Lo único que puede salvar a Donald Trump de pasar por la decimoquinta enmienda de la Constitución de la Unión Americana es otro atentado similar, o al menos, de la misma envergadura que los hechos funestos del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York.

Con la rebelión oculta al interior de su gobierno y por supuesto de un partido como el Republicano que no sabe cómo sacudirse al presidente Trump calificado como “loco” por varios republicanos y sobre todo por muchos de los expulsados de las filas cercanas de su gabinete, se viven las horas más turbulentas en un período cortísimo de tiempo que no tiene parangón alguno en Estados Unidos.

A lo largo de estos días que he recordado los previos a los atentados y todo cuanto sucedió en su momento y la reacción norteamericana, si hay algo en lo que concordamos es que, desde entonces, la aldea global no volvió a ser la misma. Fue un parteaguas.

Todo tipo de tesis se han dado en derredor: si fue un autoatentado o en efecto, la audacia de Al Qaeda y qué tanto la mano de la CIA está detrás; cuando yo escribí “La Política del Miedo” mis primeras páginas iniciaron justo el lunes 11 de septiembre de 2001 cuando media humanidad nos convertimos en testigos mediáticos de los avionazos en las Torres Gemelas y sus posteriores desplomes.

Todavía recuerdo los ojos hipnotizados en la pantalla, el miedo en el cuerpo temblando en boca de la incertidumbre, me preguntaba si estaba atestiguando otro Pearl Harbor… el meollo es que no sabíamos quién era el enemigo invisible.

Hubo tantas hipótesis y versiones de conspiración: que si los judíos no fueron a trabajar, que si la CIA, que si George W. Bush estaba avisadísimo y por eso estaba en Florida aquella mañana maldita del 11 de septiembre de 2001… hace 17 años.

En realidad, en este oscuro caso, han habido muchas mentiras y muy seguramente demoraremos años en saber la verdad… yo escribí mi primer libro basado en documentos de análisis de la CIA y en el testimonio directo de un ex agente de la CIA que, por cierto estuvo en el incidente del submarino ruso que dio origen a  un libro y posterior película: “La caza del octubre rojo”; él, ahora ya fallecido, me facilitó los documentos en los que menciono que Estados Unidos en 2001, avizoraba que después de 2015 entraría  en conflicto con Corea del Norte, China y hasta habría una posible guerra con Irán.

Quizá lo que más me sorprendió de mi investigación fue desmontar la primera mentira: no hubo judíos ese día trabajando en las Torres Gemelas porque “alguien les avisó” … pues resulta que sí había judíos.

De hecho contacté a un superviviente: Russell Moskowitz, él trabajaba en la Torre Sur en el piso 79 para el Fuji Bank, en mi libro narro su odisea para llegar vivo abajo y salir ileso.

 

A COLACIÓN

También contacté a uno de los ingenieros de las torres que participó directamente en la construcción de ambas moles: los terroristas malévolos que estrellaron ambos aviones, cada uno en las respectivas torres, sabían bien que había que atacar el núcleo de ambas para derribarlas; jugaron entonces con la energía cinética entre masa, volumen y velocidad.

Al final, “la combustión de 90 mil litros de queroseno vertidos por cada avión hirviendo a 800 grados centígrados venció la resistencia” dejándonos a todos mudos en medio de su derrumbe con miles de víctimas inocentes cuyas vidas fueron arrancadas de cuajo.

Ha sido un punto de inflexión para el terrorismo, nada se puede comparar, y digerirlo atraganta cuanto más porque fue perpetrado por personas de Arabia Saudita, un país aliado tradicional de Estados Unidos.

Un país, al que la alianza de la OTAN convocada por el mandatario Bush no bombardeó, porque fue por un chivo expiatorio más débil como Afganistán porque se dijo, era guarida de Usama Bin Laden y otros cerebros del 11-s.

Hace unos años salió a la luz la entrevista que le hicieron entonces al presidente ruso Vladimir Putin, él habló unas horas antes con Bush para alertarle que “se estaba preparando un gran atentado terrorista contra la nación americana”.

Obviamente a Putin le interesaba dejar en claro que Rusia no tenía nada que ver, esa llamada ya confirmada por medios oficiales, sucedió minutos después del asesinato de Ahmad Shah Masu, líder de la Alianza del Norte, en Afganistán; lo mataron dos falsos reporteros el 9 de septiembre de 2001 llevaban una bomba oculta en la cámara.

Putin cogió el teléfono al poco, le dijo a Bush que tenía información que era el principio de una gran escalada terrorista que cambiaría el curso de la historia. Y así fue… hoy a Trump un hecho similar le dejaría en la Casa Blanca.

 

 

Directora de Conexión Hispanoamérica, economista experta en periodismo económico y escritora de temas internacionales

 

@claudialunapale

 

 

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