Coyomeapan. La “vestida” es una costumbre ancestral que aún se conserva en Zoquitlán y Coyomeapan, municipios de extracción étnica náhuatl enclavados en el corazón de la Sierra Negra. El ritual consiste en “vestir” de pies a cabeza al ahijado, con lo cual, según sus creencias, se evita que al morir se presente “desnudo” ante Dios. 

Dicha práctica se ha transferido de generación en generación y, aunque se desconocen sus orígenes, forma parte de un claro sincretismo que mezcla conceptos cristianos y prehispánicos que vislumbran una especie de aceptación implícita de la muerte, a la que no se le teme y, por el contrario, se toman provisiones para estar “presentables”. 

La ropa y accesorios “nuevos” que solo pueden ser obsequiados por los padrinos, son considerados “sagrados” o “bendecidos”, de ahí que pueden eliminar todo lo pagano o mundano que implicaría –llegado el momento- una falta de respeto al Ser Supremo.

Lo anterior implica cierta comparativa con el mundo prehispánico, en que los atuendos de los antepasados no eran portados por simple antojo o porque se podían adquirir, sino porque se habían ganado, es decir, por merecimientos propios.

MOTIVOS DE LA VESTIDA 

“La vestida es una tradición de nuestros abuelos”, expresó Alfredo Ponce Cabanzo, originario de Tepexilotla, Zoquitlán, con residencia en Ahuatla, Coyomeapan, quien narró su experiencia al respecto, detallando que si bien en ocasiones los padres determinan “por gusto” que se vista a sus hijos a cualquier edad, lo más común es que sea con motivo del séptimo aniversario luctuoso de un ser querido, en esta circunstancia, el padrino que preparó el cuerpo del difunto, viste también -al cabo de los siete años- al familiar o a los familiares más cercanos.

Para ello, se visita con la anticipación debida al compadre y se le lleva la propuesta, con la reserva de que si las condiciones económicas lo impiden, solo se efectuará la “acostada” y la levantada de la cruz correspondiente.

VISITAS AL COMPADRE

La primera visita se realiza medio año antes de que se cumpla el séptimo y último aniversario del pariente finado. La petición formal se acompaña con una canasta llena de pan, así como refrescos, cervezas y aguardiente.

En la segunda visita se llevan los mismos presentes y tiene como objetivo recibir la respuesta por parte del compadre, si acepta, se fija la fecha de la vestida y se piden las tallas de la ropa que se regalará.

En la tercera visita, además del pan y otros obsequios, se dan las tallas de la vestimenta y se convive por el compromiso adquirido de una manera más seria, lo cual constituye un acto de agradecimiento anticipado.

En tales reuniones se acuerda si habrá música o no, lo que dependerá de las posibilidades del compadre y del casero que en ocasiones accede a compartir los gastos.

El casero se prepara con todo lo necesario para la comida, se compran guajolotes, los condimentos para el mole y las bebidas, amén de que se acondiciona el espacio para la fiesta y el altar donde se llevará a cabo el ritual. En esta tarea colaboran vecinos y parientes, siendo una parte fundamental avisar a los familiares que viven lejos para que asista en el día y hora señalados.

EL MOMENTO DE LA VESTIDA

En la fecha fijada, apenas entrada la noche, llegan los padrinos a la casa de los ahijados, llevando consigo la Cruz, misma que es recibida con incienso, velas y confeti. Después de la entrada de la Cruz , se reza el Rosario y se  “acuesta”  la Cruz , se ofrece café, pan y aguardiente. Terminada la cena, los padrinos llaman a los ahijados que serán vestidos y los llevan frente al altar. Ahí, los acompañantes del padrino colocan un lienzo, para que no quede totalmente visible el sitio donde se realizará el acto solemne.

Si es ahijado le regalan: huaraches o zapatos, camisa, chamarra, pantalón, ropa interior, pañuelo, cinturón, sombrero y rosario. Si es ahijada: huaraches o zapatos, falda, blusa o vestido, rebozo, aretes, listón y rosario

Los padrinos “cambian” completamente de ropa a los ahijados, dicho así literalmente. Si es hombre se le coloca un cotón, debajo del cual se muda el pantalón y la ropa interior.

Terminada la vestida, los ahijados junto con los familiares cercanos agradecen al padrino la acción con la que dio cumplimiento al compromiso contraído con anterioridad. Le dan un abrazo en forma reverencial y con tanta emoción que en ocasiones llega al extremo del llanto.

Todos festejan y se ponen contentos, no duermen, bailan hasta la madrugada. A las cinco de la mañana, llega el momento del Rosario y la levantada de Cruz, imagen ante la que todos pasan a persignarse, lo cual se prolonga por alrededor de dos horas, para de inmediato dar paso al convite en que se sirve a los padrinos un almuerzo consistente en mole, pan, café, cerveza y aguardiente, entre otras bebidas espirituosas.

Dicha tradición encierra un gran simbolismo. Desde la cosmovisión indígena revela un arraigado desprendimiento o renuncia a lo material, lo que finalmente se traduce en “un acto de amor”. Además, da pie a todo un acontecimiento en la comunidad y genera un importante movimiento económico y social.

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