Tehuacán. Entre los pobladores de los municipios de Zoquitlán, San José Miahuatlán, San Francisco Altepexi, San Sebastián Zinacatepec y Ajalpan, existe una creencia-costumbre ligada a concepciones tradicionales: los motolines, antojo o deseo irresistible ya sea de un juguete, de ropa o de una fiesta, lo cual se presenta principalmente en niños y si no es satisfecho causa tristeza, falta de apetito, enfermedad -sin motivo aparente- e incluso la muerte.
 
Ante tal premonición con consecuencias a veces fatales, los familiares y padrinos de bautizo, conscientes de que no se trata de un simple capricho, generalmente tratan de complacer al antojadizo, asumiendo el hecho con la seriedad que amerita y procediendo a su curación, a través de una especie de ritual denominado: “la echada de ropa” o “vestida del niño”, cuya acción tiene estrecha relación con practicas muy antiguas que se remontan a la época prehispánica. Este acontecimiento es de suma importancia en la vida de las familias de los municipios arriba mencionados, la mayoría de extracción indígena náhuatl.
 
Anteriormente, la ceremonia era amenizada por personas que tocaban el violín y la jarana, quienes a su vez entonaban melodías con una tonada muy peculiar y alegre, sin embargo, esto ya prácticamente se perdió, debido a que los músicos han muerto, solo queda uno o dos ya muy ancianos.
 
De acuerdo con el Diccionario Náhuatl-Castellano, Castellano-Náhuatl de Fray Alonso de Molina, editado en el siglo XVI, allá por el año 1571, la palabra “motolin” deriva de la raíz náhuatl “motolinia” que significa “pobre”, es decir, aquel que carece de todo y hay que darle algo por que no tiene nada, precisó la etnóloga Concepción Hernández Méndez, egresada de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), al indicar que además de los motolines hay otros varios males tradicionales -sin explicación científica- tal es el caso de la alferecía y la aljorra.
 
A los motolines también se les llama “apishuilo” y/o  “tocone apiste” y combinan algo de la fe católica y la superstición, explicó René Matías Serrano, vecino de Altepexi, al abundar que dicho padecimiento afecta con mayor frecuencia a las niñas y se registra más en el verano, entre los meses de julio y agosto, con la entrada de la canícula.
 
Cuando los pequeños no pueden precisar su antojo, porque aún no hablan o porque no tienen claro lo que les pasa, sus padres consultan a una curandera, especie de adivina, que pone unas brasas con copal y quema lana de borreguito negro, para ver en el humo el signo o representación del antojo, al mismo tiempo le toca las vértebras del cuello al enfermo,  es así que con la combinación de lo que toca y de lo que observa, tanto en el humo como en los ojos del pequeño, puede saber lo que éste quiere.
 
Los síntomas se detectan al revisar el ombligo del menor de edad, si está abierto, es señal inequívoca de que tiene antojo, además, se ve muy sumida la parte baja de su cerebro, presenta diarrea, vómito y fiebre, está triste y sin hambre. Tras este diagnóstico, la curandera “limpia” al infante con un huevo y le pone en el ombligo un nudo de lana de borrego y un cordón de tres colores: azul, rojo y solferino, acto seguido, determina el tiempo para cumplir el antojo, no debiendo pasar más de quince o treinta días, ya que de no ser así –vaticina- podría morir. Es por ello que los papás, llaman de inmediato a los padrinos para informarles que el ahijado tiene motolines, siendo ellos los que se encargan de cumplir el deseo.
  
“Echada de ropa” o “Vestida del niño” 
El día fijado llegan los padrinos al domicilio de los compadres para “vestir” al niño, reparten velas y las encienden; el casero da al padrino una jarra de tepache, él lo recibe y manda a un invitado para que lo comparta. Sobre un petate, la madrina empieza a desvestir al menor y con cada prenda que le quita, lo limpia principalmente en los brazos y en el estómago, le pone la ropa nueva que lleva en un tenate y le da un plátano o algo para comer mientras lo viste. Cada prenda estrenada es sahumada previamente con copal y se le da a oler al ahijado.
  
Al terminar de vestir al niño se le cuelgan un collar de flor amarilla o cempasúchil y se baila alegremente al compás de las notas del violín, cargándolo hasta que se duerma. Si se duerme es indicio claro de que se aliviará. Al cabo, los padrinos y su comitiva son invitados a comer mole de guajolote, cuyas patas se reservan para el ahijado. Más tarde los padrinos piden permiso para retirarse y se despiden dándose la mano.
 
Creencia o realidad
Los antojos, con variantes según la comunidad, son comunes, sin embargo, en algunas no es tan importante la complacencia, de ahí que a los antojadizos solo se les da un dulce, una pelota o alguna fruta de temporada y ya.
 
Por ejemplo, en San Gabriel Chilac, sociedad de comerciantes, no se registra que le hicieran tanto caso, ni tanta fiesta a los del antojo, únicamente les compraban alguna ropa roja o si alguien estaba triste le buscaban un oficio o un trabajo y hasta ahí.
 
Así también, sucede que hay quienes sufren por el antojo de vestirse de novia o novio dependiendo si es hombre o mujer; por una televisión, una bicicleta, ropa o por un traje de charro. Si es por comida el antojo, éste suele manifestarse con la salida de un granito en la punta de la lengua o con comezón en la nariz.
 
Testimonio
La directora del Grupo Cultural Ajalpan (GCA), Ana Edith Tequextle Paque, afirmó que los motolines “son la enfermedad de los pobres”, puesto que son padecidos por los niños que por su misma pobreza no pueden tener ciertas cosas y su antojo es curado no sólo dándole lo que pide, sino haciendo la “echada de ropa”, llamada así porque antiguamente ante la escasez de trabajo, era precisamente de ropa de lo que más carecía la gente, de ahí su gran deseo por tener un pantalón, una camisa, un paliacate y hasta un sombrero.
 
La curación –reiteró- se hace en un petate en el que se pone flor de muerto y mientras se viste al niño se le va echando confeti. También se pone un tenate con fruta, principalmente  plátanos chiquitos o dominicos que se comparten con los niños que lo acompañan. Una vez terminado esto, se acostumbra que su madrina que es la que regala todo,  baile con el niño en brazos hasta que se duerma, para que la curación surta efecto y aunque las formas  han variado últimamente, al final es una fiesta en honor del niño.
 
“Habrá quienes digan que es una simple creencia, lo cierto es que ha habido muertes por motolines, hace poco se supo del caso de una jovencita que presentaba tales síntomas, la llevaron al médico, le sacaron estudios y supuestamente no tenía nada, ella decía que quería su fiesta de quince años y no le hicieron caso, la dejaron hasta que cayó en cama y cuando sus padres decidieron complacerla, fue tarde, porque justo la noche de su fiesta murió”, consignó.
 
“En lo personal pude palpar de cerca esta costumbre, pues mi hijo, el más pequeño – Martín Abril Tequextle- se enfermó, los médicos alópatas no le encontraban ningún problema físico, pero nosotros lo notábamos triste, sin apetito y cada vez peor, así que preocupados por la situación, lo llevamos con una curandera, quien nos dijo que tenía motolines, que quería muchos globos, pelotas y pastel con sus compañeritos, se lo hicimos y comprobamos que es cierto, porque al otro día se repuso -como por arte de magia- de la fiebre, la diarrea y el vómito que tenía, así que habrá quienes piensen que es una mera creencia, pero estamos en medio de ella y está vigente, la seguimos practicando, no se ha perdido y en la mayoría de los casos surte efecto”, expuso.
 
Agregó que esto es algo muy cotidiano en niños, a la semana hay por lo menos una o dos echadas de ropa e inclusive también se acostumbra entre las personas adultas, es algo que ya se ha transferido a las nuevas generaciones, afirmó, al expresar que los motolines forman parte de una tradición antigua que implica un fenómeno social digno de ser analizado.    
 
De igual forma, se dice que si no se tiene dinero para la echada de ropa y hay que aguardar más tiempo del recomendado, es necesario calentar lana de borrego y apretar, fajar y reacomodar el ombligo al niño, porque –recalcó- cuando alguien padece motolines el ombligo “se le chispa o se le sale”.
 
“Mi abuela me platicaba que hace años, en virtud de la pobreza que había, eran pocos los que podían cumplir el antojo a sus hijos, entonces muchos niños morían de motolines y cuando los iban a enterrar, el músico del pueblo los acompañaba y al son del violín interpretaba una tonada muy especial y melancólica, siendo esos entierros muy conmovedores”, concluyó.

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