De unos meses a la fecha los que tenemos la fortuna de estudiar el fenómeno político hemos echado mano de infinidad de instrumentos para explicar la realidad nacional. Actualmente, por fortuna, existen herramientas sofisticadas que dan pauta para hacer escenarios políticos muy finos y detallados; pero en un país como México, nunca estará de más esperar algo fuera de toda explicación lógica.

Lo más recurrente en estos días es la pregunta ¿Quién crees que va a ganar las elecciones presidenciales? La respuesta, a razón de las encuestas que se vienen haciendo desde más de un año, no debería dejar margen a la duda. Se perfila un claro favorito por amplio margen según la mayoría de los estudios. Pero aun así, la cuestión no es ociosa. En el fondo existe una sospecha – fundada o infundada –  de la posibilidad de alterar los resultados de la elección presidencial.

El fantasma del fraude – por gracia o por desgracia – sigue merodeando en la mente de algunos mexicanos que vivieron en carne propia el lado obscuro del sistema y su increíble capacidad para  alterar la realidad.

Ahora, sin embargo, es más complejo tratar de construir una narrativa distinta a la que millones de mexicanos perciben. Para tal efecto, la plaza pública suele ser el mejor termómetro para conocer el pulso social. Ahí las personas se explayan y hacen juicios a plenitud. Esa medición no tiene nada de ver con los instrumentos sofisticados que mencioné al principio. Pero aun así sirven como parámetro.

De tal manera, recapitulando, la sospecha que tienen las personas sobre ¿quién ganará las elecciones? Debería ser resuelta de un plumazo. En un sistema democrático gana las elecciones el que tenga más votos. Así de sencillo. Pero insisto, en este país tenemos todavía dudas sobre los resultados electorales.

De la duda inicial, por tanto, podemos desprender dos escenarios más que también están llenos de prejuicios. Hay quién ahora dice: va a ganar Andrés Manuel López Obrador la elección presidencial pero no lo van a dejar. Algo va a pasar en los últimos días que cambiará el escenario electoral de manera drástica. Más aun, hay algunos aventurados que aseguran que en la antesala de la jornada electoral algo inesperado inclinará la balanza al candidato del PRI, José Antonio Meade.

Los argumentos para explicar tan alterado embrollo son que en este país se ha vivido de todo y que el sistema cuenta con las suficientes estrategias que puede plantear un mundo paralelo al que la mayoría de los mexicanos podemos ver.

Esas son especulaciones que no caben en un momento como el que estamos viviendo. Entiendo muy bien las dudas, sospechas y teorías del complot que podemos elaborar desde lo más imaginativo de nuestras conciencias. Pero atrás de todos estos miedos se impone una realidad cruda y ruda. El ambiente social no está para jugar con la voluntad de las personas.

Existe un descontento generalizado con la forma en que se ha gobernado este país al menos en los últimos seis años. Tratar de cambiar esta narrativa es un juego muy peligroso. Incluso yo diría imposible teniendo en cuenta los medios informativos que tenemos.

Más allá de los posibles escenarios alternos vale la pena decir fuerte y alto que lo que ocurre en política es producto de una inercia histórica que se construye día a día. Que se modifica en la medida en que los ciudadanos así lo deciden a través de los mecanismos que tenemos. Principalmente, el voto. Así que lo prudente, lo único que debemos hacer con fervor es desechar esas especulaciones (canto de las sirenas) y salir a votar con convicción el próximo 01 de julio.

 

 

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