La disputa entre aqueos y troyanos tuvo como detonante el rapto de la mujer más bella del mundo, Helena; su captor, el príncipe Paris, pagó la osadía de su desmesura con la muerte de su familia y la destrucción de su pueblo. La pasión es el camino más rápido para el aniquilamiento espiritual, sin embargo, y paradójicamente, también para las obras humanas más duraderas. La guerra descrita por Homero en su “Ilíada” es el testimonio literario más arcaico de nuestras inmutables imperfecciones.

Elena Rivas es una mujer con una belleza inalcanzable; las flores de Chapultepec, celosas, abren sus pétalos hasta desprenderlos con tal de que ella las arranque para olerlas  y desecharlas antes de exhalar, o en el mejor de los casos llevarlas consigo y depositarlas en el traslúcido florero del buró de su recámara, donde morirán con la caída del día; el lecho de Elena es el rompeolas donde vienen a estrellarse los aventureros suicidas que han sido enloquecidos por su encanto.

Eugenio León es un poeta, como todos los del siglo XIX, miserable que espera con inquietud la hora de las tertulias para recitar sus versos; los últimos que escribió dicen así: «Un raudal de promesas son tus lánguidos ojos, y un jardín de jazmines son tus mórbidos brazos; mas tú eres un abismo de peñascos y abrojos que las almas atraes para hacerlas pedazos. Tu cuello, delator de tu oculta blancura, como un lirio se yergue despertando ansias locas; pero en vano el deseo como el mar se tortura, azotando y besando de tus senos las rocas». Están dedicados a la señorita Rivas.

El poema, que ha aparecido en la edición del diario matinal, continúa: «Tus besos son más dulces que la miel de las flores, más sabrosos que el jugo que destilan las cañas; pero infeliz quien pruebe tus labios tentadores, porque una sed perenne quemará sus entrañas.» Eugenio jamás ha probado los besos de la señorita Rivas, sin embargo, ya ha perdido la cordura por ella y sólo espera a convertirse en espuma para azotar su oleaje contra ella. ¿Pero es que este poeta menor ignora la advertencia de su ancestro Homero y de su pueblo helénico: «El mar, el fuego y la mujer, tres males»?

Con una malignidad de miel, Elena lee el poema fijando sus ojos en la última estrofa: «Y una espesa mortaja, una fúnebre ajorca es tu lóbrego pelo; mas tanto me fascina que haciendo de sus hebras el dogal de una horca, me daría la muerte con su seda asesina.» Un mensajero toca la puerta y sale Eugenio, «de parte de la señorita Rivas». Sudoroso, el poeta abre el paquete y descubre el largo, negro y sombrío cabello de su musa. El encabezado del diario de la mañana siguiente dirá: “Loco poeta se ahorca en su cama con una cabellera”; y Elena, después de saber la noticia, musitará: «¡Qué bella está la mañana!»

Esta es la historia de “Salamandra” de Efrén Rebolledo. Elena, cuyo nombre significa antorcha o resplandor, es la mujer fatal por la que Eugenio se suicida. Pretendió ser Prometeo robando el fuego sagrado, pero resultó en una mosca atraída por una luz mortuoria. Detenerse a meditar cuántas veces nuestras pasiones nos han doblegado es imprescindible si queremos evitar el segundo incendio de Troya.

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