Este año que ya se va comenzó con optimismo en las perspectivas de la economía global, y sin embargo, cierra hoy con un mal sabor de boca: se le ha dado la vuelta a los buenos augurios.

De la sonrisa esperanzadora de arranque de 2018, en corto tiempo, se pasó a una mueca de sorpresa y estupor por la absurda e innecesaria guerra comercial, expresión de la nueva política proteccionista estadounidense.

Los topes arancelarios ad valorem de Estados Unidos que gravan con el 10% a las importaciones de aluminio y con el 25% al acero se convirtieron en un bocajarro de agua fría. A día de hoy nuestros exportadores de acero y de aluminio siguen padeciendo sus efectos negativos.

El anuncio realizado el jueves 1 de marzo provocó bastante malestar internacional, entre fuego cruzado, de responderle a la Unión Americana con medidas confeccionadas con la misma magnitud. Ojo por ojo y diente por diente.

Casi a continuación la Casa Blanca dio a conocer la elevación de un 25% en los aranceles de 1 mil 300 productos Made in China por un valor de 50 mil millones de dólares, bajo la justificación de prácticas de comercio desleal y robo de la propiedad intelectual.

El propio FMI advirtió entonces que cualquier aumento de las barreras al comercio y la realineación regulatoria afectarían negativamente la inversión internacional y reducirían la eficiencia de la producción, arrastrando a la baja el crecimiento potencial en las economías avanzadas, emergentes y en desarrollo.

Y no se equivocó: este año el crecimiento mundial se vio afectado por las políticas proteccionistas de Washington, y no descartamos que en 2019 sigan siendo relevantes.

La propia Christine Lagarde, directora gerente del FMI, advirtió enfática que una guerra comercial inesperada e innecesaria podría terminar lastrando el dinamismo del intercambio global y además de restarle competitividad, dificultaría la generación de la riqueza en detrimento del PIB.

Claro porque China respondió igualmente gravando productos estadounidenses agropecuarios con aranceles de entre el 15% al 25% por un valor de 3 mil millones de dólares; y en una segunda escalada, Pekín decidió ampliar el gravamen importador del 25% a 106 productos estadounidenses hasta sumar los 50 mil millones de dólares.

Trump no se quedó cruzado de brazos porque el jueves 5 de abril giró instrucciones a sus respectivos asesores comerciales para que, en corto plazo, incrementasen las tasas arancelarias a los productos chinos hasta completar los 100 mil millones de dólares en gravámenes. Y no paró allí: 2018 termina con aranceles por 250 mil millones de dólares contra un centenar de productos chinos.

El gobierno del presidente chino, Xi Jinping, presentó una queja oficial ante la Organización Mundial del Comercio (OMC) de la que es miembro desde el 11 de diciembre de 2001.

Pero también Canadá, la Unión Europea, México y otra ristra de países presentaron sus respectivas quejas y controversias en el seno de la OMC esperando que el organismo internacional pueda servir de interlocutor con la Unión Americana.

A COLACIÓN

Este año que se ya se va ha sido el de la intolerancia, la sinrazón, la falta de acuerdos y eso es peligroso en un momento delicado en el que unos intentan evitar el desplome del multilateralismo y otros se aferran en dilapidarlo.

También hemos visto una serie de maniobras chinas para contrarrestar los efectos de la guerra comercial, y eso implica llevarla al terreno cambiario e inclusive al de la deuda.

No habrá final feliz. ¿Qué armas tiene China para asfixiar la política proteccionista de Trump? Primeramente, Estados Unidos es la principal economía deudora del orbe, y China es su principal acreedor.

¿Qué significa? Que puede presionar vía la compra de deuda, la economía norteamericana necesita financiarse, ¿qué pasaría si el gobierno de Xi Jinping empieza a vender sus bonos del Tesoro? Una nueva crisis.

Directora de Conexión Hispanoamérica, economista experta en periodismo económico y escritora de temas internacionales