Vox | Nacional

¿Ler?

2016-11-16 06:30:00
Por Francisco Bedolla Cancino
Periódico Síntesis Columinista Francisco Bedolla Cancino

La nota escandalosa del día, no ligada a la corrupción o a la violencia, la dio Arturo Nuño, Secretario de Educación, en el acto público enfocado a promover la lectura en las jóvenes generaciones, luego del penoso traspié de su incompetencia para conjugar adecuadamente el verbo “leer”. Sucedió que tras emplear dos veces la equívoca expresión “ler”, una niña, seguramente estudiante de primaria, se le acercó para corregirle: “no se dice ler, se dice leer”. El pequeño problema con el incidente estriba en que el micrófono de la niña estaba abierto. Registrado el suceso, las redes sociales se encargaron de lo siguiente. Ya es vox populi que las tablas del responsable de la política educativa nacional no le alcanzan para escapar de las correcciones de un educando de nivel primaria.    

Un detalle sintomático a este respecto es la polarización de las opiniones. Una parte de los opinadores, no sabemos qué tan grande, piensa que se trata de una cuestión menor. Los argumentos, por cierto, recuerdan los esgrimidos por los defensores de EPN a propósito de su vergonzoso desliz en la entrevista de la Feria Internacional del Libro, en que su memoria no le dio para responder con propiedad al requerimiento de que mencionara tres libros que habían marcado su vida. La labor del presidente, decían, estaba concernida con la conducción del país y el oficio para impulsar políticas públicas, de tal suerte que era irrelevante, quizás hasta banal, juzgarle por su escasa cultura literaria. La otra parte, que igualmente ignoramos su tamaño, opinamos que los horizontes de comprensión y transformación del mundo de una persona o un político están en función directa de su proclividad a la lectura.

Si el argumento no parece suficiente, puede añadirse el factor aludido por el consejo popular de predicar con el ejemplo. Un político negado a la lectura, como la mayoría de los políticos mexicanos, está incapacitado para ser ejemplo digno de cualquier cosa. Los sucesos en torno al plagio de su tesis de licenciatura abonaron en la mala imagen presidencial, al añadir a la faceta de “prófugo de la lectura” la de tramposo. ¿Qué autoridad moral puede ejercer un líder para impulsar cambios que hacen disonancia con su imagen pública? La respuesta, como diría Bob Dylan, está en el aire.

La desgracia para Nuño, el educador público nacional y responsable de la emisión de títulos profesionales, es haber banalizado el proceder intelectual de dudosa honra de su jefe, Peña Nieto. Si bien la desgracia mayor es haber sido pillado en el desliz de un error de conjugación poco propio de los practicantes de la lectura y la expresión oral: los maestros. La conclusión, así, roza la fatalidad: ¿con qué autoridad moral puede un político de dudosas habilidades docentes enarbolar tan singular cruzada en contra de la desafección a la lectura, cuando él mismo se muestra como víctima del mal que pretende curar.

El primer meme que llegó a mi Whatsap resulta contundente, además de ingenioso. Cito: “LEER puede hacerte feliz. No LEER, te puede hacer presidente. LER, te puede hacer secretario de educación pública. Me temo que cualquier intento de ayudarle a Nuño, está condenado al fracaso. Ignoro cuántos libros habrá leído Nuño en su vida. Ignoro, asimismo, cuántos gises o marcadores habrá consumido como docente, aunque me imagino que no muchos. Nuño ocupa su encargo actual por las mismas razones que la mayoría de su equipo cercano: la cercanía personal y la lealtad al jefe, pero no por sus méritos o capacidades profesionales. La lista es larga y los ejemplos sobran. Lo lamentable es que Nuño, el impulsor de la política de profesionalización docente, ofrezca la prueba palmaria de que no se requieren méritos para conducir la política educativa nacional.  

La relevancia de la educación como factor primordial de cambio e igualación social es cuestión fuera de duda. Experiencias recientes como las de la India ofrecen evidencias de lo que puede lograrse a través de un sistema educativo eficiente. A dos años de que acabe el sexenio,  los indicios son más que suficientes y apuntan en una sola dirección: el fracaso. En lo sustancial, que es el modelo educativo, la reforma educativa nada tiene de nuevo ni de promisorio. Las fortalezas de este gobierno no están en la formación de las nuevas generaciones ni tampoco en el impulso de un servicio profesional docente. El SNTE, su brazo corporativo fiel y disciplinado, es inútil para transformar; la CNTE, como ha quedado demostrado, es demasiado bronca para negociar. Finalmente, las autoridades educativas son demasiado cortas para entender y procesar el cambio posible y deseable.

Habrá que esperar lo que el nuevo sexenio nos depare. Del presente no hay mucho que esperar. 

 

*Analista político

@franbedolla

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