Vox | Nacional

¿Quién podrá defendernos?

2016-10-19 10:38:00
Por Francisco Bedolla Cancino
Periódico Síntesis Columinista Francisco Bedolla Cancino

El asesinato reciente de un juez federal exhibe presenta antecedentes preocupantes. Sucede que éste había interpuesto un informe en el que da cuenta de las irregularidades de su antecesor. Los indicios hacen suponer que el asesinato podría responder al móvil de impedir que salieran a la luz pública posibles actos de corrupción de los impartidores de justicia. El detalle es preocupante por la cercanía temporal de estos hechos con el escándalo del alto funcionario del Poder Judicial de Jalisco, que intercedió para forzar la liberación de un par de delincuentes.

Se trata, ciertamente, de dos casos que presentan tintes diferentes. En el primero, un juez federal aparece como potencial víctima de fuerzas criminales, que podrían estar intentado frenar la acción legítima del Poder Judicial para esclarecer posibles ilícitos e impedir que la acción de la justicia llegue a quienes hasta ahora han podido frenarla. En el otro, en cambio, existen fuertes indicios de que un alto magistrado del Poder Judicial hace uso de sus facultades para proteger a dos presuntos delincuentes.

El común denominador de ambos es la presencia protagónica de funcionarios del Poder Judicial en casos que hacen sospechar actos de corrupción. Si los indicios se comprueban, sería difícil determinar qué está peor. Si el crimen organizado manda señales de que no se detendrá ante los jueces para evitar sanciones, estamos en un escenario terrible, cuyo desenlace, a ojos vistas, sería el crecimiento exponencial del círculo vicioso de la corrupción y la impunidad. Si el comportamiento del primer magistrado judicial de Jalisco, como todo parece indicar,  manda las señales de que el Poder Judicial está penetrado al más alto nivel y que los altos funcionarios operan a su servicio, pues ya no hay mucho para dónde hacerse. Sea porque el Poder Judicial pudiera estar siendo víctima de la delincuencia o porque opera estaría operando como victimario de la sociedad, lo cierto es que sin un Poder Judicial funcional al Estado de Derecho no existes razones para pensar que el sistema nacional anti-corrupción tenga esperanzas de prosperar.       

He aquí el contexto en el que la clase política deshoja la margarita de la designación del zar anti-corrupción. Y se entiende por qué. Los síntomas de la corrupción y la impunidad campean por doquier a lo largo y a lo ancho de los partidos políticos. Entre ellos hay clara conciencia de que los Duarte y compañía no son la prueba del excesos en el ejercicio del poder, sino de unos cuantos que, por azares del destino, cayeron en desgracia y que los medios de comunicación han hecho famosos.

Un zar anti-corrupción que estuviera por encima de las medianías de la clase política, sin duda alguna, sería en el corto plazo la peor pesadilla de toda ésta. En su poco inteligente y nada cuidada declaración, EPN reconoció públicamente lo que es vox populi: que, en tratándose de la corrupción, en la clase política mexicana no hay quien pueda tirar la primera piedra. He aquí que el aspecto climático de la designación de dicho zar es si ésta puede o no ser considerada como la gran pedrada y el banderazo en la madre de todas las batallas del Estado mexicano para convertirse en la gran fuerza civilizatoria que necesitamos.

Italia, en su historia reciente, ha dado muestras brillantes de cómo puede librarse con inteligencia la batalla en contra de las mafias y de cómo puede construirse una cultura cívica y de la legalidad. Para no ir muy lejos, la defensa de los jueces federales de las amenazas de los malosos operó como punto de inflexión.

Si la clase política mexicana apuesta por la transformación estatal y la derrota del crimen organizado, tiene a su alcance la posibilidad de mandar las señales adecuadas: plena transparencia en el manejo de los recientes escándalos, en el esclarecimiento del asesinato del juez y de la intromisión del alto magistrado en Jalisco; y designación de un zar que pueda liderar la madre de todas las batallas: el combate a la corrupción.

Hoy más que nunca se yergue frente a nosotros la pregunta de si es posible combatir endógenamente el flagelo de la corrupción, entre otras razones porque, a falta de credibilidad, no es esperable desarrollar incentivos para activar el poderoso mecanismo de la denuncia.

Si nada de lo que debe funcionar muestra en el cortísimo plazo señales de que se puede dar un giro de 180 grados, cobra fuerza la pregunta de conocido cómico mexicano: ¿y ahora, quién podrá defendernos?

 

*Analista político

@franbedolla      

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