Vox | Nacional

Democracia de villanos

2016-11-23 06:15:00
Por Francisco Bedolla Cancino
Periódico Síntesis Columinista Francisco Bedolla Cancino

Circulan por las redes sociales las cifras exorbitantes, por ahí de los 200 mil millones de pesos en números redondos, que dan cuenta de la expoliación practicada por tan sólo ocho exgobernadores de historia reciente. Me pregunto si la corrupción política ha crecido en tamañas proporciones o si sólo se trata de la ilusión óptica provocada por la parafernalia y el escándalo mediáticos. He aquí un par de lecturas posibles de ese estado de cosas, para las cuales, por desgracia no se dispone de mayor evidencia para discutirlas. Menos lugar hay a la duda, sin embargo, de que los costos de la gobernabilidad a la mexicana son tremendos, por decir lo menos.

Hay indicios que inclinan la balanza a favor de que la corrupción, y no sólo la percepción de ella, se ha incrementado, con cargo directo a la alternancia política y, más precisamente, a la democracia electoral que la ha hecho posible. Se trata, para decirlo alegremente, de un caso paradigmático que abona a la validez del Principio de Peter: todo lo que puede fallar, falla. Primero, en la década de los noventa, se invirtió generosamente en la trama institucional de admisión y cómputo del voto; y, entre otras cosas, también en el financiamiento público casi demencial, a juzgar por los niveles de pobreza imperantes, a los partidos políticos.

Imputable al éxito relativo en el combate al fraude tradicional, emergieron nuevos patrones de reparto del poder entre los partidos políticos, uno de cuyos efectos destacables es el quiebre histórico de la hegemonía presidencialista y el incremento del margen de acción de los poderes locales respecto de los federales. Hoy, sin lugar a dudas, hemos arribado a una situación de fragmentación cruenta del Estado mexicano, susceptible de ser descrita como una suerte de feudalización, en la que los gobernadores juegan un papel protagónico en las alianzas electorales y la ocupación de los cargos federales.

En esta línea de pensamiento, el crecimiento exponencial de las deudas en las entidades federativas es la otra cara de la moneda del vacío hegemónico del poder federal, en un con-texto de precariedad del imperio de la ley. No habría aquí, por tanto, lugar a la sorpresa por los hechos de que el presidente en turno, Calderón Hinojosa o Peña Nieto, se hayan hecho de la vista gorda ante los actos de la depredación bestial perpetrada por los gobernadores, ni por la voracidad incontenida de éstos, dado su real entender de los favores prestados a los agentes políticos federales. A este respecto, por cierto, viene a cuento la sospechosa desaparición de Javier Duarte de Ochoa, exgobernador de Veracruz, al parecer conectada con el conocido desvío de recursos públicos en billetes contantes y sonantes para la campaña de Peña Nieto, incautados en el aeropuerto de Toluca.

En este contexto, adquiere relevancia la pregunta de si en verdad es más corrupto Peña Nieto, su gobierno y la clase política mexicana, salvo honrosas excepciones; o si por el contrario sucede que el vacío de hegemónico abrió las puertas al descontrol de los medios de comunicación, en razón de lo cual hoy las filtraciones de la corrupción ocurren a diestra y siniestra. En relación con la evidente multiplicación de los escándalos de la corrupción a través de la prensa escrita y las redes sociales, vale tener en cuenta lo que sabemos de otras experiencias similares a la mexicana, en la cual la fascinación por el “refriteo” de la corrupción se convierte en el eje de los climas informales de la opinión pública política. Una especie de narrativa que arma la realidad en clave de corrupción y que tiende a perder sentido   en la medida en que se aparta de ella.

No lo sé de cierto, pero imagino que a buenos tramos la realidad política nacional encuadra en la lectura de que ha incrementado más que proporcionalmente  la visibilidad de la corrupción, y no tanto la incidencia práctica de ésta. En esta línea de interpretación, aunque usted no lo crea, EPN se sitúa como una víctima de los tiempos de la fascinación por el ventaneo y el escándalo, de tal suerte que su pecado no sería ser más corrupto que sus predecesores, sino menos consciente de los mecanismos que hoy operan.

Una pregunta interesante y de contraste apunta a la evaluación del papel que han tenido los reportajes de Carmen Aristegui en la desaprobación presidencial. Y a juzgar por los indicios disponibles y el tanteo de sentido común, es fuerte la impresión de que al margen de la labor de la periodista, EPN sería un caso más en la lista de los episodios de la corrupción.

Una opción tétrica es que han sucedido y siguen sucediendo ambas cosas, es decir, que se trata de lecturas complementarias. Si ese fuese el caso, triste, realmente triste y dolorosa resulta la historia de nuestra democracia electoral, una narrativa sin héroes, ni acciones gran-diosas; en fin, trágica como ella sola. La historia de una democracia electoral, forzada a sí  misma a practicar la generosidad sin límites con la clase política, que por efectos de la incertidumbre en los espacios de la política federal, dispone de la más ancha de las mangas para corromperse.

Sí, una democracia de villanos, en la que se compite por la frivolidad del combate a la corrupción y la medalla de oro de la impunidad. De este modo, ante la postura férrea del gobierno federal de que no habrá rescate financiero para las entidades más crudamente pilladas, la pregunta relevante es ¿cuáles son los límites a los costos de gobernabilidad en nuestra democracia de villanos y felones?        

*Analista político

@franbedolla

 

 

 

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