Lo que hoy muere en México, hay que decirlo con todas sus letras, es un régimen diseñado para la expoliación de la riqueza nacional y el enriquecimiento de una minoría. Sus sellos emblemáticos fueron la corrupción y la impunidad; sus resultados más visibles, en cambio, fueron la pobreza y la inseguridad. Lo que hoy se va es un régimen que marginó a las mayorías de todo cuanto pudo, hasta casi expropiarles de lo último que puede perderse: la esperanza de un México mejor.

De lo que hoy nos despedimos es del país de unos cuantos que, al amparo del poder político, amasaron enormes fortunas, mientras miraban por encima del hombro a los damnificados por su opulencia.

A lo que hoy le decimos adiós es al paraíso de las instituciones formalmente públicas, que prohijaron la burocracia dorada (consejeros, comisionados, magistrados, ministros), amante de las canonjías y negada a los reclamos éticos de la justicia y la solidaridad comunitarias, y siempre dispuesta a atender los designios de sus patrocinadores, los líderes de la partidocracia.

Suena fuerte decirlo, pero el régimen que hoy muere no lo hace precisamente por déficit de gobernabilidad, aunque de eso haya mucho, sino porque en ese trasfondo, frente al estupor y la ignorancia de la clase política y la burocracia dorada, creció y recrudeció una severa crisis moral.

Sobre el particular se dice mucho menos de lo indispensable, pero las señales estaban ahí bastante claras desde hace años: el menosprecio a la política partidaria y la desconfianza a las instituciones.

El punto es que los políticos y los burócratas, como en general los beneficiarios de las prácticas plutocráticas, se convirtieron en el referente del punto de vista moral típico de las nuevas generaciones; y, como sabemos, reprobaron el examen.

Por eso, y con muchas razones, puede sostenerse que lo que hoy muere es un régimen moralmente paupérrimo, y que lo hace a manos de quienes vindican una visión de país cualitativamente diferente.

Los derrotados, a ojos vistas, no terminan por entender cómo fue posible que el tren de la historia los arrollara. Andrés Manuel dista mucho de ser el arquitecto de la debacle del régimen que hoy muere, ni mucho menos de la polaridad que se le achaca.

A fuerza de seriedad, es tiempo de reconocer que, a lo sumo, se trata de su enterrador.

El régimen que hoy fenece, nunca se insistirá de más, lo hace como víctima de sus éxitos excesivos: la corrupción y la impunidad, que son las causas estructurales de las desigualdades brutales y la polarización, que no es sino su traducción cultural en el espacio mexicano.

Como todas las muertes, no faltan quienes las padecen nostálgicamente, amparados en la narrativa del tiempo pasado fue mejor. Se hacen fácilmente reconocibles en su exigencia infantil de perfección extrema del régimen naciente, para concederle reconocimiento, tras el inconfesado deseo de que venga la debacle que impulse la restauración del viejo régimen.

Desde luego, son mayoría quienes aplauden los vientos del cambio que se simbolizan en la orientación del presupuesto público, la apertura pública de Los Pinos, la disminución de los altos sueldos y las canonjías.

Es demasiado pronto para saber hacia qué lado se inclinará la balanza de la historia, pero es claro que los damnificados materiales y simbólicos de la muerte del viejo régimen aún blanden sus armas de la amargura; y, sin rigor y sin recato, careciendo de las evidencias mínimas, responsabilizan al líder de la Cuarta Transformación por los coletazos de lo que hoy muere.

Con el desprecio e incomprensión característicos, se desentienden de la tragedia y el dolor humano, y sin empacho se valen de la muerte de la gobernadora de Puebla, Martha Erika Alonso, y de su esposo, el senador Rafael Moreno Valle, para abonar en la polarización.

Por eso, ahora que cierra el 2018 se torna imprescindible hacerse cargo de que es tiempo de cerrar un ciclo de 30 años de frustraciones y sueños incumplidos. Es tiempo de cerrar círculos y aprender las lecciones.

El desafío hoy estriba en tratar con grandeza y entereza los resabios de lo viejo, sobre todo a la hora de gestionar las mayorías en los poderes públicos federales y locales, así como de lidiar con las disonancias internas.

Las generaciones de hoy estamos en medio del alumbramiento de una nueva era. Personalmente, como miembro de una generación que albergó los temores de no experimentar la alternancia política, mucho menos la democracia electoral, ni el punto final a la partidocracia, me siento afortunado.

Por eso, desde la emoción que me embarga por las posibilidades de un país distinto, saludo la Navidad y el Año Nuevo, y expreso a todos mis mejores deseos porque la visión de una nueva era de mayor justicia, bienestar y democracia muy pronto se traduzca en una patria próspera y generosa con todos nosotros.

Finalmente, mis más sentidas condolencias a los deudos, colaboradores y afectos cercanos a Rafael Moreno Valle y Martha Erika, entre quienes tengo entrañables amigos.

*Analista Político

*Presidente del Centro de Investigación Internacional del Trabajo

 

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