Vox | Nacional

2018 o la integridad como desafío

2016-09-27 23:47:00
Por Francisco Bedolla Cancino
Periódico Síntesis Columinista Francisco Bedolla Cancino

Primero fue Ricardo Anaya, el ya no tan flamante presidente del CEN del PAN, quien tomó la iniciativa de lanzarse en contra AMLO, su homólogo de Morena, invitándole a debatir sobre la corrupción. El pretexto fue su declaración patrimonial, fiscal y de intereses, exenta de las estridencias típicas de enriquecimiento de la clase política, aunque el trasfondo es la bandera de la integridad, que, a falta de evidencias, no le ha podido ser arrebatada. Luego de ello, Enrique Ochoa Reza, actual presidente del CEN del PRI, se sumó a la tentativa de forzar el debate con AMLO en términos similares a los de Anaya, mediante un video frontal difundido a través de las redes sociales, en el que acusa a AMLO de mentir en torno a los bienes declarados. 

La lectura y la lógica estratégica de los líderes del PAN y el PRI, diferencias de matiz aparte, resultan similares. Ambos entienden que la actual posición ventajosa del líder de Morena estriba en que no pesa sobre su imagen ningún reclamo relevante y fundado sobre la comisión de actos de corrupción, de suerte tal que toman como la mejor de las banderas a erguir la transformación de la fortaleza de AMLO, su integridad pregonada, en su mayor debilidad. Así, de cara a un escenario de debate que no le ofrece incentivos atractivos, pero sí riesgos considerables de desgaste, ambos contendientes han recibido similar respuesta. No al debate con ellos, por tratarse de “aprendices de mafioso”; y, en cambio, sí al debate con quien a su decir es el capo de capos, el jefe mayor de la mafia: Carlos Salinas de Gortari.

Hasta cierto punto, parecía que las estrategias de los líderes del PAN y del PRI eran sendos brazos de la pinza que tarde que temprano se cerraría, dejando sin salida al líder de la izquierda electoral mexicana. Paradojas de la historia, más por efecto del fuego amigo que de una contra-estrategia de su enemigo, pero lo cierto es que hoy ninguno de ambos opositores está en condición de hacer prosperar esa exigencia ni mucho menos de afrontarla desde una posición de fuerza más o menos aceptable.

El Waterloo de Anaya y Ochoa, eso sí, tiene sus propias peculiaridades. A propósito de la entrevista televisiva reciente, que habría convocado a los tres panistas más relucientes para hacerse con la candidatura de su partido, Margarita Zavala, Rafael Moreno Valle y el propio Ricardo Anaya, éste último declinó participar, a sabiendas de su debilidad frente a los esperables y anunciados reclamos de sus competidores cercanos en el sentido de que está abusando de su posición como líder máximo del PAN, con el propósito de sacar ventajas indebidas. Dicho en pocas palabras: el reclamo en contra de Anaya es por incurrir en las mismas prácticas que el PAN reclamó históricamente al PRI. ¿El “burro” (Anaya) hablando de orejas? Si así fuera, como todo parece indicar, Anaya todavía estaría peor que AMLO, pues hasta donde bien se sabe, éste no le está jugando deslealmente a ningún competidor de su partido, aunque, eso sí, como todos hacen, esté sacando provecho de la fragilidad de las reglas y la debilidad de las autoridades institucionales de lo electoral. 

En el caso de Ochoa, el asunto resulta igualmente patético. La ventilación pública de su auto-liquidación al máximo de la generosidad posible y fuera de las previsiones aplicables a los casos de renuncia, que no de despido, y de la antigüedad mínima de tres año, le hacen verse como el típico burócrata abusón y corrupto. Porque, a sabiendas de que su caso no encuadraba en los supuestos de la liquidación, sino en los de la renuncia, optó por dejarse querer (pasivamente, a decir suyo) por sus subordinados y recibir una compensación inmerecida. Para tal efecto, el hecho de que, como alega Ochoa, el suyo sea uno más entre la mar de casos desbordantes de generosidad en la alta burocracia mexicana, es insuficiente para eludir el tufo de corrupción que de éste se desprende.

En resumidas cuentas, ninguno de estos emergentes paladines de la integridad política pudieron llegar siquiera al primer round de un debate que sería muy sano para el país. Lastimoso ejemplo de dos jóvenes adalides, que ni siquiera pudieron sacar ventaja de su mocedad en las lides del ejercicio de recursos públicos respecto del sexagenario dirigente de la izquierda, cuyos años como político y funcionario, posiblemente, rebasan la suma de las trayectorias de sus contrincantes.

La lección, dura como es para la clase política dominante de nuestro país, es también insoslayable: la integridad de los contendientes a la presidencia está llamada a erigirse como uno de los criterios básicos de diferenciación, incluso el de mayor relevancia, en la valoración que haga el votante medio sobre las opciones disponibles; de tal suerte que la batalla sucesoria en el 2018 tenderá a girar en torno al reconocimiento de la integridad personal de los candidatos.

En tal contexto, el diferencial ganado por AMLO en la percepción pública mayoritaria es hoy una de las preocupaciones centrales de sus opositores, socios todos ellos en el Pacto por México y cultivadores entusiastas del pacto de impunidad. Evidentemente, la peor desventaja corresponde a EPN y el PRI, por la obvia carga de la responsabilidad que pesa sobre sus espaldas como partido en el gobierno. Tan cierto como ello resulta que una buena parte de los costos corresponde en el reparto al PAN y el PRD, así como a los partidos satélites de ellos. 

La disyuntiva para el electorado mexicano, así, dista mucho de ser óptima: o una contienda entre malos y peores, al estilo de la última en Veracruz; o una centrada en la confianza y la probidad de los aspirantes, con escaso o nulo margen para el desarrollo de un debate nutrido sobre la pertinencia y la calidad técnica de las políticas y programas de gobierno en competencia. En la primera opción, el riesgo es apostar ingenuamente a que hay diferencias sustanciales en la gestión de políticos hermanados por la corrupción; mientras que en la segunda, el riesgo estriba en avalar la apuesta, quizás igualmente ingenua, de que con la sola integridad se puede dar un giro de 180 grados a la gobernanza. Así las cosas, estimable lector(a), la disyuntiva es sobre el tipo de ingenuidad menos inaceptable.  

*Analista político

@franbedolla                 

 

 

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