tejió con las observaciones de las peores prácticas de corrupción de la clase política y los contubernios con el gran empresariado y el crimen organizado.

Mala empresa para EPN su solicitud de que su sexenio sea evaluado con sus “datos duros” de la macroeconomía, la generación de empleos, la disminución de la pobreza, la creación de escuelas de tiempo completo y el grueso número de maestros contratados o promovidos mediante concursos públicos de selección. Si se dan por buenos los sondeos recientes, sólo dos de cada diez mexicanos aprueba su gestión.

Por desgracia, su sexenio está por terminar y EPN no logró entender que las percepciones suscritas mayoritariamente terminaron por construir una “realidad” nacional mucho más vigorosa que la supuesta “realidad” experta, asentada en sus “datos duros”.

Síntomas inequívocos de que EPN nunca entendió la dimensión mágica de la elaboración social de la realidad son su último y fallido intento de hacer que “lo bueno de su sexenio siguiera contando”, así como la presencia, como invitado distinguido, en la ceremonia del sexto informe de gobierno del dueño formal de la “Casa Blanca de las Lomas”, Jorge Armando Hinojosa Cantú (Grupo HIGA).

Detrás de las versiones encontradas de la realidad del sexenio brilla con luz propia la ausencia de vasos comunicantes entre ambos públicos-creyentes. He aquí uno de los síntomas más claros de la polarización progresiva que hoy vivimos y, a la vez, de uno de los mayores riesgos de frustración y encono en el corto y el mediano plazos.

Quizás sea tiempo de tomar con seriedad el regreso al presidencialismo autocrático o la pervivencia del status quo de la corrupción y la desigualdad como profecías que pueden auto-cumplirse. De ahí que no esté de más recordar el insight de Shakespeare de que la realidad es la materia de la que están hechos los sueños. Al tiempo.

*Analista político

Presidente del Centro de Investigación Internacional del Trabajo, A.C.

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