Circular por diversas vialidades citadinas no únicamente es transitar por calles en mal estado, sino que además es necesario pasar por un número cada vez mayor de topes o reductores de velocidad, muchos de ellos colocados sin ton ni son y con una diversidad de formas, dimensiones y alturas que dan cuenta por sí mismas de su origen diverso: instancias federales, estatales, municipales, incluso de ciudadanos con ánimo de lidiar con la problemática vial. Esto sin contar la ausencia de una normatividad adecuada, pero en sí misma innecesaria debido a que la colocación de topes en calles y avenidas, en el mediano y largo plazos, genera más problemas de los que resuelve. Veamos por qué:

De acuerdo con un estudio elaborado en el Centro de Ciencias de la Atmósfera de la UNAM, la colocación de topes induce un mayor consumo de combustible, debido al proceso sucesivo de frenar y acelerar. Mayor consumo de combustible, a su vez, se asocia con un aumento en el volumen de emisiones de gases contaminantes, tales como el dióxido de carbono, así como de partículas suspendidas.

Esto por sí mismo tiene un impacto ambiental en términos de contaminación del aire y se vincula con el calentamiento global. Además, tiene efectos nocivos en la salud humana, particularmente en lo que toca a la emisión de las partículas “finas” (2.5 micras de diámetro y más pequeñas), que se producen por todo tipo de combustiones, incluidos los automotores, y se alojan con facilidad en los pulmones.

Entre los problemas de salud relacionados se encuentran la muerte prematura en personas con enfermedad cardíaca o pulmonar, ataques cardíacos no mortales, agravamiento del asma y, disminución de la función pulmonar incluso en personas sanas. Su uso indiscriminado, por otro lado, también vincula con lesiones en la espalda ocasionadas por los constantes cambios de altura y la brusquedad de los saltos, afectando sobre todo a personas mayores o con discapacidad.

Otro efecto negativo del uso de topes tiene que ver con la vida útil de los vehículos, específicamente con las partes mecánicas vinculadas con el rodamiento, es decir, suspensión, llantas y balatas, pues implica períodos de mantenimiento, cambio o reparación más cortos. Lo que al igual que consumos más elevados combustible afecta la economía de las familias. De acuerdo con el estudio mencionado, por cada tope un vehículo llega a consumir hasta diez mililitros más de combustible, de modo tal que en un recorrido donde se cruzan diez topes por día, se podrían consumir hasta 36.5 litros más de gasolina al año.

Si multiplicamos lo anterior por todos los vehículos en circulación, sin duda se trata de un problema de movilidad urbana que debe atenderse bajo las premisas del desarrollo sustentable. Con tal fin se han desarrollado “topes inteligentes”. Tal es el caso de Ciudad de México donde se han instalado dispositivos que detectan la velocidad a la que circulan los vehículos. Otro, patentado en España, funciona por impacto, también en función de la velocidad a la circulan los automotores.

En el caso de ciudades más pequeñas, generalizar la instalación de este tipo de dispositivos se antoja lejano por no decir imposible, particularmente dadas las restricciones presupuestales de los ayuntamientos. Por ello, una estrategia de política pública más viable, con mayor fondo que los propios topes inteligentes, es atacar la raíz del problema reforzando los programas de educación vial que hayan sido puestos en práctica, así como fortalecer las medidas de prevención y vigilancia en tránsito vialidad.

 

Doctor Ignacio César Cruz Islas

Investigador de El Colegio del Estado de Hidalgo

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