Parece que pudiéramos recostarnos en las arenas de Dubai con sólo presumir que compartimos el video.

Es como subirnos al Tesla Model 3 porque comentamos la publicación diciendo que es nuestro coche favorito: “YO”. Y nos sentimos al volante al ver cómo toma las curvas para desplazarse como un ángel sobre ruedas.

Todo está ahí, en este mar de fotografías, videos y comentarios, en una alegoría que parece verbena, para que todos tomemos lo que nos guste, para que digamos en qué nos parecemos al artista del momento, a la integrante de la monarquía del Siglo XVIII, o si tenemos rasgos italianos, suecos o polacos (menos latinos, por supuesto).

Es un ir y venir en este gran almacén virtual donde se compra de todo sin pagar, donde se tiene lo que se desea con sólo presionar el ratón y donde se dejan las pasiones tecleando frases hirientes o decepcionantes, como un vómito frustrante que se lleva toda la ansiedad, la depresión o el llanto: Bendito Facebook que nos hace parecer lo que no somos.

Es esta imagen de la mujer que se arregla, se maquilla, se peina ahora distinto para mirarse al espejo y decir: “¡Perfecta! Ahora sí, lista: esa ya no soy yo”.

Quizá la red nos permite enrolarnos en la persecución de una vida que no podemos tener; ser quienes no podemos pero que, a manera de un escritor, construimos nuestro propio cuento de hadas.

Y ahí estamos todos los días, alimentando el cuaderno virtual con nuevas estampas, con frases renovadoras y de autoayuda; palabras que ponemos delante para que los demás nos miren con ojos de inteligentes, pero que se quedarán ahí, perdiéndose en el océano de imágenes que corren hacia abajo, pues difícilmente las pondremos en práctica en nosotros, porque no es magia, para transformarse se requiere valor, voluntad y un propósito, con el que muy posiblemente no contamos.

Entonces, no todo es para todos.

¿Cuánto nos hemos transformado desde la introducción de esta máquina de cambiar conciencias? Seguramente mucho en cuestión de actitudes negativas: nos hemos vuelto criticones del comportamiento ajeno, nos vigilamos unos a otros sin mirar que lo que nosotros hacemos de manera incorrecta puede que raye más en la actitud anti-ciudadana que quienes estamos juzgando.

Pero transformarse para construirse en mejores personas; hombres y mujeres exitosos, eso dista mucho de ser una realidad.

Cada vez nos cuesta más mirarnos a los ojos en persona; mantener una conversación sin que nuestros pies se muevan involuntariamente y nuestra ansiedad nos apremie a concluir el encuentro para seguir el camino o mirar el celular y montarnos de nuevo en la carrera por alcanzar las publicaciones.

Es de imaginarse que hay un cerebro, a manera de titiritero que, moviendo los hilos de todos cuantos nos sujetamos al Facebook, nos lleva hacia la escenificación de una obra escrita por alguien llamado Sistema; la caja idiota quedó obsoleta y el nuevo modelo es este, que nos tiene como en los años 70, a todos sentados en la sala mirando Siempre en Domingo.

Facebook nos enseña que el mundo está ahí para tomarlo; nos dice que podemos ser lo que soñamos; que las llaves de El Secreto están ahí para abrir el cofre que nos haga millonarios. Pero no todo es para todos.

Cuando salimos a la calle el oropel se desvanece; sólo se perciben las calles, como caminos que hay que recorrer para llegar de un lado a otro; la vida afuera es triste y gris.

No hay como estar en el Feis.

F/La máquina de Escribir por Alejandro Elías

columnaalascosasporsunombre@hotmail.com

@ALEELIASG

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