Para que haya un cambio verdadero en México necesitamos contar con contrapesos. Lo absoluto nos impone una sola visión, una sola decisión.

El triunfo de Andrés Manuel López Obrador el pasado primero de julio pulverizó a los partidos políticos, incluido a Morena, que tendrá que ceder sus posiciones y decisiones a lo que su Presidente decida.

Tanto se augura que Morena será una extensión de la decisión de López Obrador, que su asesor jurídico y electoral, el ex consejero el IFE Jaime Cárdenas, alertó que ese partido “no puede copiar el esquema del PRI de sumisión y subordinación al Presidente de la República”.

Con una mayoría importante en el Congreso, López Obrador deberá también cambiar la actitud que asumieron los Presidentes López Portillo, Miguel de la Madrid y Carlos Salinas de Gortari, que vieron en las Cámaras de Diputados y Senadores, un lugar donde solamente se formalizaban su ideas, un espacio para levantar el dedo.

De nada servirá a un país ansioso de cambio, regresar a las presidencias imperiales, esa película ya la vimos y sólo representaría un retroceso político.

En los demás partidos, el reto es aún más fuerte, PRI, PAN y PRD tendrán que reconstruirse, dejar a un lado la revancha y encontrar nuevos liderazgos.

Actualmente esos institutos políticos se ven más partidos que nunca.

Hemos visto como el PRI rechazó a su ex candidato presidencial, José Antonio Meade cuando acudió a un encuentro con López Obrador y en el PAN, somos testigos cómo el ex Presidente Felipe Calderón recrimina un día si y otro también a Ricardo Anaya por haber entregado el partido a una alianza fracasada.

En el PRD constatamos que solo existen los chuchos, no hay nadie más que pueda conformar ese partido.

Este fin de semana, el Partido Acción Nacional inició los trabajos de renovación de su dirigencia nacional. Hay varios gallos inscritos, pero todos sabemos que sólo hay dos visiones, la del ex candidato Ricardo Anaya, con un poder importante aún dentro del panismo y la del ex Presidente Felipe Calderón, quien busca revancha por haber sido excluido durante el proceso electoral que terminó.

Con esta polarización, difícilmente podemos esperar que el PAN se fortalezca y represente un contrapeso político importante, sobre todo porque si no logran consensar sus decisiones al interior del partido, difícilmente podrán liderar la oposición en tiempos de un presidente imperial.

El PRI ha optado por la fórmula que ya conoce. Ha buscado reorganizar sus cúpulas para dotarlos de nuevas varas que les permita dirigir a las pocas ovejas que aún les quedan.

Le han entregado las ruinas del partido a Claudia Ruiz Massieu, que si bien podría significar una nueva figura política, tiene atrás el “consejo siempre sabio” de su tío, Carlos Salinas de Gortari.

En el Congreso, el priismo tendrá a dos “pastores” que representan el pasado político que fue rechazado el primero de julio por los mexicanos: Miguel Ángel Osorio Chong, quien será el único sobreviviente del gobierno de Peña Nieto y René Juárez Cisneros, un priista que sabe lo que significa el peor PRI de todos los tiempos.

México necesita poner entre sus prioridades una reorganización política. La cuarta transformación de la República que propone López Obrador, no sólo se debe de quedar en las decisiones que tome como presidente, sino se deben de construir nuevos espacios donde los ciudadanos puedan participar libremente sobre las decisiones que les afecta.

Necesitamos nuevos partidos, nuevas figuras políticas, nos urgen un nuevo sistema electoral, ahí ésta la verdadera transformación del país, sin embargo, esa idea no beneficia a una Presidencia imperial. López Obrador tendrá el valor o le valdrá.

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