Pensemos en la dicha de una caminata matutina, en el resplandor del sol reverdeciendo los árboles y en la pureza del aire golpeando nuestros rostros. Imaginemos pasos rápidos o lentos al abrirse el día, ellos marchan persiguiendo un destino posible para ese momento, un destino que alberga una satisfacción y una cumbre desde la cual mirar el mundo. Reflexionemos en cómo ese sol que subió por la mañana y cómo esos pasos que se apresuraron a llegar hoy están marchitos en el agua turbia del florero viejo. Al final nos espera la muerte.

El amor mueve al mundo y la amistad lo dibuja, hace paisajes azules y blancos donde la mirada se regocija en una contemplación interminable. El amor es esa persona que ahora recuerdas, aquella que te ha dado más dichas que arrepentimientos y de la que esperas no soltar su mano. El amor tiene un nombre y un cuerpo y tú lo has tocado desde que era un pequeño brote en la tierra fértil. Amor, el amor, sentido de la vida absoluto hasta que se desvanece, se arruga, se dobla y va acercando su frente al suelo hasta que por fin se mete en su tumba. Al final nos espera la muerte.

Qué más puede ser la vida sino una terrible broma. Se nos dan los más regocijantes momentos, el más suculento banquete en el que los invitados somos nosotros y aquellos a quienes amamos, y comemos juntos y bebemos aún más cerca uno del otro, y la vida nos llena el vaso de vino hasta embriagarnos para que no nos demos cuenta de que en la puerta trasera ya está entrando aquella indeseada que no fue invitada por nadie y que al llegar a la mesa nos cambia nuestra rebosante copa de la alianza por la exigua botella del veneno; basta una gota para acabar con la fiesta. Al final nos espera la muerte.

La gran farsa que vivimos ya había sido advertida en el siglo XI de nuestra era: «La vida es un juego monótono en el que sólo puedes ganar dos cosas: el dolor y la muerte. ¡Dichoso aquél que expiró el mismo día de su nacimiento! ¡Y más dichoso aún el que no ha nacido!» El autor de estos versos es Omar Jayam, un persa que practicó la poesía y la astronomía hasta el fin de sus días. Jayam hizo de las letras sistemas planetarios donde las palabras fueron constelaciones y los poemas, galaxias. Astronomía y poesía no son sino espejos encontrados entre los cuales flotan los infinitos mundos posibles que en nuestros efímeros banquetes podemos habitar.

El turco escribió: «Aspirar a la paz aquí abajo: locura; creer en el eterno reposo: locura [… Lámparas que se apagan, esperanzas que se encienden: la aurora. Lámparas que se encienden, esperanzas que se apagan: la noche.]» Carecemos de certezas porque todo muere y aquello que es eterno no está probado. Somos lámparas, lumbreras que avanzan en la invencible noche de una vida que nos fue impuesta. San Juan diría de Dios: «La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella», sin embargo este resplandor divino, como todo, también se acabó.

Dios fue la lux in tenebris; Cristo pretendió iluminarnos con su amor sacrificado. Fue inútil Omar Jayam dijo: «¿Para qué encender las lámparas, si los huéspedes se han quedado dormidos? […] ¿Para qué encender las lámparas, si no hay aurora entre los muertos?» El Génesis duró siete días, nosotros vivimos en la oscuridad del octavo; amar intensamente a los otros es igual que no hacerlo, nada quedará, de lo posterior no hay certeza. Lámparas en tinieblas que al final se toparán con la muerte.

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