Hoy, en Salzburgo, los líderes europeos llevarán a cabo una cita importantísima pre-Brexit reunidos con la primera ministra británica Theresa May, reevaluarán el contexto de la ruptura final a la que le quedan: 191 días de plazo para consumarse totalmente.

Este no es un divorcio cualquiera, siendo además inédito en la historia de la unificación de la Unión Europea (UE) apenas el año pasado celebró su sesenta cumpleaños de creación y ya muchos agoreros, fundamentalmente eurófobos, euroescépticos y ultranacionalistas la quieren dar por muerta.

Hay quienes advierten de que la salida de la segunda economía de la UE podría significar el inicio de la escalada de otros países que también quisieran deshacerse de sus lazos integradores que les obligan a tener tanto derechos como obligaciones en respeto de sus demás socios comunitarios.

Otros creen que la UE aprenderá de la fuga británica de su club y terminará siendo más fuerte de lo que es cuando finalmente concluya con una larga serie de reformas inacabadas y muchos otros pendientes para lograr una sólida pangea económica, política, financiera y militar deseada por sus defensores.

Sea como sea su mayor éxito -hasta ahora- es traer paz al continente, uno que ya vio dos guerras mundiales devastadoras y no hace mucho atestiguó la Guerra de los Balcanes.

El gran dilema actual es cómo dejar ir a Reino Unido con el menor costo de oportunidad posible y con los menores daños colaterales… además cómo dejarlo ir sin despecho, sin oprobio y sin ganas de venganza.

El lunes pasado, Christine Lagarde, directora Gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI) insinuó en Londres una visible recesión para los británicos si “se van de la UE sin un acuerdo” o bien negocian “un mal acuerdo con los europeos”.

La catástrofe llegaría de la mano de una caída de la libra esterlina, una reducción de la oferta, un aumento significativo de la deuda soberana, un alza del déficit, una contracción del PIB y un adelgazamiento del tamaño de la economía británica.

Eso, en el aspecto macroeconómico, porque las consecuencias en la microeconomía (personas, familias y empresas) se teme provoquen recortes en los servicios públicos, con un inevitable encarecimiento de los mismos.

Incluso se avizora una contracción en el precio de la propiedad privada de las viviendas, una escasez de medicamentos en farmacias y hospitales, al menos de un semestre, en lo que el mercado británico reajusta sus relaciones comerciales con el resto de los países europeos.

También un encarecimiento en las transacciones financieras, problemas en el cobro de las pensiones por parte de ciudadanos británicos que viven retirados en diversas ciudades europeas… vamos un lío.

 

A COLACIÓN

La voz de Lagarde en la City ha sonado como de ultratumba, como la del espectro que está viendo el colapso, por eso es que el FMI pidió mesura, cordura y ante todo “salvaguardar la estabilidad financiera y monetaria”.

Y todos debemos desearlo porque en un mundo globalizado la especulación en una moneda fuerte se vuelve una sangría para las monedas de los países emergentes.

Estas son las horas más difíciles y medulares entre el Reino Unido y la UE, y lo son igualmente para la premier May que podría caer en cualquier momento acechada por el núcleo político duro que quiere cercenar prácticamente todo vínculo con la UE; destetarse de Bruselas, simplemente lanzarse al vacío.

Resta ver qué hace la gente, los ingleses, si apoyan vehementemente al alcalde londinense Sadiq Khan: el político laborista está presionando porque se lleve a cabo un segundo referéndum acerca del Brexit. ¡Sería un milagro!

 

Directora de Conexión Hispanoamérica, economista experta en periodismo económico y escritora de temas internacionales

@claudialunapale

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