Contaminados de tiempo nacemos. Avanzamos y retrocedemos pendularmente desde el columpio de la infancia y hasta la mecedora de la vejez. En ese vaivén se nos alargan las noches. Y es que le debemos más a la oscuridad que a su opuesto, pues la suma del crepúsculo y del sueño está lejos de lo real. Otra imagen salta a la vista: un recién nacido reposa en su cuadrangular tumba como el muerto que será cuando descienda a la tierra.

Revisemos tres consignas sobre la fugacidad del tiempo. Horacio, del siglo primero antes de nuestra era, escribió: «No pretendas saber, pues no está permitido, el fin que a ti y a mí nos tienen asignados los dioses… Mejor será aceptar lo que venga… Mientras hablamos, huye el tiempo envidioso. Vive el día de hoy. Captúralo. No te fíes del incierto mañana». En el presente hay certeza, no así en lo venidero. Aprovecha el día nos dice Horacio desde su lejanía, pero el chillido de nuestro columpio o el crujir de nuestra mecedora nos hace sordos al mundo. El efímero placer de la juventud se paga con la agonía de la vejez.

Este grito horaciano tuvo su eco cien años después en Pablo de Tarso, nacido en el siglo uno de nuestra era, quien en su epístola a los Corintios dice: «Hermanos, el tiempo es corto… y sepan que este mundo se pasa». ¿Por qué insistir entonces en acumular riquezas cuando nada llevaremos con nosotros el día del sepulcro? Horacio nos enseña en sus odas que un destino existe para cada uno de nosotros al tiempo que nos invita al hedonismo; por el contrario, Pablo nos urge a que antes de que el péndulo mortal se detenga contemplemos al mundo con los ojos inmateriales.

Pasarían casi dos mil años para que el eco horaciano llegara a México. Manuel Gutiérrez Nájera, en 1892, escribió: «¡Huyen los años como raudas naves! ¡Rápidos huyen! Infecunda Parca pálida espera. La salobre Estigia calla dormida. ¡Voladores años! ¡Dado me fuera detener convulso, horas fugaces, vuestra blanca veste! Pasan las dichas y temblando llegan mudos inviernos…» La muerte está tocando a nuestra puerta, su golpeteo es el palpitar de nuestro angustiado corazón e impedirle la entrada es imposible, pues en la casa que habitamos somos extranjeros.

El poema anterior lleva por título “Ultima Necat” y está tomado de una oración latina que se inscribía en los relojes de sol y que decía: “Omnes vulnerant, ultima necat”, y que se traduce como: “Todas hieren, pero la última mata”, en clara alusión a las horas y a su imparable avance; durante el día el movimiento del sol se contabilizaba a través de la sombra que iba acrecentando a su paso, y cuando la noche llegaba y la oscuridad toda doblegaba al mundo, el ala de la muerte interrumpía el péndulo humano.

Manuel Gutiérrez Nájera falleció a los 35 años a causa de su hemofilia y alcoholismo. Horacio dijo «Sé prudente, filtra el vino», pero el péndulo mortal hizo sordo a Nájera, quien pereció dejando tras de sí ríos de sangre. Pablo de Tarso, por su parte, fue ejecutado por Nerón, le cortaron la cabeza y se dice que cuando cayó rebotó tres veces, haciendo nacer a cada golpe una fuente de agua, al tiempo que de su cuello salió leche y no sangre. Nájera y Pablo en su tiempo fueron los soles que avanzaron sobre el lapidado reloj infértil de la realidad; hoy nosotros, después de haber conocido estas palabras, sabemos que moriremos pronto.

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