Vox | Puebla

Dylan o el viento a Juárez

2016-10-19 08:00:00
Por César Pérez González
Periódico Síntesis Columinista César Pérez González

Al menos dos reacciones y una consecuencia se han desprendido de la reciente obtención del Premio Nobel de Literatura por Bob Dylan, sin que sea imposible tomar partido e incluirse en dicha lista de comentarios, acto necesario –me parce-.

No sólo porque se trate del máximo galardón al que un escritor puede acceder, sino por el escenario en que se dio el anuncio y, consecuentemente, de quien se trata, sumando –incluso- la falta de respuesta del también músico.

En cuanto las dos reacciones, son tan opuestas como fundamentales, en eso radican las olvidadas polémicas que nutren labores diarias de redactores, novelistas, poetas, es decir, hombres de letras y lectores, piezas que se integran al paradigma literario.

Sin embargo, tratando a Robert Zimmerman ambas posturas se han limitado a vender argumentos que más allá de una polémica veraz y oportuna quedan en simples gustos, bastante separados por cierto de justicias atemporales, uno de los criterios para cualquier Nobel.

Se vale mantener –por supuesto- líneas medias hasta defenderlas tras la bandera del agrado, aunque en estas versiones han incrementado posturas que jerarquizan merecimientos o calidad de su misma obra, deplorable desde cualquier óptica.

Precisamente, el arte tiene que excluir del macrocosmo juicios de tal índole por salud mental; las obras –en general- son ruptura y continuación del carácter humano, no objetos o estatuas desmoronadas al primer contacto, por eso el arte universal reivindica sociedades, seres, valores.

Tanto así, hay quienes en esta tónica de catalogar sujetos y líneas por encima o debajo de otros, pasan vidas completas buscando premios –como el Nobel- sin lograrlo, mientras unos más no lo consiguen reforzando su mito.

En el caso de Bob Dylan su trayectoria no se limita a lo musical o vive entre armónicas, instrumentos, etcétera, ahonda en la gran generación que devino hacia los años cincuenta para consolidarse en los caóticos sesenta.

Perteneciente a una minoría –judaica- es el último “beat” norteamericano, influenciado por la literatura local y el existencialismo refundado por Albert Camus y Jean-Paul Sartre, aunado al contexto social: la guerra fría, lucha por derechos civiles e injusticias procedentes del capitalismo voraz.

Dylan, enfrentó desde los 14 años al “establishment” quedando segregado al menos en lo social por aquellos que perpetuaban la superioridad racial, íntimamente ligada en sus versos.

Ello motivó su emblema contracultural –afianzado actualmente- ejerciendo una crítica sobre el trato anquilosado a comunidades herederas del esclavismo, de ahí que en sus letras se encuentren rasgos del antiguo soul y el blues sureño en etapas más sufridas.

Al igual es justo entender que Zimmerman es ante todo el poeta estadounidense más leído y escuchado en los últimos cincuenta años en Occidente, sus temas ya son de culto, fin al que hubiera llegado Jim Morrison de no haber fallecido.

Claramente su Nobel de Literatura despertó envidias, consternación y apoyo por los dos fieles de la balanza; si bien la crítica musical trajo a cuentas su historia e importancia para la cultura de Estados Unidos, literatos –los menos abiertamente- optaron por negarlo al efectuar reclamos a la Academia Sueca.

En varios talantes –aquí ingresa el tercer punto- el reconocimiento a Bob Dylan viene a romper esquemas de los cuales todos somos partícipes, por más que se evite. Su ejemplo da pauta al abandono de estigmas o encasillamientos normales para este galardón.

Se trata de un surco simple: las palabras –lenguaje- son nuestra señal distintiva como seres humanos (en otro momento se hablará del raciocinio); nos definen, unen, aproximan y en el peor de los sentidos, aniquilan.

Catalogarlas es igual a fragmentar, el espíritu de Alfred Nobel lo recuerda: Borges, Cortázar o Rulfo no son menos por carecer en su nombre del premio, menos Sartre al rechazarlo, es cuestión de integridad hacia la obra, respeto por el oficio en primera persona.

Lo mismo si Robert Zimmerman declina o en su humor común y corriente decide evadir a la Academia Sueca, total, las piedras rodantes no saben de respuestas al viento, ellas crean huracanes con sólo un tambor de varias mañanas juntas, ¿o no?

@Ed_Hoover

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