Vox | Puebla

Pintura mexicana del siglo XX, segunda oportunidad

2016-11-16 05:45:00
Por César Pérez González
Periódico Síntesis Columinista César Pérez González

Producto de la guerra civil de 1910, el arte pictórico mexicano viró dramáticamente en sus referencias para –en cierto grado- exponer la realidad que predominaba: armas por costumbres; muerte, frustración. Si Francisco I. Madero detonó el ambiente político a su causa, los ideales surgidos de la Revolución atacaron al Porfirismo decadente exaltando la justicia agraria e igualdad social.

Sin embargo, de inmediato el cambio de dirección no estuvo reflejado en nuevos pintores hasta 1921, cuando nuevas generaciones se apropiaron del movimiento armado por intereses ideológicos y laborales al hacerse cargo de la administración cultural José Vasconcelos.

Muros de edificios públicos comienzan a entregárseles como lienzos a granel que reflejarán el dogma y sátiras, aflorando así el muralismo mexicano. Ya no eran días de José Guadalupe Posadas o Manuel Manilla, sino de Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros, el Dr. Atl y más.

Sumados a la empresa, con no menos importancia aparecieron Roberto Montenegro, Fermín Revueltas, Amado de la Cueva o Fernando Leal, logrando que bajo sus manos quedara agrupado el sentimiento nacional que se distinguiera de otras expresiones perfeccionadas en Europa al finalizar la Primera Gran Guerra.

En todos los frentes el efecto revolucionario quedó impreso para hacer notar nuevos pasajes orientados al sacrificio; se trata de comulgar en un ideal el arte para consumo social, apogeo centralista vitalizado durante el gobierno de Lázaro Cárdenas.

Más allá de cronologías, la inercia pictórica de aquellos años abandona moldes para proyectarse como uno de los estadios prolíficos del coyuntural siglo XX, en Filadelfia, Estados Unidos. Con esto, el arte de esplendor muralista busca romper mitos nacionalistas para ofrecerlo sin etiquetas, puerta al universalismo.

Desde principios de año es latente el impulso y rescate de generaciones olvidadas –Contemporáneos y Estridentistas, los más beneficiados-, al punto de montarse en Bellas Artes exposiciones que los redimen ante jóvenes y estudiosos del tema.

No es sorpresa que basados en esta pauta fuera turno de quienes entre 1920 y 1940 complementaron el trabajo formal. Al menos en el papel es acabar con viejas rencillas que etiquetan a nacionalistas y vanguardistas, afrancesados y revolucionarios, dando la razón a escritores que desde los veinte pugnaron por ello.

Por ese motivo, ofrecer obras de Orozco, Rivera, María Izquierdo, Siqueiros, Frida Kahlo y Rufino Tamayo en el Museo de Arte de Filadelfia obedece al sentido de ruptura. Si en materia escolástica –por ejemplo- toda la generación es menospreciada, el mensaje ahora exige voltear a esta escuela crítica que sentó bases del arte contemporáneo.

Así es posible entender que muestras de Orozco y Tamayo sean parte de la exposición, sin que haya de por medio doctrinas, juntas en medios digitales al ser imposible su traslado binacional. Lo interesante estriba en la cantidad de piezas, sumando 280 de 63 pintores, inusual para galerías lejos del país, proviniendo de colecciones públicas y privadas.

“Pinta la Revolución. Arte moderno mexicano 1910-1950”, tampoco puede escapar de consignas políticas, pues con más de cien años de diferencia la herencia revolucionaria implícitamente afecta al siglo anterior, sobrando de toda marquesina. No obstante, se debe reconocer que durante este tiempo las vanguardias europeas ayudaron a construir nuevos trazos para fines propios, Siqueiros es prueba latente, permitiendo en perspectiva entender su evolución.

En total, la lista incluye 124 pinturas, 111 gráficas, 20 fotografías, 17 dibujos y 8 esculturas, durando hasta el 8 de enero próximo, pero una vez cumplida su labor será expuesta en Bellas Artes del 2 de febrero al 30 de abril, cerrando el ciclo.

Insisto, la tendencia de resurgir el pasado cultural no es un accidente sino confirmación del olvido histórico de quienes modelaron la tradición que hoy se goza, al menos en dicho tenor: es preciso abordarla, llenando vacíos y aclarando su importancia actual.

Sólo de esta manera se reescribirá: Puebla, por cercanía, tiene que ser parte de la nueva interpretación ya que el Estridentismo sigue sin interesar a la comunidad humanista, menos expresiones que han comprobado su valía, en el tintero están las pruebas.

@Ed_Hoover

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