De los antiguos aprendimos que la observación del mundo es fundamental para el conocimiento de uno mismo. «Como es arriba es abajo» dice una vetusta frase hermética y parece no equivocarse, pues es posible establecer correspondencias entre las elevadas esferas del cosmos y las microscópicas dimensiones atómicas que nos conforman. Estamos sujetos a cambios constantes, a ciclos repetitivos cuyo único fin es mantener el equilibrio de la vida y la muerte. Todos los días frente a nuestros ojos el sol nace en Oriente y muere en Occidente, se renueva en la dimensión de las sombras y vuelve a erigirse invicto como el palpitar constante de nuestros corazones.

En nuestra cultura occidental los últimos días del año están relacionadas con la temporada de adviento del calendario litúrgico de la iglesia católica. Adviento significa “venida” o “llegada” y su origen está en la fórmula cristiana «Adventus Redemptoris», que es: la llegada del Salvador, es decir, de Cristo. Sin embargo, el culto cristiano con el que hoy convivimos no es genuino (realmente ninguno lo es), pues únicamente es la transformación de una festividad antiquísima que consistía en celebrar el coronamiento en las alturas del astro rey; a esta fiesta los romanos la llamaron “Deus sol invictus”: el invensible Dios Sol.

La temporada de adviento en el calendario litúrgico se corresponde con las festividades paganas anteriores por un suceso astronómico que se da entre los días 20 y 23 de diciembre: el solsticio de invierno, y que en este año sucede justo este 21 de diciembre. Los solsticios fueron descubiertos gracias a la observación del cielo y es el de invierno (el otro sucede en verano) el que implica más connotaciones simbólicas aparentemente negativas, pues es en este momento cuando sucede la noche más larga del año y el invierno se agudiza con el trote de la muerte sobre el corcel de la sequía. El solsticio que hoy sucede esconde bajo su máscara los colmillos tenebrosos de la desdicha.

¿Qué hacer frente al avance infatigable de la desdicha? La temporada de adviento nos lo dice en su silencio: en cada una de las cuatro velas de la corona de adviento que se enciende durante los domingos de diciembre el fuego se manifiesta y acrecienta para restituir con su luz el reino de las formas. En esa corona encendida está el Cristo de la Navidad, pero también el Sol Invicto de los paganos que con sus rayos perfora el sombrío manto del invierno. Vivimos entre contrarios complementarios, entre ciclos interminables de luz y de sombra.

Las antiguas enseñanzas de los filósofos clásicos fueron imitadas en su forma y sabiduría por los evangelios, y es el de Juan el que en estas fechas se utiliza para explicar que la larga noche en que velamos, pronto terminará con el ascenso del Inigualable. En Juan 1, 19-28 los fariseos le preguntan a Juan el Bautista quién es, y él se limita a decir «Yo soy la voz que grita en el desierto». Más de dos mil años después el poeta nicaragüense, Ernesto Cardenal, diría algo parecido en sus Salmos: «Bienaventurado el hombre que no sigue las consignas del Partido ni asiste a sus mítines ni se sienta a la mesa con los gánsters ni con los Generales en el Consejo de Guerra. Bienaventurado el hombre que no espía a su hermano ni delata a su compañero de colegio. Bienaventurado el hombre que no lee los anuncios comerciales ni escucha sus radios ni cree en sus slogans. Será como un árbol plantado junto a una fuente.»

Somos el eco de esa voz que comenzó a estremecer los desiertos de las largas noches solsticiales y de nuestras decisiones dependerá si como árboles heredamos los frutos más dulces del invicto astro o los ríos más amargos de las fatuas labores humanas.

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