Ciertamente México se encuentra en un proceso de transición en lo que se refiere a los relevos gubernamentales a nivel federal, estatal y municipal que están en proceso, así como como a los congresos y asambleas correspondientes en los referidos ámbitos, por lo que es prudente, preciso y conveniente que tanto los grupos que concluyen sus mandatos como los que ingresan para sustituirlos en los cargos no actúen como si se tratara de un cogobierno o como si el presente periodo de transición fuera una extensión de las campañas políticas y los protagonistas se halla inmersos en la contienda electoral.

Cuando digo inmersos me refiero a que algunos militantes de diversos partidos mantienen la actitud de candidatos que van en pos del cargo, del puesto o del poder que se supone obtendrán tras obtener el triunfo.

Ya concluyó el periodo de proselitismo de la contienda  y ya llegaron a su fin las elecciones, por lo que ahora los grupos triunfantes  y los perdedores deben enterrar las armas, hacer el recuento de las bajas y sepultar a sus muertos.

Sabemos que el término de transición hace referencia a un proceso de cambio mediante el cual un régimen preexistente (político y/o económico) es reemplazado por otro, lo que implica la sustitución de  valores, normas, reglas de juego e instituciones asociadas a éste por diferentes aplicaciones del mismo tenor.

Si bien los resultados de la elección presidencial no dejan duda de quién  fue el ganador, dado que antes de que la autoridad electoral lo diera a conocer sus dos principales contrincantes (José Antonio Meade y Ricardo Anaya) se adelantaron al reconocer el triunfo de Andrés Manuel López Obrador al asegurar que la votación no les  favoreció.

A escasos días para que se cumpla el primer mes de la realización de las votaciones y cuando aún faltan cuatro meses para que asuman en pleno el próximo gobierno federal, actores políticos de diversas ideologías y partidos mantienen una actitud de pugna permanente contra las instituciones utilizando recursos que más bien corresponden no a la oposición política sino a la lucha social sin representación política.

El proceso electoral que todavía estamos viviendo ha sido muy largo, y el periodo de proselitismo también lo fue, de tal suerte que la sociedad merece descansar de ataques y reclamos mediáticos.

Para plantear  las diferencias y discrepancias existen  foros e instancias adecuadas de las que hay que hacer uso para que a las inconformidades no se las lleve el viento, y si son válidas, encuentren una vía de deshago.

Los dos grupos, el que se va y el que viene, tienen la responsabilidad de abonar lo que les correspondan para  fortalecer la democracia, por ello es preciso que exista un pleno  entendimiento entre las partes y una comunicación expedita y no patadas debajo de la mesa ni acusaciones sin sustento, aunque los hechos pudieran ser ciertos.

La transición que estamos viviendo debe ser cordial, tersa, inteligente y clara, por lo que las autoridades del gobierno federal que asumió 1 de diciembre de 2012 y los miembros de la administración que iniciará funciones el 1 de diciembre de 2018 tienen en puerta el desafío de lograr el paso a la siguiente etapa de la mejor manera posible, para que el próximo gobierno encuentre los menos obstáculos posibles y con ello la sociedad pueda recibir la atención que espera.

 

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