Un aforismo es una sentencia que por su sabiduría se convierte en dogma, en ley, en una verdad universal. Grecia y Roma son las civilizaciones que más aforismos nos han legado, sin embargo, la sabiduría que en sus palabras existe no ha sido comprendida por la humanidad, pues, de haber sido así, hace mucho que las fronteras, guerras y sometimientos se habrían terminado. Nosotros hemos insistido, una y otra vez, a devorarnos entre iguales.

«Αἴ μἑλιτται οὐκ ὄκνεραι ἅλλὰ σπουδαἲαι εἴσιν» (Ai melittai ouik oknerai alá spoudaia eisin) es una locución en griego antiguo que imperfectamente se podría traducir así: «Las abejas no son lentas, sino diligentes». Aparentemente intrascendente, este aforismo posee una perla de mucho valor para nosotros: el servicio desinteresado en favor del otro, y es que nuestros días están oscurecidos por la nube de la egolatría, se vive bajo la creencia de que nada hay más importante que uno mismo y esto no es novedad, desde el imperio más arcaico no hay civilización que no haya caído por perseguir esta vana idea que al contacto se disipa como un fantasma.

El cuerpo es la cárcel del alma y la mente lo es del individuo. Imperioso resulta rebasar el límite que nos ha sido impuesto como condena para viajar más allá de uno mismo. Los latinos dijeron «Esse est percipi» (Existir es ser percibido) porque en sus filósofos descubrieron que si no es por alguien más, por un individuo temeroso como nosotros que da el primer paso hacia el vacío, sencillamente no es posible comenzar a levantar la colmena de las abejas diligentes, de los obreros de la gran obra.

Pensar en el otro, en uno mismo y volverse otro; Rimbaud dijo «Je est un autre» (Yo es otro), y atinadamente complementó con «Je suis esclave de mon baptême» (Soy esclavo de mi bautismo), nuestra cultura, nuestras ideas y aún nuestra lengua es una imposición, entonces surge la duda, ¿cómo pensar el mundo si nuestra lengua es ajena? Concebimos la realidad tangible a través de una abstracción que sucede en un territorio no escogido por nosotros. Las abejas vuelan hacia la flor, y en un indescifrable cortejo seleccionan el polen con el que habrán de resignificar el mundo, quizás nosotros deberíamos de aprender a volar de la misma manera.

Dejando a Occidente por ahora y volteando hacia Oriente, el premio Nobel Rabindranath Tagore nos dejó este magistral poema: «Dormía y soñaba que la vida era alegría, desperté y vi que la vida era servicio, serví y vi que el servicio era alegría». ¿Acaso estos versos no poseen la misma enseñanza que leímos en el aforismo griego? Un espíritu que se niega a ser sometido atraviesa con su luz la oscura nube del odio penetrando por nuestra pupila en un esfuerzo por tocar nuestros corazones y abrasarlos, como el Sagrado Corazón, en un incendio de amor fraternal; ¿por qué insistimos en arrastrarnos como cucarachas cuando en nuestras espaldas crecen las alas de las abejas diligentes?

En el pecho humano palpita la primavera inmortal, de nosotros depende sembrar su polen o devorarlo hasta convertirlo en podredumbre.

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