Rescató, su perdición.

Colapsó ese día, después de muchos años de recoger animales.

El peso de sus penas fue mayor que el de “salvar vidas”.

Comenzó con uno y terminó con más de sesenta canes, todos hacinados en su casita de interés social.

Su nombre es lo de menos, porque ya no está para nombrarla.

Tenía algunos días solicitando ayuda a sus colegas protectoras, pues ya no podía con tanto perro; en sus mensajes se leía cierto desvarío; su escritura no era fluida, pero como pasa en estos casos, nadie dijo ni hizo nada; los detalles siempre se convierten en ingredientes sabrosos de las pláticas post mortem.

Ella era sola, mucho más sola que los callejeros que recogía, por ello buscaba en el prodigar amor a estos “desvalidos”, el cariño que requería para sí y que nunca supo pedir (Proflexión en Psicoterapia Gestalt), porque la ayuda psicoterapéutica es lo último a lo que recurre una rescatista ya inmersa en el Síndrome de Noé o TOC (variante del Síndrome de Diógenes, que es la acumulación de objetos).

Se hallaba en ese estado en el cual su propia compasión por ellos la consumía y lo único que al parecer aliviaba un poco su pena, era repetir el acto: recoger a otro animal de la calle, aunque las condiciones dentro de su refugio fueran peores que a la intemperie.

“Pobrecito”, decía siempre al verlos, y no importaba si su condición era buena o mala, ese sentimiento de lástima se extendía a cualquier raza de perros. Parecía que todos eran miserables por el sólo hecho de ser animales; era como proyectar misericordia hacia estos seres únicamente por no pertenecer a la raza humana.

Por supuesto, enaltecer su moralidad por encima de los demás, al autonombrarse “protectora de los animales”, le daba un respiro breve a su alma, un alimento momentáneo para sentirse menos desdichada en su condición de ser humano sociable. Eso le hacía sentir superior a sus congéneres, aunque poco le duraba el gusto. Caía luego en depresiones que le duraban semanas.

Su vida personal, ni qué decir, se circunscribía a muy poca interacción con otros y su obsesión estaba centrada en traer otro animal necesitado.

Había qué escucharla hablar telefónicamente para darse cuenta de lo afectada que se encontraba: “el bebé no quiere comer, lo llevé al doctor y lo inyectó pero veo tan apagado al chiquito que me da miedo que se me vaya a ir”, por supuesto, las lágrimas abundaban en sus conversaciones y la queja se convertía en el centro de su discurso.

El sufrimiento por sus animales bien podría definirse como la proyección de su propia desventura: su soledad, aislamiento, abandono, descuido, se convirtieron en una compulsión por salvar el mundo de las mascotas.

A veces, ante un acto de irresponsabilidad o abuso hacia uno de estos especímenes, asumía actitudes similares a las de una heroína, dispuesta a dar su vida si era necesario. Y entonces, se llevaba a uno más.

Luego de esos mensajes solicitando apoyo, porque la situación la había rebasado y su enfermedad progresiva se mostraba cada vez más, tomó la decisión de resolver de una vez por todas.

Le dio de comer a las decenas de perros y a continuación se suicidó.

Cuando llegaron a buscarla, encontraron croquetas por todos lados, latas de comida abiertas por aquí y por allá; fue seguro que les sirvió todo lo que le quedaba de comida, antes de irse.

Ella quedó en su cama, en espera de ser rescatada.

F/La Máquina de Escribir por Alejandro Elías

columnaalascosasporsunombre@hotmail.com

@ALEELIASG

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