Desde el 2 de Febrero, cada habitante de una de las ciudades más importantes de Sudáfrica, Ciudad de Cabo recibirá sólo 50 litros de agua por día. Es una medida drástica que intenta impedir la llegada del temido “Día Cero”, el día en que ninguna gota de agua salga de las llaves. Si ese día llega, los más de cuatro millones de habitantes deberán hacer cola para recibir una ración de agua potable procedente de camiones custodiados por personal armado. Si no llegan las esperadas lluvias, esto puede ocurrir en los próximos meses.

El aumento de la población de Ciudad del Cabo, que prácticamente se duplicó en los últimos veinte años, unido a una intensa y prolongada sequía, y a la imprevisión de las autoridades, está desatando una de las crisis urbanas del agua más graves de la historia. Los proyectos de construcción de plantas desalinizadoras del agua de mar, así como los sistemas de reciclado de agua y la perforación de pozos, no están aún concluidos.

La preocupación de las autoridades, si llega el temido momento en que no se pueda suministrar agua por la red, es cómo asegurar el acceso a un abastecimiento mínimo de agua a la población de manera ordenada. Se están preparando unos 200 puntos de abastecimiento en distintas partes de la ciudad y se está hablando de almacenar agua en instalaciones militares. Se están patrullando algunas vertientes naturales donde ya se han producido peleas por el agua, y por supuesto, ya ha surgido un “mercado negro” de agua embotellada a altos precios. Si no llueve en abundancia en los próximos meses, a mediados de Abril llegaría el temido “Día Cero”. Para hacernos una idea de lo que ello implicaría, hay que pensar que nadie se podría duchar, lavar la ropa sería muy difícil, ni soñar con regar un jardín o lavar un carro. El cambio social que impulsaría esta situación sería de enormes dimensiones. Quizás películas de ciencia ficción como “Mad Max” se vean entonces como premonitorias.

Hace años una crisis de esta magnitud hubiera resultado inconcebible, pero el aumento de la población urbana, el cambio climático y la ceguera de las clases dirigentes, la han hecho posible. Hace poco más de tres años estuvo a punto de concretarse en la populosa ciudad de San Pablo en Brasil, como ya se comentó en esta columna (“San Pablo sin agua”, 11/12/2014).

El rumbo que las grandes empresas han impuesto al mundo es un rumbo suicida. Si no se cambia, y todo hace presumir que eso no ocurrirá, tendremos que vivir en un mundo cada vez más contaminado, más inseguro y donde muchos deberemos luchar por conseguir los recursos básicos, lo que regresaría a la mayoría a épocas que se suponía superadas. Los que crearon este desastre seguramente se protegerán de sus consecuencias.

 

✉ costiglia@yahoo.com

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