«En un rincón de la capilla el eremita se complace en el dolor de las espinas y en el martirio de la carne. A sus pies rotos por la lluvia caen manzanas materiales y la serpiente de la duda silba detrás de los cristales.» No tiene un rostro definido y sus movimientos son delatados por las sombras; en el Sanctum Sanctorum se cosechan frutos cuya semilla es amarga, pero su jugo confunde a los paladares más exquisitos, pues nace de los colmillos del reptil más ruin.

San Antonio, como se llama el poema de Nicanor Parra (¿o antipoema?) que contiene los versos anteriores, fue un ermitaño, un eremita, un hombre que se dedicó a la vida retirada del desierto orando de sol a sol hasta que su dermis se convirtió en polvo mezclado con la arena del vacío. Él nació en Egipto y murió en esa misma región a los 105 años de edad. Su legado cristiano es hoy un ejemplo para otros tantos ermitaños perdidos en los arenales de patrias ya olvidadas, y en el arte se convirtió en un tópico que es representado bajo el mote de “Las tentaciones de San Antonio”, las cuales no son otras que lujuria, riquezas y alimentos, las mismas de nosotros y por las que deberíamos de sentirnos avergonzados; nuestra animalidad se conforma con tan poco.

Nicanor Parra es casi tan viejo como San Antonio y tan retirado como el santo, su vitalidad inacabable lo ha mantenido 103 años sobre la tierra, de los cuales ha dedicado muchos a su antipoesía (imposible de definir agradando a todos); el poema continúa: «Sus labios rojos con el vino de los placeres terrenales ya se desprenden de su boca como coágulos de sangre.» San Antonio, en la antipoesía de Parra, ha caído en las tentaciones que el demonio le ha ofrecido. Esta estrofa, junto con las anteriores, nos dejan ver el aspecto erótico, sagrado y herético del antipoema. El santo se deleita en su dolor, cada espina, cada laceración de la carne, lo hacen desear lo prohibido.

«Esto no es todo, sus mejillas a la luz negra de la tarde muestran las hondas cicatrices de las espinas genitales. Y en las arrugas de su frente que en el vacío se debate están grabados a porfía los siete vicios capitales.» San Antonio, en este antipoema, está entregado al sexo, al placer. Las marcas que su piel delata no son las del cilicio, tampoco las del látigo, sino las que el recorrer de la serpiente de la duda ha marcado con su paso. San Antonio está en el desierto, pero no físicamente, sino espiritualmente; el cuerpo quiere vivir más y sofocar con su vacuidad al alma gimiente.

Las representaciones pictóricas de San Antonio muestran a un hombre viejo, con harapos y que carga en su mano una pequeña lámpara, las semejanzas entre éste y el arcano IX del Tarot de Marsella, ‘El ermitaño’, son sorprendentes. San Antonio y El ermitaño buscan algo, se buscan a sí mismos en la incontrolable ira de las dunas. Ellos vieron en la vida comunitaria un impedimento para la contemplación y por eso se introdujeron en la sepulcral caverna meditativa.

En las dunas, San Antonio y El ermitaño avanzan mirando los granos de arena que, diminutos y esféricos, encierran tantos mundos como los que ha soñado la humanidad entera. Dentro de sus linternillas una luz brilla deslumbrantemente, es la tentación, es la cadena rota, es el portador de la luz: Lucifer.

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