La indagación sobre los motivos y finalidad del arte la encontramos, principalmente, en los “Diálogos” de Platón. Este conjunto de enseñanzas se gestaron en la Grecia de los siglos IV-III antes de Cristo y es de particular interés para este texto aquel titulado ‘Ion o de la poesía’. Como es habitual, Sócrates (que en vida fue maestro de Platón) es el personaje principal de los “Diálogos”, y es mediante el recurso de preguntas y respuestas (en filosofía se llama mayéutica) que se llega a la verdad de determinado tema. En ‘Ion o de la poesía’ el asunto a tratar es la producción de la poesía, pero no en el sentido que tenemos hoy en día, sino uno más amplio relacionado con la ‘poiesis’, es decir, la creación artística.

Ya se dijo que Sócrates fue maestro de Platón (y según el oráculo de Delfos también fue el hombre más sabio de su tiempo), por su parte Ion es el mejor rapsodista de sus contemporáneos, ningún verso del poeta Homero escapa a su memoria y, además, ha conseguido ser coronado con laureles en todos los certámenes de la región. Ion es el intermediario entre el pueblo y la poesía, y Homero es la encarnación de la poesía, ¿pero ésta de dónde viene?, ¿es la poesía anterior al poeta o es por el poeta que hay poesía? Sócrates lo explica así:

« Ese talento, que tienes, de hablar bien sobre Homero, no es en ti un efecto del arte, sino que es no sé qué virtud divina que te transporta, virtud semejante a la piedra que Eurípides ha llamado magnética, y que los más llaman piedra de Heráclea. Esta piedra, no sólo atrae los anillos de hierro, sino que les comunica la virtud de producir el mismo efecto y de atraer otros anillos, de suerte que se ve algunas veces una larga cadena de trozos de hierro y de anillos suspendidos los unos de los otros, y todos estos anillos sacan su virtud de esta piedra. En igual forma, la musa inspira a los poetas, éstos comunican a otros su entusiasmo, y se forma una cadena de inspirados.»

El arte, en este sentido, es absolutamente sagrado. La piedra heráclea, el imán, es dios; el primer anillo atraído magnéticamente es la musa; el siguiente es el poeta; posteriormente el rapsodista; y finalmente los infinitos anillos allí prendidos son el pueblo. Desde la piedra y hasta el último anillo la poesía se transmite con un magnetismo trascendente que cuando es vigoroso nos deleita y nos arroba en un delirio estético que nos transporta fuera de nosotros mismos, sin embargo, cuando esta energía se contamina el efecto es opuesto, y en lugar de elevarnos nos hunde en la miseria. Además de que para los griegos el arte era sagrado, también tenía que ser bueno, bello y verdadero.

Cientos de años después, en el siglo XIX de Francia, el poeta maldito Baudelaire publicó un poema llamado ‘La musa enferma’, algunos versos son los siguientes: «Mi pobre Musa, ¡ah! ¿Qué tienes, pues, esta mañana? Tus ojos vacíos están colmados de visiones nocturnas, y veo una y otra vez reflejados sobre tu tez la locura y el horror, fríos y taciturnos. El súcubo verdoso y el rosado duende, ¿te han vertido el miedo y el amor de sus urnas? La pesadilla con un puño despótico y rebelde; ¿te ha ahogado en el fondo de un fabuloso Minturno?»

¿Por qué la musa enfermó en el siglo XIX cuando en Grecia estaba unida directamente a dios? ¿Es la maldad de nuestra sociedad actual un síntoma de esa enfermedad estética? Sin temor a errar es posible afirmar que el arte contemporáneo de hoy en día carece de bondad, de belleza y de verdad. El arte de hoy se hace con basura y se le vende a un público ignorante que, por temor a decir que no lo entiende, termina por aceptarlo. Si la piedra heráclea de Eurípides todavía posee su fuerza magnética es nuestro deber, como anillos encadenados, sanar a la musa baudelairiana so pena de fenecer en un mundo malo, feo y falaz.

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