«No te amo como si fueras rosa de sal, topacio o flecha de claveles que propagan el fuego: te amo como se aman ciertas cosas oscuras, secretamente, entre la sombra y el alma.» Amor de tinieblas que surge de la profundidad de nuestros pensamientos; no amamos a una persona, sino la imagen de nosotros que proyectamos en ese otro; “te amo porque me veo en ti” es lo que sin saber nos decimos mudamente cuando iniciamos el camino de cardos y de rosas.

La cita anterior es del poema XVII de los “Cien sonetos de amor” de Pablo Neruda. El destinatario de esos versos es único, como el autor nos lo deja saber desde un inicio, pero podríamos leer también en ellos cien formas distintas de amar, cien almas y/o cuerpos de los que el poeta queda prendido, cien caminos tortuosos donde el yo triunfa o muere. Además de la poesía amorosa, Neruda escribió versos y prosa política, pues dedicó mucha de su energía al movimiento comunista y a la vida partidista de Chile. Obtuvo el Nobel de Literatura en 1971 y tras su muerte se especuló con que había sido envenenado por sus enemigos.

«Te amo como la planta que no florece y lleva dentro de sí, escondida, la luz de aquellas flores, y gracias a tu amor vive oscuro en mi cuerpo el apretado aroma que ascendió de la tierra.» La idealización de la persona amada es frecuente en los espíritus ingenuos; amor, espejismo en el que uno mismo se traiciona. ¿Qué es el amor? Muchos lo anhelan, pero en su esencia lo desconocen, lo confunden con algo más elemental: el deseo. Nuestra sociedad tiene la marca de los amores fugaces; los amantes se juntan, pero sus vidas se separan rápidamente, sin embargo, las líneas que en los corazones se grabaron jamás desaparecen.

El egoísmo es el gran mal de nuestros días; nada hay más importante que uno mismo y por eso vemos a tantos cadáveres ambulantes de amantes. Hablamos mucho de amor, lo invocamos, lo buscamos, pero no lo hallamos porque, nuevamente, se le confunde con el deseo, el deseo es animal, es instintivo, es una pulsión insatisfecha de nuestra infancia, por eso los cuerpos, una vez que se han probado, se alejan y reniegan; el yo ha sido complacido, ya no ama, ya no desea, hasta que nuevamente despierte.

«Te amo sin saber cómo, ni cuándo, ni de dónde, te amo directamente sin problemas ni orgullo: así te amo porque no sé amar de otra manera, sino así de este modo en que no soy ni eres, tan cerca que tu mano sobre mi pecho es mía, tan cerca que se cierran tus ojos con mi sueño.» ¿Cómo amar si no se ha aprendido a estar en soledad? Vivimos entre multitudes incapaces de hacer un ejercicio de introspección. La fugacidad y el simulacro se suman al deseo criminal de la autocomplacencia; el otro es importante en la medida en que deseamos satisfacernos; la pareja siempre es una jaula de cuatro: dos esencias y dos máscara.

¿Qué es el amor? Lo que Neruda no nombra en sus cien sonetos. El amor es como aquello que llamamos sagrado: perceptible, pero indefinible. En los amores fugaces marchamos dejando huellas de fuego, son las marcas del deseo, de esa conciencia que se niega a desaparecer para dar paso a lo ininteligible. En los amores fugaces están todas las máscaras que los amantes se colocan para cubrir el rostro único de la desdicha. En cambio, amar es aprender a marchar en soledad hasta hacerse uno con las sombras de las cosas oscuras.

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