Fueron los esclavos de los romanos quienes instauraron el cristianismo, y son todavía ellos mismos quienes lo sustentan. Sin embargo, la diferencia entre unos y otros es abismal, no sólo por el tiempo que media entre ambos, sino por las capacidades intelectuales y sensoriales de los primeros, en contraste con la vergonzosa ignorancia de los contemporáneos, particularmente los católicos, quienes en su debilidad han hecho con la palabra del ungido un adorno más en la vitrina de la mediocridad sentimental. Desde que Adán y Eva fueron expulsados del Edén, estos esclavos modernos no han hecho más que nacer para inmediatamente vestirse con la mortaja que los devolverá a la oscuridad preexistente.

La historia de Caín y Abel es un tema recurrente cuando se trata de distinguir entre el bien y el mal, y son numerosas las historias en las que Caín representa a la malignidad y su hermano a la bondad, sin embargo, cuando aquella ciencia que fue tomada del Árbol del Conocimiento se utiliza contra el libro del Génesis es inevitable no pensar que «Yo nunca tiento sino con la verdad. ¿No era aquel árbol el árbol de la ciencia? ¿No existía el árbol que, a su vez, la vida daba? ¿Los mandé yo plantar? ¿Puse al alcance de seres inocentes lo vedado, seres cuya inocencia tornó ansiosos? De haberos hecho yo, un dios serías, mas quien os expulsó lo hizo tan sólo para que, en gesto audaz, nunca pudierais comer frutos del árbol de la vida que en dioses, cual nosotros, os tornaran.»

¿Quién es entonces aquella inteligencia superior que hizo crecer en medio del Paraíso el Árbol de la Ciencia y el Árbol de la vida? La respuesta es fácil de descifrar, mas los motivos se mantienen ocultos a la razón profana: «¿Y acaso no es verdad lo que la serpiente os dijo? El árbol del saber y el de la vida crecían por igual. La ciencia es buena, y la vida también. ¿Cómo es posible que, sumadas las dos, un mal resulte?» La celada fue colocada y la pareja original cayó en ella, después fueron exiliados y amenazados con una espada flamígera que negaba su retorno; Caín y Abel serían los primeros esclavos nacidos de la desobediencia humana, sin embargo, no serían iguales uno del otro, pues mientras que Abel, el pastor, era dócil como los animales que ofrendaba al omnipotente tirano, Caín, el herrero, se negó a extender aún más la desdicha por estas tierras que fueron llenadas en tan solo seis días.

Abel decidió ser un esclavo, un subordinado, un espíritu bajo que encomendó su vida al respeto de las jerarquías; pero Caín fue libre, un rebelde anhelante de conocimiento como aquel que escapó de la caverna platónica mientras los innumerables Abeles veían pasar sobre los muros el espectáculo de luces y de sombras. Caín es la conciencia que asesina a su hermano, a la ignorancia, para evitar que la mediocridad se disperse por el orbe; es la esencia que, como las cenizas de Quevedo, permanece más allá de la muerte: «Vives y vivirás eternamente; no pienses que vivir es ese barro que encubre tu interior, porque eso acaba. No menos que eres hoy, seguirás siendo.»

Las citas anteriores pertenecen a la obra “Caín” del poeta Lord Byron. La esencia de este drama es el diálogo que sucede entre Caín y Lucifer, en el que se cuestiona la esclavitud voluntaria del ser humano a un dios inmisericorde. A causa del fratricidio Caín y su raza quedaron marcados por un signo impronunciable, signo de libertad que no se haya dentro de los templos, sino en las refulgentes mentes de quienes han decidido ser algo más que polvo y cenizas, algo más que esclavos de un antiguo imperio que se cae a pedazos.

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