Para las mujeres totonacas el día comienza antes de que salga el sol: atienden primero a su familia y hacen el desayuno, limpian su casa y después inician sus labores.

Cuando regresan al hogar no se acuestan ni se sientan, prenden la lumbre, echan tortillas y preparan la cena para que su familia se vaya a descansar pues el día ya se fue.

María Antonia y Marisa Delgado despiertan muy temprano porque tienen “una labor que cumplir todos los días”, tanto con su familia como con sus alumnos y profesores, y abuelos del Kantiyan, respectivamente.

María Antonia, de 38 años, está casada con Juan Morales García y tiene dos hijos. A los cuatro años comenzó a trabajar en la milpa y su amor por las semillas es tal que actualmente es la encargada de su cuidado y preservación en la Casa de la Madre Tierra del Centro de las Artes Indígenas.

Sus padres no le permitieron estudiar, sin embargo, ella siempre ha querido conocer más, por lo que acude a una escuela para terminar la primaria.

Soy una mujer trabajadora, no me gusta levantarme tarde, me paro a las cuatro de la mañana para tener mi conserva, mi exposición aquí (en el Centro de las Artes Indígenas), mi escuela, tengo que dejar limpia mi casa y cocina, los trastes, y sacar mis camotes y semilla, no tengo carro, tengo que alzar mis bolsas para llegar a la escuela”, compartió.

 “A veces lloro porque no conozco muchas letras, antes los papás no te dejaban estudiar, cuando tienes 14 años te dicen ‘ahí está tu metate, esa es tu escuela, es lo que vas aprender’, pero nunca es tarde para aprender, me dijo una maestra, y ahorita estoy estudiando para terminar mi primaria”.

“No me voy a quedar atrás, tengo que luchar por mí y me gustaría aprender más. Yo lloraba porque no podía ni escribir la ‘A’ y ahorita ya puedo y me siento orgullosa y ahí voy, se me están dando las ideas más cada día y me siento orgullosa”.

Su motor es el amor por su familia, por sus hijos, por el aprendizaje y por las semillas, lo que le permite cumplir diariamente con su rutina sin muestra de cansancio.

Me gusta trabajar y escarbar al sol, agarro mi machete y busco en el bosque mis semillas. Me siento muy orgullosa que vengan a esta casa. Lo que hacemos es enseñar a los alumnos cómo rescatar la semilla, a buscarla, tiene un proceso, hay que cuidarla”.

En Casa de la Madre Tierra los estudiantes aprenden a sembrar jitomate, jamaica, anís, hierbabuena, cilantro y tomate verde, así como a hacer pulseras, collares y aretes.

Me siento orgullosa, tenemos muchos alumnos que quieren aprender. Le doy muchas gracias a Dios, antes éramos muy pocos y ahorita ya han venido muchos. Tenemos como 25 alumnos”, dijo.

En tanto Marisa Delgado, de 47 años, no sólo vela por su familia conformada por su esposo y tres hijos: un varón y dos mujeres, sino también es responsable del cuidado y la alimentación de los abuelos del Kantiyan.

Acompaño a que tengan una buena alimentación como mujer totonaca y maestra de cocina tradicional que me formé en mi comunidad”, indicó.

La vida diaria de nosotros es en el campo, hay que levantarse temprano, dejar el desayuno de la familia porque tenemos una labor que cumplir con los abuelos todos los días y también con la familia, que esté completa con los alimentos para que estén sanos, los mantenemos sanos de corazón, del alma y como personas grandes necesitan una alimentación sana”.

El cuidado por los demás nació desde que era pequeña, toda vez que no tuvo papá y su madre debía salir a trabajar para que pudieran comer. Ella se quedaba con sus hermanitos, “somos tres, yo era la mayor. Lo único que sabía hacer era huevos revueltos y un frijolito hervido con un poco de aceite”.

“A veces no teníamos que comer y me iba con los vecinos a lavar trastes, a barrer, el chiste es que no padeciéramos de comida. Esa fue mi niñez. A los 12 años me fui a vivir con mis padrinos, yo hacía de comer y dejaba el lunch a la gente que trabajaba ahí. Digo yo que la cocina tradicional se me impregnó durante la niñez”.

Ambas, coinciden, tuvieron una infancia feliz y triste a la vez sobre todo por el hecho de ser mujeres, algo que resultaba muy difícil en una comunidad. “Dicen que los hombres son diferentes”, señala María Antonia.

A los varones hay que lavarles, ponerles su agua, su alimento, así están ellos acostumbrados. Los domingos, cuando me venía a Papantla a la escuela, tenía que dejar planchada y lavada la ropa a mis hermanitos de pila, dejaba todo arreglado en casa para yo poder salir”, dijo, por su parte, Marisa.

Agregó que “antes la mujer no tenía los mismos derechos, tenía que estar en casa encerrada, no tenía derecho a opinar, estaba todo el día en la cocina, el varón no te levantaba antes ni un plato, tenía que ser la mujer la que le ponía el baño, la comida las tortillas calientes y el hombre se dedicaba al campo”.

Pese a ello son conscientes de la importancia de ser una buena mujer en casa. “Es muy importante una mujer en una casa, en una comunidad, debe tener una buena trayectoria para ser una buena mujer, tiene que estar en casa, ser buena madre y formar bien a los hijos”.

Afortunadamente los tiempos han cambiado y las hijas de ambas estudian en la actualidad. “Hoy en día mi hijo gracias a Dios trabaja en el campo con su papá y mis dos hijas estudian, una la universidad y la otra la preparatoria”, compartió Delgado.

Mi hija está estudiando, lo que yo no pude, ella está estudiando en la universidad“, externó orgullosa la maestra María Antonia.